El incandescente desencanto del militar escritor

Los libros del argelino Yasmina Khadra muestran la violencia en los países árabes sin renunciar a la belleza poética

Una explosión acaba de hacer volar en pedazos al narrador que, mientras muere, va anotando con angustiada precisión todos los detalles de la brutal escena. El silencio espeso y absoluto, resultado del impacto de la onda expansiva en los tímpanos, un hombre que se arrastra con la espalda humeante hasta caer muerto, los gritos de quienes se queman vivos en el interior de un coche y la pierna del narrador que, apenas unida a su cuerpo, es la señal inequívoca de su muerte inminente.

No parece ser una historia que anime al lector medio a intentar atravesar la neblina de sangre y dolor que empapa las primeras seis páginas de El atentado, una de las novelas mas acertadas de Yasmina Khadra. Sin embargo, pocas veces tanto mal sabor dio tanta recompensa: los libros del escritor argelino deben encontrarse entre los más feroces y originales escritos de los ultimos años.

El soldado literato
Nacido en 1955 en Kenadsa, en el Sahara argelino, Mohammed Moulessehoul fue internado a los 9 años por su padre militar en la Escuela Nacional de los Cadetes de la Revolución para formarse como soldado. En ese entonces, Argelia acababa de liberarse del yugo colonial francés y comenzaba su andadura independiente con un gobierno de corte socialista y fuerte carácter nacional, por lo que ser parte del ejercito era visto no solo como una salida laboral sino como un acto patriótico de servicio al naciente régimen.

En 1973, ya siendo militar, Moulessehoul escribió su primer libro, Houria, que no se publicó hasta 1984.
Tras publicar seis novelas con su nombre, en 1989, comenzó a usar el seudónimo Yasmina Khadra para evitar, como declaró en varias entrevistas: “la autocensura que marcaba mis primeros escritos”. Decidió usar los nombres de su esposa, “como forma de mostrar amor y respeto por ella”.

La obra de Khadra está escrita originalmente en francés, algo que no le ganó muchas simpatías dentro de algunos sectores nacionalistas árabes. Sin embargo, la explicación es sencilla: su profesor de lengua árabe en la academia militar criticaba su manejo del lenguaje, mientras que el profesor de francés le insistía en que debía dedicarse a escribir.

En 2000, Khadra decidió revelar su identidad, provocando cierto revuelo en el mundo literario francés, que era donde se publicaban sus libros. No era lo mismo que los libros fueran escritos por una mujer árabe que por un miembro de las cuestionadas fuerzas de seguridad del Estado argelino. Tras una corta estancia en México, Khadra se trasladó al pueblo francés Aix-en-Provence, donde reside junto a su familia.

La trilogía de Argel
“Sangrando por los cuatro costados, el horizonte pare con cesárea una jornada que, al cabo, no habrá valido la pena”. Así arranca Morituri, la primera de las novelas de la trilogía protagonizada por el comisario Braim Llob, la cual al ser reeditada en conjunto fue llamada La trilogía de Argel. El comisario Llob es un musulmán practicante y a la vez descreído. Como el propio Khadra, combatió en el maquis contra el colonizador francés y fue abandonando las ilusiones que la independencia había disparado.

Publicada en 1997, Morituri fue la novela que lanzó a la fama a su autor. Fue seguida de inmediato por Doble blanco y El otoño de las quimeras, editadas en 1998.  El trío de textos narra, con una prosa filosa y por momentos tristemente poética, la decadencia de la sociedad argelina, la corrupción de los antiguos revolucionarios y la ambigüedad del poder en su lucha contra el fundamentalismo musulmán.

El militar/escritor puede escupir oraciones casi telegráficas (“La noche cayó como una máscara. No encendí. Seguí fumando” o “Desde luego, si el infierno arde, es por la llama de los iluminados”); lanzar parrafadas de una furiosa lucidez (“Miro al déspota: un puro aborto de la república de los zares; joven, rico, espaldas suficientemente anchas para dar cabida a todo el maná del cielo, jamás en peligro, jamás falto de nada, cada dedo metido en un chanchullo, una suite en cada hotel de lujo y unos pies hechos para pisotear”); o caer en la tristeza que empaña la mirada de su protagonista, como en el comienzo de Morituri.

También como Khadra, el comisario Llob escribe novelas bajo un seudónimo. En el tercer libro de la serie, al ser descubierta su doble vida gracias al éxito de uno de sus libros, el comisario debe reconocer la existencia de su alterego literario ante sus superiores, provocando las iras de los mandos policiales y de una amplia galerías de personajes públicos a quienes no les agrada nada el retrato que de ellos y sus formas de gestionar su poder ha hecho el comisario literato.

El mundo árabe
Además de tratarse en la mayor parte de los casos de novelas de corte policial o político, los libros y en general la obra de Khadra pueden ser leídos como una crónica de la vida diaria en el mundo árabe. Lejos del etnocentrismo europeo bienpensante, que suele colocar a Occidente como la fuente de todos los males de los países árabes, en los libros de Khadra se señalan acciones concretas de personas concretas, con responsabilidades personales y grupales ante las acciones de violencia y mala gestión del poder que son reseñadas o imaginadas en los textos.

Por ejemplo, el protagonista de Las sirenas de Bagdad se va deslizando lenta e inexorablemente en una espiral de violencia integrista, en donde la religión y la ideología son por momentos meras coartadas para la venganza personal. Algo similar ocurre en Lo que sueñan los lobos y Los corderos del señor, aunque en esta última sucede en clave colectiva: los antiguos marginados de un pueblo perdido en el desierto argelino, se suben a la revuelta islamita radical para destruir a quienes perciben como sus enemigos en el universo cerrado de la aldea.

Un caso más extremo y a la vez más sutil es el de El atentado. El narrador es un médico palestino que vive y trabaja en Israel y que, en apariencia, se encuentra perfectamente adaptado a esa sociedad. Su mapa vital cae en pedazos cuando descubre que su mujer, a quien suponía tan adaptada como él, es quien ha llevado a cabo el atentado que da nombre al libro. El texto narra su búsqueda por encontrar a quienes supone han influenciado a su esposa y es allí donde Khadra muestra los matices, los odios que se van condensando y las desigualdades inalterables que terminan siendo el caldo de cultivo donde crece la violencia de los hombres y mujeres suicidas que son noticia en los diarios.

Si algo parece caracterizar la obra del escritor argelino es la inalterable búsqueda de respuestas en el caos y la violencia que por momentos parecen dominar la agenda de los países árabes. Khadra llega lejos en su intento porque lo hace sin renunciar a la belleza de las palabras ni a la insobornable ferocidad de su mirada.


Fuente: Fernando Santullo

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