De vetos y nacionalismos revanchistas

La decisión de Trump y cómo fuera y dentro de Estados Unidos se avala silenciosamente una medida que discrimina y estigmatiza

Por Susana Mangana

El polémico veto migratorio del presidente Trump a ciudadanos originarios de siete países de mayoría musulmana desató acalorados debates, por lo general fútiles, tanto si provienen de detractores como de defensores. Las razones por las que se tomó dicha medida no son nuevas; apelar a la seguridad nacional y la defensa de los ciudadanos son argumentos de sobra conocidos.

Rebatirlos o bucear en la historia de la legislación estadounidense de republicanos y demócratas para encontrar el número exacto de ocasiones en que se esgrimieron pretextos similares para medidas discriminatorias hacia naciones extranjeras en pésimos términos con Estados Unidos me parece un ejercicio estéril.

Sin embargo, he de admitir que hay algo que me incomoda más que la decisión de Trump y es cómo fuera y dentro de Estados Unidos se avala o se otorga silenciosamente ante una medida que claramente discrimina y estigmatiza no ya a países sino a un colectivo; el musulmán. No es ingenuidad de mi parte, sé que a sirios, iraquíes o libios e iraníes les es igualmente difícil obtener un visado para muchísimos países que no osan mencionar muros y vetos migratorios pero que igualmente los ejercen. Y tampoco dejo de reconocer que existe un peligro latente del terrorismo de grupos que revistiéndose de una propagada que apela al fanatismo de radicales musulmanes, hacen de la teoría del enemigo lejano y cercano su propio yihad o combate. Sé que de poco sirve explicar, una vez más, que las principales víctimas de este tipo de terrorismo de base islamista son los propios musulmanes. El imaginario colectivo de muchas sociedades que han sido golpeadas por el flagelo del yihadismo recela de todo lo que provenga del Islam. No obstante, las medidas de Trump -no solo el veto de marras- dejan entrever un tufillo nacionalista que me perturba.

Hace muchos años que gracias al pasaporte europeo transito por aeropuertos de medio mundo sin retrasos o complicaciones de enjundia, pero aún recuerdo mis llegadas a Londres siendo una adolescente de intercambio, donde debía soportar chistes o preguntas ignorantes sobre la supuesta piel oliva de todos los españoles, como si el estereotipo del andaluz fuese aún en los 80 el prototipo de todos los habitantes del país. Tampoco puedo olvidar los años de morderme la lengua en Euskadi para no desatar la polémica entre “amigos” y familiares cada vez que ETA imponía su horror. Otro tipo de nacionalismo diferente al de Trump, pero nacionalismo exacerbado al fin que me hizo sentir diferente, no del todo vasca, a pesar de haber nacido, crecido y estudiado en el País Vasco hasta los 18 años. Solo este tema daría para un tesis doctoral. De hecho debe haber varias sobre el silencio autoimpuesto que hemos vivido en Euskadi en aras de ganar una falsa –y triste- paz. Afortunadamente, hoy vascos y otros que no lo son tanto pueden reírse de algunos disparates con la película Ocho apellidos vascos.

Mis años de andar deambulando por el mundo en África, Medio Oriente, algo de Asia y ahora Latinoamérica no han cambiado mi visión particular del ser humano, más bien la refuerzan. Se puede sentir orgullo, querencia y hasta morriña (para recordar mis orígenes gallegos que tanto molestan a defensores de la tesis del Rh negativo de los vascos de pura cepa) por el lugar de nacimiento de uno.

Después de todo, si escuchamos a los autores Miguel Delibes y Saint-Exupéry, la patria es allí donde residen nuestros recuerdos de la infancia. Sin embargo, defender el prejuicio y basado en ello un proteccionismo, sea este económico como social, y un sentimiento de superioridad frente al otro por el hecho de pertenecer a un grupo étnico o religioso diferente, lo considero una vuelta atrás. No podemos desconocer los peligros que estos prejuicios entrañan. Insisto, sé que ningún país puede abrir sus puertas y su legislación para albergar a tantos inmigrantes, solicitantes de asilo y refugio como hoy hay en el mundo. Pero estoy convencida de que no será con este tipo de vetos o de debates nacionalistas como los que suceden hoy en Europa y Australia que forjaremos un mundo seguro para nosotros, los buenos.

