El inquilino imprevisible

El respeto al estado de derecho es condición necesaria para entender cómo se comportará un gobierno. En el caso de Trump, la clave para entenderlo es desde la imprevisibilidad
El nuevo inquilino de la Casa Blanca, al menos por los próximos cuatro años, es un hombre sobre todo imprevisible. Y en la imprevisibilidad, más que en las ideas y políticas que pretende aplicar, está el mayor problema que plantea a su país y al mundo.

La primera imprevisibilidad que ha generado proviene del hecho de que ha comenzado a cumplir puntualmente todas y cada una de las promesas electorales, incluso aquellas que no formaban parte de un programa coherente sino que provenían del fervor de los mitines populares, donde suele concederse a los candidatos licencia para decir cosas que no están bien pensadas, cuyas consecuencias o costos no han sido medidos y que son para quedar bien con la tribuna. Pero Trump, con el muro con México (y con el hecho de que México tendrá que pagar por su construcción le guste o no), con la prohibición de ingreso de población musulmana de determinados países, con la prohibición de acoger refugiados sirios, ha ido a cumplir todo lo que dijo en la campaña y que muchos pensaron (o pensamos) que se moderaría en caso de ganar la presidencia, o que sería moderado por el propio Partido Republicano, que no comparte la mayoría de esas políticas.

Ocurre pues que incluso medidas muy controvertidas, como las restricciones migratorias, podrían ser implementadas de diferentes maneras, con mayor o menor daño, con mayor o menor eficacia. Pero a la velocidad que va tomando esas medidas Trump, parece que hay muchas cosas legales que no se tomaron en cuenta como, por ejemplo, que no se puede prohibir el reingreso al país de residentes legales aunque vengan de países incluidos en la lista negra. Afortunadamente, la separación de poderes y la independencia de la Justicia siguen funcionando y la orden de Trump fue declarada en suspenso por un juez federal de Nueva York respecto a personas que ya tienen residencia legal en Estados Unidos.

La segunda imprevisibilidad es el modus operandi de Trump. El ir y venir de los días le ha llevado a ganarse unos cuantos enemigos o haber destruido buenas relaciones con países amigos en sus primeros 15 días en la Casa Blanca. Con México hizo volar todos los puentes con la cuestión del muro. Con Australia le cortó la comunicación telefónica al primer ministro que le pedía cumplir un acuerdo migratorio firmado en época de Obama.

Con Theresa May, que lo visitó en la Casa Blanca, tuvo una cordial charla pero ello no evitó que May se pronunciara claramente en contra de las restricciones a los refugiados, al igual que la gran mayoría de los aliados europeos de Estados Unidos. Con Israel empezó muy bien, pero hace dos días advirtió a Netanyahu que detenga la instalación de asentamientos en territorios fuera de las actuales fronteras. Con Rusia parecía ir de picos pardos, pero acaba de ratificar las sanciones que estableció Obama. Y dentro de Estados Unidos, aparte de su particular lucha con la prensa (que es la "bestia negra" de Trump), también enfrenta duras críticas del sector empresarial por los temas migratorios y aunque los empresarios ven favorable el recorte impositivo que supuestamente vendrá, también temen los cambios en política comercial.

Al inquilino de la Casa Blanca no parecen afectarle demasiado las críticas propias y ajenas y continúa impertérrito en su marcha veloz para implementar sus ideas. Pero en esa marcha hay mucho de imprevisibilidad, de contradicción y de egolatría. Basta ver cómo dos temas menores siguen afectando a Trump a pesar que son cosa pasada y sin relevancia para el futuro: uno, si en su inauguración hubo más o menos gente que en la de Obama en 2009, y dos, si hubo fraude en los votos que obtuvo Hillary Clinton, por los cuales lo superó en el voto popular por unos 3 millones de votos.

La previsibilidad y el respeto al estado de derecho es condición necesaria para entender cómo se comportará un gobierno y para su éxito. En el caso de Trump, la clave para entenderlo es desde la imprevisibilidad, que le viene de su personalidad, de su escasa experiencia en muchos temas complejos, de su escaso conocimiento en realidades económicas y de creer que se puede gobernar a un país igual que si fuera una empresa. Y por supuesto, del escaso respeto que parece tener por el estado de derecho.

Es de esperar que Trump, que en dos semanas ha ganado innecesariamente una buena cantidad de críticos cuyo apoyo sería fundamental si quiere implementar reformas profundas, tanto a nivel nacional como internacional, se dé un baño de realidad y un baño de humildad. El primero seguro le va a venir por la fuerza de los hechos. El segundo depende de él. Y él es imprevisible. He ahí el problema que se enfrenta en Estados Unidos y en el mundo entero: navegar en la imprevisibilidad.

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