El necesario achique de ANCAP

El actual directorio de ANCAP recién empieza a hincarle el diente a la indigesta estructura de la mayor empresa pública del país

Cuando una empresa privada trabaja a pérdida año tras año, racionaliza su operación o cierra. Pero en el mundo de fantasía en que funcionan tradicionalmente algunas empresas públicas uruguayas, ambas opciones fueron consistentemente ignoradas en ANCAP por gestión incompetente de los amigos partidarios que la dirigían.

Ahora parece haber llegado finalmente el momento de la verdad, bajo una nueva conducción técnica dirigida a aplicar los conceptos de buena administración que durante tanto tiempo brillaron por su ausencia en el ente petrolero. El desbarranque financiero llegó a su punto más crítico en 2014 con una pérdida de US$324 millones. Se agregó a déficit anteriores y en 2015 y obligó a capitalizarla hace un año con US$622 millones, erogación que disminuyó la capacidad del gobierno para atender otras urgencias.

La empresa se financia básicamente con la refinación y venta de combustibles. La refinación es desmedidamente costosa por la baja productividad de la planta de La Teja, hasta cuatro veces menor que las de refinerías de igual volumen en otros países, debido al exceso de personal. Se compensa con el precio desmesurado que todos los hogares y la estructura productiva están obligados a pagar al monopolio de los combustibles. El país ahorraría enormes sumas y los consumidores estarían menos castigados si se importaran combustibles ya refinados, opción sensata pero descartada por el apego estatal a sus empresas y por la inamovilidad laboral de por vida de que gozan los funcionarios públicos.

A estos problemas se agrega un amplio espectro de empresas de ANCAP que operan sostenidamente a pérdida en varios rubros. Encabezan la lista la producción de portland, Alur, Carboclor, que opera en Argentina y CABA, productora de caña, grapa, whisky y hasta la ignota marca Alma Mía de perfumes. La nueva estructura directriz que encabeza desde enero Marta Jara, cuya formación en la industria petrolera privada contrasta con la falta de idoneidad técnica de sus predecesores políticos, está dando los primeros pasos para aligerar a ANCAP de esa larga línea de lastres, mientras se procesan investigaciones parlamentarias y denuncias judiciales contra su estructura y contra algunos de sus anteriores jerarcas.

El ente acaba de decidir "racionalizar las actividades" de CABA y Alur, desprendiéndose de operaciones deficitarias. Alur ha sido especialmente costosa, al punto que ANCAP la subsidió de hecho durante años para equilibrar engañosamente sus balances. Carboclor está en proceso de venta, aunque no será fácil encontrarle comprador a buen precio en el alicaído mercado argentino. Y es especialmente complejo el caso del portland. Este sector, con plantas en Paysandú y Minas, acumula unos US$200 millones de pérdida en los últimos cinco años y produce cemento a un costo más del doble del precio de importación. Como en el caso de los combustibles, se ahorraría importándolo en vez de producirlo localmente. Pero difícilmente se tome este camino debido a la propensión empresarial del Estado, aunque sea a pérdida, y por el problema de qué hacer con el personal superfluo.

El actual directorio de ANCAP recién empieza a hincarle el diente a la indigesta estructura de la mayor empresa pública del país. Aunque el éxito total parece imposible en nuestro sistema estatista, la mejor esperanza es que pueda despojarla de sus peores adiposidades.


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