Aquí radica para mí la esencia del problema. Seguimos anclados en una ecuación dicotómica, donde unos son los buenos y otros los malos. Los refugiados, sean personas que huyen de la guerra en Siria o inmigrantes africanos que buscan un futuro en Europa, no son bienvenidos, los despreciamos. No son como nosotros: educados, civilizados, y con buenas costumbres. Estos son algunos de los prejuicios inconfesables que persisten en los países llamados desarrollados y también en algunos en vías de desarrollo, que heredaron el racismo de tiempos coloniales, por innegable que resulte la globalización ni mundiales futboleros que se jueguen en Sudáfrica. Y si no, están los argumentos más progresistas, con cierto barniz intelectual que esconden idénticos prejuicios; son culturas que no respetan los derechos de la mujer, son machistas, son violentos y fanáticos, no son modernos ni democráticos. China tiene mucho de moderna y actual y ciertamente no es democrática, pero en fin al gigante asiático se le hacen otro tipo de guiños.

Creo que las medidas de Trump, más allá de compartirlas o denostarlas con acidez estomacal, deberían servir como acicate para inspirar iniciativas educativas donde rescatemos el principio de humanidad básico. Aquello que nos hermana y emparenta. No es de recibo que avancemos cada día más en el uso y explotación de nuevas tecnologías para alcanzar, entre otras muchas cosas, mayores cuotas de libertad, mientras regresamos a un pasado oscuro de la humanidad, en el que medias verdades y mentiras repetidas maliciosamente disfrazaban un discurso de rechazo y odio a otro ser humano. No quiero imaginar ese mundo hipercompartimentado y de etiquetas. He estudiado con amigos iraquíes, he tomado té con sirios y he ido a misa con cristianos palestinos, he conocido estudiantes universitarias libias y me fascina la historia y el arte persa y me encanta perderme por callejuelas de bazares milenarios como el de Isfahan.

Ni todos los norteamericanos piensan y actúan como Trump, ni todos los musulmanes, incluso de los siete países incluidos en el veto trumpiano, son terroristas o enemigos de Occidente.

Ante este tipo de nacionalismos, que esconden un cierto revanchismo y derivas peligrosas que planean sobre un cielo europeo ya ensombrecido, haríamos bien en exigir cambios. En el plano educativo es tarea de maestros y padres por igual, pero también de la narrativa y estilo de hacer noticias de los grandes medios, así como de la política exterior de muchos países (incluidos China y Rusia o India, otro gigante asiático), que la geoestrategia y la tiranía de los intereses económicos no sean las que alimenten los conflictos que producen el hambre, la miseria y la falta de oportunidades, que luego convierte a ciudadanos de esos países en refugiados, a menudo vistos como parásitos, o en jóvenes desnorteados que se aferran a quimeras de líderes nefastos como los Bin Laden de turno.

La violencia del hombre contra el hombre siempre existió y seguirá existiendo, pero escoger la grandeza en vez de la mezquindad, apostar a la educación y ejercer la autocrítica no es tarea sencilla. Si no queremos enemigos en el mundo un principio básico es actuar de manera tal que no ofendamos a nuestros vecinos y semejantes. Muchos se dedicarán a la (aburrida) tarea de criticar y diseccionar cada orden y desatino que provenga de la administración Trump, otros utilizaremos lo mismo para proponer alternativas, algunas más factibles que otras, quizá incluso ingenuas, pero nunca inútiles. Educar en la tolerancia inclusiva, en rescatar la dignidad del otro, en combatir la pereza intelectual que nos hace desconocer los aportes de otras culturas, es un proceso lento pero más seguro que temer o ignorar al diferente.

Siempre dispuesta a viajar a lugares remotos, prefiero llenar mi maleta con buenos gestos y recuerdos de personas y países que me han recibido bien y no con el desprecio o las dudas de quienes para estar seguros prefieren apostar a la victimización, a las rejas, muros o cambiar de acera. El nacionalismo de Trump, como el de otros políticos, no deja de ser una cortina de humo.


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