El llanto de Bayron

Una triste postal del tercer mundo: un niño llora en medio de las moscas, el barro y la basura

Todavía escucho llorar a Bayron. Veo cómo le caen las lágrimas y lo veo lleno de tierra, ahí entre las moscas, el barro y la basura en el rancho de lata donde vive.

A Bayron –un niño de poco más de un año- lo conocí hace un par de semanas cuando visité un asentamiento pegado al barrio Marconi. Estuve con su familia, los Falcone, en el marco de una crónica sobre los clasificadores de basura que se publicó en El Observador.

Fue antes de las tormentas que causaron inundaciones en varias partes del país. Y la calle Mario Artagaveytia, que entra al cantegril y pasa frente al rancho de los Falcone, ya era un barrial.

Ese día Bayron lloraba desconsolado porque tenía hambre. Lloraba como puede llorar mi hijo o cualquier niño, porque los niños lloran como un grito de guerra, como una forma de llamar la atención y decir acá estoy.

Su llanto lo tengo grabado. Quizás sea porque sé lo que le espera. Sé que, salvo que pase algo muy raro, Bayron tendrá muy pocas oportunidades de salir del cantegril. Seguramente viva mucho tiempo en el mismo lugar en el que hoy viven sus abuelos y sus padres.

Desde el rancho de los Falcone se ve una montaña de basura. Es una montaña grande, juro que impresiona. Es una postal del tercer mundo, que nos recuerda que vivimos en un país con una pobreza estructural y condiciones de vida indignas para miles de uruguayos.

Bayron, como muchos niños en Montevideo, nacen condenados. Y sí, eso ya lo sabía antes pero el otro día tuve ganas de ponerme a llorar ahí mismo. Tuve ganas de abrazar a Bayron y llorar con él. De agarrar a ese niño y sacarlo de ahí.

Cuando salimos y subimos al auto con el fotógrafo Nicolás Garrido (la foto que ilustra este post es de él) al principio hubo silencio. Después los dos coincidimos que estar ahí, en medio de las moscas, el barro y la basura, nos había hecho bien, que habíamos minimizado una cantidad de pequeños problemas de pequeños burgueses. Recordar que hay gente que vive así (y vivirá siempre así, no es producto de una inundación o un tornado) ayuda a poner en su justo término una cantidad de problemas que no son tales.

Anoche me fui a dormir y otra vez escuché el llanto de Bayron. Después miré a mi hijo y lo vi durmiendo cómodo y abrigado. ¿Una sociedad con tantas desigualdades podrá prosperar algún día?


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