El PC y el ideal de la igualdad

La historia de un partido serio y responsable, poderoso como pocos, atrapado en la madeja de su propio éxito

* Doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República / adolfogarce@gmail.com

La democracia uruguaya, en estos días, se mira en el espejo de conmemoraciones inaugurales. En ese contexto, la semana pasada dediqué este espacio al Partido Nacional y su siembra. Hoy quiero detenerme en la tradición colorada. Si no hay forma de hablar de la libertad política y económica en Uruguay sin hacer referencia a la persistencia de los nacionalistas, no hay manera de explicar por qué Uruguay, a pesar de avatares y pesares, sigue siendo un país marcado por el ideal de la igualdad sin tomar en cuenta el decisivo legado del Partido Colorado. El repaso, además, debería ayudar a entender por qué esa bandera, tan batllista a principios del siglo XX, terminó en las manos de la izquierda a comienzos del siglo XXI.

Es digna de admiración la lucha del PN por la libertad. Del mismo modo, con la misma intensidad, con idéntica gratitud me inclino ante la audacia que supieron tener los colorados, especialmente en tiempos de José Batlle y Ordóñez, para imaginar y construir un Estado de bienestar avant la lettre. La cultura política uruguaya quedó matrizada, desde entonces y supongo que para siempre, por el ideal de la igualdad, el lenguaje de los derechos y la sensibilidad hacia desvalidos y oprimidos. Desde luego, ni la libertad fue solamente una bandera (y una construcción) de los blancos ni la igualdad de los colorados. Pero, cada partido, hasta por el lugar que le tocó en la historia, hizo aportes diferenciales.

Los colorados estuvieron casi un siglo en el gobierno (1865-1958). Pese a esta hegemonía, a partir de la Paz de Abril (1872) se vieron obligados a compartir espacios de poder con los blancos. Sus políticas públicas fueron influidas también por los llamados “partidos de ideas” (cívicos, socialistas y comunistas) y por la acción del movimiento sindical (cuya capacidad de presión fue aumentando con el tiempo). Pero no cabe duda de que ellos, los colorados, fueron los principales protagonistas en la construcción del Estado. Desde allí, accionando esa palanca, a lo largo de la primera mitad del siglo XX, desde un Batlle al otro, se esforzaron en plasmar en políticas esa temprana obsesión por la protección social. No les fue mal. Durante esas décadas, de acuerdo a las estimaciones realizadas por Luis Bértola, la desigualdad cayó de modo sensible (moderadamente entre 1910 y 1940, y con mayor intensidad durante la década de 1950, cuando el índice de Gini llegó a ser inferior a 0,30).1

Quiso la historia que el PC siguiera teniendo una responsabilidad muy importante en el gobierno durante la segunda mitad del siglo XX, en una época signada por el estancamiento y la inflación. Los colorados, que habían llegado lejos diciendo que sí a las demandas particulares de grupos y electores, se vieron obligados a decir que no y a contrariar a sus clientelas. Ellos, los constructores del “dirigismo” estatal, comenzaron a cuestionarlo y a simpatizar cada vez más abiertamente con las soluciones de mercado. El viraje ideológico seguramente les permitió mantenerse en el poder un tiempo más. A la larga, les costó caro. Si el que se fue a Sevilla perdió su silla, el partido que gobierna (ya sea por cálculo, por convicción, o por una mezcla de ambas lógicas) desafiando su propia tradición toma el riesgo de hipotecar sus electores. En la silla que dejaron libre los colorados se apresuró a sentarse Líber Seregni, un general (no casualmente) de origen batllista. La invocación del Estado como “escudo de los pobres”, poco a poco, fue quedando en manos del FA.

Tanto tiempo en la oposición, escribí la semana pasada, parece haber condicionado la identidad de los blancos (les costó mucho históricamente y les sigue costando demasiado todavía encontrar el camino hacia el poder). A los colorados les pasó algo similar. Se identificaron tanto con el gobierno, asumieron tan profundamente los dictados de la “ética de la responsabilidad”, que prefirieron mantenerse en el poder y hacerse cargo de la crisis antes que dar un paso al costado y permitir que los blancos, empuñando el libreto liberal, se ocuparan de achicar el Estado y relanzar la economía. Por cierto, también en esta etapa dejaron su huella: al participar tan activamente en los procesos de reforma económica (entre 1985 y 2004) los colorados lograron que la retracción del Estado fuera moderada, gradual, amortiguada.

Si la perseverancia de los nacionalistas los obligó (hace un siglo) a compartir el poder, la no menos obstinada militancia política, sindical y cultural de la izquierda (mucho después) los terminó acorralando y expulsando. No deja de ser curioso. Si no hubieran tenido tanto éxito en moldear la cultura política uruguaya en torno al valor de la igualdad la izquierda uruguaya no hubiera sido tan poderosa. Así de paradójica es la trayectoria de los colorados: es la historia de un partido serio y responsable, poderoso como pocos, atrapado en la madeja de su propio éxito.

1 Ver: Luis Bértola y Jorge Álvarez (2010), “Desarrollo y desigualdad: miradas desde la historia económica”, Miguel Serna (coordinador), Pobreza y (des)igualdad en Uruguay: una relación en debate, FCS-ASDI-Clacso, Montevideo


Acerca del autor

Comentarios