El alejado costado marino

Uruguay vive la mayor parte del año de espaldas al mar. En verano nos enteramos de que hay un mundo ignorado que entra en contacto con nosotros

Los uruguayos son terrícolas. A pesar de que en el rastreo de cada familia compatriota haya por lo menos un antepasado que atravesó el océano, y que reafirma el dicho tan cierto como jocoso de Washington Reyes Abadie que apuntó que "los uruguayos descendemos de los barcos", con el paso de las décadas han sufrido una especie de olvido del mar.

En su amplia mayoría ignoran buena parte de lo que sucede en esa otra mitad líquida de su porción del planeta. Claro, cuando llega el verano y una linda parte de la población huye hacia las costas

Ser tan terrícola tiene sus puntos flacos, porque en el mar, aunque no lo sepamos, también esta una parte de la identidad.

Este reciente episodio de la "aparición" (casi surrealista) del llamado bagre sapo en las costas de Maldonado, un animal con claras reminiscencias prehistóricas, cuando los reptiles anfibios poseían una amorfidad que los acercaba a los peces y a algunos pájaros, es un rasgo de esta ignorancia. Salvo los duchos en cuestiones acuáticas, se desconoce buena parte de las fauna costera del Uruguay, tanto en nivel fluvial como en el litoral atlántico.

Cada verano aparece una nueva especie que conmueve a propios y extraños, a turistas y a locales, con sus características y sus particularidades. Un par de años atrás fue la llamada "fragata portuguesa", una pequeña medusa de larguísimos y venenosos tentáculos que es capaz de atravesar los siete mares del globo a pesar de sus (en principio) escasas posibilidades de movimiento. Otras veces son grandes cetáceos que quedan varados en los bajos de agua dulce del río ancho, y que (por suerte!) algunos músicos vernáculos incluyen en las letras de sus canciones. Algunos recuerdan que entre agosto y setiembre aparecen las ballenas francas, de tan famosos pasado colonial y de austera presencia en la actualidad.

La espalda vuelta hacia el mar tiene otros problemas; por ejemplo, gastronómicos. El paladar terrícola del uruguayo (criado a campo, pasturas y carnes rojas) no solo ignora buena parte de la oferta marina, sino que rechaza algunas de las especies. Incluso prefiere productos extranjeros congelados al pescado fresco oriental.

El rechazo y la desconfianza cultural al mar también se produce en la navegación. Con una franja de costas tan amplio es por lo menos extraño que en Uruguay los deportes marinos sean tan raros. Además existe un factor de prejuicio económico hacia las actividades de vela y de navegación, que no siempre se condice con la realidad. "El mar es para los ricos" parece decir la ley invisible que rige muchas cabezas en este país. Es una lástima, porque el mar está ahí para todos, con democrática apertura. Y los clubes náuticos no cuestan más que los clubes donde se practican otros deportes de tierra.

A nivel académico, cualquier estudiante que desee profundizar en sus investigaciones sobre el mar debe emigrar. Salvo muy honrosas excepciones, ni la literatura ni el cine uruguayos se han percatado de la enorme presencia azul, verde o amarronada y revuelta (depende de las corrientes) que reposa o ruge frente a nuestras narices.

Tampoco los medios poseen información importante sobre las costas, específicamente en verano para los bañistas, como la temperatura del agua o incidencia de las corrientes en las playas. No sé si Meteorología lleva esos registros.

Por suerte, siempre existen excepciones. Si no, díganles eso a los pescadores que trabajan y viven desde las riberas del río Uruguay y las embravecidas costas oceánicas de Rocha. A los surfistas más ortodoxos. A los navegantes solitarios que buscan el sol en el horizonte. A los biólogos marinos y otros científicos, a los integrantes de la Armada y a todos quienes por una u otra razón se sienten atraídos hacia la inmensidad marina de alguna forma: en busca de inspiración artística, como paseo de relax, como fuente de aire limpio frente al estrés de la cotidianidad.

Acerca del autor