El gran polemista del horror

Tony Blair y George W.Bush "engañaron al mundo" con el fin de embarcar a sus países en el peor conflicto desde la guerra de Vietnam, la invasión a Irak.
El 28 de julio de 2002, meses antes de la invasión a Irak, Tony Blair le envió una nota a George W. Bush en la que le aseguraba "estoy contigo pase lo que pase".
El entonces primer ministro del Reino Unido se refería a los cuestionamientos y a la resistencia internacional que, ya por entonces, despertaban las intenciones del presidente de Estados Unidos de atacar al país de Medio Oriente para derrocar a Saddam Hussein.

Este y otros pormenores de la comunicación entre ambos mandatarios durante los meses previos a la invasión se conocieron esta semana tras la difusión del llamado Informe Chilcot, un extenso documento sobre la actuación de Blair en el conflicto que ha resultado demoledor para el exprimer ministro británico.

El informe es producto de una investigación de siete años; y en el texto se concluye que no se agotaron las vías diplomáticas, que Irak "no representaba ninguna amenaza inminente" y que los análisis de inteligencia que aseguraban que tenía armas de destrucción masiva "fueron presentados con una certeza injustificada".¡Vaya concisión en el uso de los términos! Seis palabras para decir que Bush y Blair simplemente mintieron.

Aunque bien mirado, es un poco más que eso. Son dos millones y medio de palabras (las que contiene el informe en su totalidad) y siete años para decirnos lo que ya todos sabíamos: que Bush y Blair engañaron a todo el mundo —o pretendieron hacerlo— con el fin de embarcar a sus países en el peor y más grave conflicto desde la Guerra de Vietnam, cuyas nefastas consecuencias y ramificaciones tienen hoy a medio mundo envuelto en el horror.

El miércoles por la tarde, pocas horas después de darse a conocer el informe, Tony Blair salió a dar un mensaje, el que cerró con una generosa conferencia de prensa. Allí asumió su responsabilidad "por los errores" y terminó el discurso visiblemente emocionado. "No habrá un solo día de mi vida en el que no reviva y repiense lo que sucedió", concluyó con una voz quebradiza que jamás se le había escuchado en público.

Sin embargo, a la hora de las preguntas y las respuestas, no mostró arrepentimiento alguno; y presionado por un periodista, dijo pedir perdón "no por la decisión tomada", sino "por los errores que se pudieron haber cometido". Incluso, de remate, aseguró que puesto otra vez en aquellas circunstancias, tomaría la misma decisión.

Era otra vez el Tony Blair de hace 13 años, el infatigable polemista, el contencioso dialéctico incombustible, capaz de defender lo indefendible hasta el hartazgo. Fue como revivir otra vez sus argumentos tortuosos durante la infausta invasión, sus impensadas piruetas verbales pero impecablemente expresadas —su rostro impávido— para justificar lo injustificable y dejar sin asunto a sus interlocutores que lo cuestionaban. Con Blair, uno nunca deja de admirarse de cómo se puede argumentar tan bien algo que está tan moral y profundamente mal.

Debe de ser por eso que en Oxford sus profesores no lo podían ni ver. En el libro "Los días de rebeldía estudiantil de Tony Blair", su biógrafo John Rentoul recuerda: "Todos los profesores con los que hablé me dijeron que era un total e insoportable dolor en los muñones y que sintieron una gran alegría el día que por fin se marchó".

El gran polemista resultó la principal espada discursiva en Europa para promover una guerra rechazada por la ONU y por todo el mundo, incluso por los habitantes del Reino Unido. El peor error que se pudo cometer en Medio Oriente.

Medio millón de muertos después, 60 millones de desplazados en toda la región —convertida hoy en un gran polvorín que vomita fuego y gente— y el horror del Estado Islámico campeando a sus anchas, se puede decir que las dotes dialécticas de Tony Blair han sido las más funestas para su país y para el mundo.

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