Cuando los pueblos vienen marchando

El gobierno de Macri sacó pecho y agradeció la manifestación convocada por referentes anti Cristina Fernández

Macri había tenido un pésimo comienzo de año, a partir del malhadado Correo de su padre, del que ya hemos hablado. Desde ahí, como en un conjuro, se desencadenaron todos los males. Datos pobres de las estadísticas del Indec, protestas por nuevas subas de tarifas y peajes, gremios y “organizaciones” piqueteras haciendo 500 piquetes en marzo, el sabotaje del paro de los docentes, con su huelga y marcha bastante importantes, la concentración de las dos CTA, la prensa unánimemente en contra en algún aspecto, el paro general de este jueves. Y para peor, la economía aún sin marcar una tendencia de esperanza.

Tal vez por eso, la marcha del sábado, convocada por los mismos referentes de las redes sociales que habían prohijado las dos grandes manifestaciones contra Cristina Fernández, sumió a Cambiemos en el miedo y la duda. Miedo a que simplemente no asistiera una cantidad relevante que tuviera algún grado de correspondencia con los recientes movimientos peronistas-gremialistas. Miedo a recibir críticas por promover una marcha política que podía ser calificada de poco democrática por los poco democráticos peronistas. Cambiemos exhibe una tendencia a la prudencia aguda que tiene cansados a muchos observadores, tanto cuando se trata de su proverbial gradualismo nadista económico como en el tema de los piquetes, que ha agotado la paciencia de todos los que transcurren por la Ciudad de Buenos Aires, varios millones por día.

Luego de los acostumbrados cabildeos internos, la orden hacia el interior del gobierno fue salir a decir por todos los medios no solo que no convocaba ni auspiciaba la marcha, sino que no la consideraba necesaria ni oportuna. La vicepresidenta Michetti fue especialmente enfática en ese tema. La diputada Carrió, que ha sostenido sistemáticamente que se debe ganar la calle para defenderse contra el golpismo peronista, cambió drásticamente su posición y expresó que resultaba innecesario tomar la calle en un sistema democrático. No debería leerse por tanto que se trató de una manifestación organizada por Cambiemos disfrazada de espontánea. En absoluto. Sería minimizar la fuerza y significado de la autoconvocatoria.

A las 18.30 aproximadamente, los troles peronistas de Twitter y Facebook, comenzaron a ironizar por la supuesta pobreza de la asistencia a la marcha. Por un rato. La gente, el pueblo, la ciudadanía, como gusten llamarle, comenzó a aparecer sorpresivamente en los puntos de concentración designados de Capital Federal, de Olivos y de las provincias. El número no fue oficialmente estimado, pero de la simple comparación de imágenes no queda duda alguna de que supera a las marchas recientes del peronismo en sus múltiples formatos. En cambio, sí surgen dudas de la lectura que debe dársele.

Como era previsible, el gobierno sacó pecho, agradeció, destacó la importancia de la manifestación popular que tres horas antes había calificado de innecesaria, le tiró algunos palos a la oposición y se quedó conforme y emocionado con semejante despliegue de apoyo ciudadano. No es fácil tratar de interpretar las razones que determinan el éxito de estas concentraciones, como no es fácil interpretar los resultados de una elección o de cualquier compulsa masiva, formal o no.

Habrá que revalorar el peso de las redes sociales en la propaganda política. Hasta ahora, conseguir ser electo diputado en Ciudad de Buenos Aires por ejemplo, requiere un gasto en campañas tradicionales de publicidad de una cifra que oscila entre US$ 300 mil y US$ 500 mil. Es cierto que esas cifras encubren un robo importante del sistema político (y publicitario privado) pero habría que ver en este resultado un camino a otra clase de participación democrática, que en Argentina está totalmente monopolizada por los partidos, que la birlan de las manos del ciudadano raso, a quien le impiden por todos los medios salirse del brete de un partido, y, ciertamente, también constituir nuevos partidos. Este triunfo de las redes no solo tiene que ver con el medio, sino con la carencia de credibilidad en los políticos.

También han fracasado nuevamente los encuestólogos, gurúes, expertos y espías de todo tipo que creen saber lo que piensa la gente. (Incluyendo a la inefable Mirtha y a nuestro ecuatoriano de cabecera, Jaime Durán Barba.)

En términos políticos, algunos de los efectos de la marcha se podrán notar muy rápido, toda vez que el impresentable “designated enemy” en la lucha contra los gremios docentes, Roberto Baradel, deberá decidir ya mismo si sigue condenando a los niños pobres a no tener escuelas y a escalar el conflicto, cosa que deberá pensar dos veces ahora. Y también deberá ser tenida en cuenta por la CGT, que esta semana tiene previsto un paro general proforma en el que no cree, solo para no ser tildada de macrista.

Seguramente este sorprendente resultado de la movilización da aire al gobierno en un momento complicado, y por las características de los sectores que adhirieron, además de un repudio a las groserías antidemocráticas kirchneristas expresa la comprensión o el estoicismo ante varias de las medidas que se han tomado. Aunque las medidas tomadas no sean las adecuadas para muchos, este columnista incluido.

Pero sería un error muy serio que Cambiemos considere esta marcha como un apoyo taxativo a lo que se hizo, o a la velocidad con que se hizo. Y que además permease esa sensación a todos los estamentos del gobierno. Buena parte de las quejas que se formulan, tanto de opositores como de votantes de Macri, tienen que ver con lo que no se hizo, no con lo que se hizo. Por caso, el gasto que en vez de bajar subió ha ayudado a una caída en el valor del dólar que afecta varios aspectos de la economía negativamente, para citar un solo ejemplo con graves ramificaciones.

Si Mauricio Macri, en la soledad de su poder, analiza esta instancia, no debería considerar esta demostración popular como un aplauso o un mimo. Debería considerarla como una orden y un respaldo para hacer lo que realmente debe hacer si quiere cambiar el sistema decadente, corporativo, corrupto, mediocre y suicida del que está presa Argentina. Hasta ahora, las cuestiones de fondo no se han tocado ni corregido, más allá del crédito fácil de la banca siempre aventurera y oportunista.

La democracia de las redes y de la calle cambia a otra velocidad. Guay de los que se equivoquen al interpretar su mensaje.


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Dardo Gasparré

Dardo Gasparré