De volea

El despido de Víctor Hugo habla de cinismo empresarial y de las grandezas e infortunios de un relator que perdió el rumbo

El despido del relator Víctor Hugo Morales de radio Continental de Buenos Aires ofende por el oportunismo de la empresa, que se sirvió de él durante la era Cristina Fernández para captar parte de la corriente publicitaria que digitaba el gobierno, y se lo sacó de encima apenas se transformó en peso muerto. Y recuerda otra vez la vanagloria del militante partidario, siempre obligado a confirmar prejuicios, a ver en blanco y negro, sin los matices de la inteligencia y del sentido crítico, y sujeto a los cambios de marea.

"¿La frivolidad? Yo vivo de un producto. Yo vivo de que hablen de mí, de que me tengan en cuenta" dijo en 1985 a la revista Guambia (*). El anhelo de figuración lo llevó a alternar con Carlos Menem o a batirse por Cristina Fernández. En ese tránsito –mezcla de idealismo, oportunismo y egolatría– se olvidó de lo que lo hizo grande: el relato deportivo y el periodismo.

Hay otro Víctor Hugo Morales: el muchacho ambicioso de Cardona que se abrió paso en Montevideo a fuerza de trabajo y talento; el uruguayo solidario que abrió la puerta en Buenos Aires a un tropel de compatriotas en busca de una oportunidad; el genial relator deportivo, de dicción rápida y perfecta, rico en recursos para pegar justo en el centro del corazón del hincha. Es el mismo que gritó: "¡De la Peña, De la Peña, De la Peña, de volea, de volea, de volea... En el tornillo la metió!", en aquel triunfo de Nacional ante Olimpia en 1980, camino a ganar una nueva Copa Libertadores; es quien avisó: "¡Quedate tranquilo Obdulio, los muchachos no van a dejar cambiar la historia!", cuando la celeste venció a Brasil en la final del "Mundialito" de 1980-1981; es el mismo hombre que en México 1986 clamó: "Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2-Inglaterra 0".

Pleno de energías, autoestima y lucidez, siempre dejó una marca a su paso.

En 1973 se incorporó a Telenoche 4 y a partir 1975, por radio Oriental, se convirtió en el número uno del relato deportivo, llenando el hueco que dejó la muerte de Carlos Solé.

Creció mucho y rápido y, naturalmente, generó envidias y resentimientos propios de aldea. Era un intruso, y ese fue precisamente el título de una temprana autobiografía que publicó en 1979. Ya entonces, siendo muy joven, puso de manifiesto su tendencia a contar la historia un poco a su antojo, según las circunstancias. Relato Oculto, el libro de Luciano Ávarez y Leonardo Haberkorn publicado en 2012, se detuvo en los vínculos amistosos de Víctor Hugo con varios oficiales militares entre 1975 y 1979, durante la dictadura, y su concurrencia a partidos de fútbol y fiestas en un par de batallones de infausta memoria. En suma: Víctor Hugo no fue un perseguido, como sugirió siempre, sino un joven inteligente y arribista cercano al poder de turno, sin mayores pudores políticos.

Es muy cierto sin embargo que en torno a 1980 el país le quedaba chico. Grandote, narcisista, valiente, peleador, acumulaba méritos y conflictos y andaba a las trompadas por la vida.

Una vez, a fines de 1980, le rompió la nariz a alguien en una cancha de fútbol de salón y terminó preso en Cárcel Central, donde jugaba ajedrez con Ramón Díaz, director de la revista Búsqueda, procesado por desacato a raíz de un artículo periodístico. Entonces resolvió marcharse a Buenos Aires, el destino de tantos otros orientales brillantes, en busca de una palangana mayor para pescar.

Comenzó a relatar en radio El Mundo el 22 de febrero de 1981, el mismo día que Diego Maradona debutó con la camiseta de Boca Juniors. Cuando llegó a la cabina, ante la sorpresa de sus nuevos compañeros, se quitó los pantalones, abrió un maletín y sacó un short, dos toallas, un paquete de cigarrillos y una libreta, lo cual "provocó la carcajada general", narró el fotógrafo Héctor Devia, enviado por el diario El País.

Su éxito en Argentina fue esplendente. Las masas lo adoraron y la "farándula" porteña lo arropó.

Mucho después, cuando derivó hacia la política partidaria (que no la política en sentido amplio), cuando comenzó a ver las cosas por el minúsculo ojo de la cerradura de cierto sector, en un país partido por la demagogia y el odio, perdió gran parte de su aura y prestigio y ató su suerte a un resultado electoral. Ya se sabe que algunas empresas ni necesitan presiones oficiales para sacarse a ciertos periodistas de encima; lo hacen de oficio, de alcahuetas nomás.

Cualquiera sea el destino final de Víctor Hugo, incluso si se transforma en mero instrumento de agitación política, ya se ganó hace rato, como relator, un sitial destacado en la mejor historia del Río de la Plata.

(*) "Vivir ocultando el pasado es un infierno grande", por Leonardo Haberkorn, semanario Voces del 13 de setiembre de 2012


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