El peligro del realismo mágico en la economía

Contradicciones y marcha a situaciones complicadas

Tratando de entender a Uruguay, ya que he fracasado tratando de entender a mi país, planteo a mis amigos economistas, politólogos y sociólogos destacados, las evidentes contradicciones que se advierten en la economía oriental, que en mi percepción marcha hacia situaciones complicadas.

Quienes me responden me dan la razón en mi evaluación. Pero inmediatamente me aclaran.

Habrá desempleo en el sector privado, pero no será importante hasta 2019, con lo que el triunfo del Frente Amplio está asegurado.

El peso seguirá sobrevaluado (o si usted quiere todos los costos seguirán por las nubes) con lo que exportar valor agregado será más difícil, pero eso es mejor electoralmente porque fomenta el consumo.

El gasto del Estado aumentará, y también los impuestos, pero este es el modelo de país que la mayoría ha elegido.

Esto siempre ha sido así, y se va acomodando de alguna manera.

Me preocupa ese modo de pensar, y sobre todo la realidad que implica. El voluntarismo no es un sistema económico válido. No basta querer el bienestar de la sociedad, una sociedad más justa, sin pobres, con la dignidad del trabajo, salud para todos y redistribución de la riqueza para que eso pase. Y mucho peor es creer que se pueden saltear los fundamentos económicos para lograrlo sin sufrir consecuencias. Tampoco es inteligente tratar de justificar las conveniencias de los políticos, casi siempre opuestas a los intereses de la gente.

Hace mucho ha quedado claro que cualquier mayoría puede elegir lo más sublime o lo más estúpido, depende del flautista de Hamelín que le toque, o del grado de ignorancia colectiva, o la emoción que mueva al pueblo en cada momento, o la cuerda de sensibilidad que los políticos pulsen. El conveniente hallazgo dialéctico de que la pobreza tiene como culpable a los ricos, además de erróneo si se analizan datos, es el mayor enemigo del progreso de los pueblos. Pero evita el esfuerzo del trabajo, del ahorro y de pensar.

Algunos países se han acostumbrado a que el ciclo gasto excesivo - impuestos -déficit-endeudamiento -inflación-crisis-refinanciación o default- se repita en el tiempo y haya como un nuevo comienzo, una especie de perdón universal desde donde se empieza de nuevo. Proteccionismo, sindicalismo trotskista, estatismo, tienen consecuencias negativas para la sociedad, que son tapadas por el sistema político con parches cosméticos, como los del ciclo comentado arriba. Eso genera nuevos ciclos, pero en cada uno, la sociedad es más pobre, tiene menos empleo, valora menos el trabajo, es menos educada, más precaria, sin inversión, sin esperanza, sin futuro.

Curiosamente, ese mecanismo deteriorante garantiza el apoyo electoral de una mayoría cada vez más precarizada a las mismas ideas que acaban de terminar en fracaso. A veces el mundo exterior ayuda con alguna suba de precios salvadora, que permite tapar los agujeros y repartir un poco más. Pero dura poco. Pronto la realidad golpea de nuevo. Sin un milagro externo –como el de las commodities– cada ciclo es más pequeño que el anterior. Como la telaraña dinámica hacia adentro de Samuelson, este proceso semeja a la caída de una mosca fulminada por un insecticida, que vuela en círculos cada vez más pequeños hasta morir.

Con todo respeto, y todo dolor, quiero usar el ejemplo de la hipotética nueva planta de UPM. Para conseguir modestos 300 empleos permanentes, se ve a un país casi suplicando por una inversión, negociando en las peores condiciones de rendición, renunciando a percibir impuestos que sí le cobra al resto de los sectores productivos, y condenándose a una inversión estatal utópica, como si otros ejemplos de inversiones utópicas no hubieran sido suficiente escarmiento.

Esa sola situación debería hacer meditar a cualquier sociedad. Pero las sociedades que han entrado en la comodidad del modelo del estado igualador, que transforma todas las necesidades en derechos, cuando no los caprichos en derechos, sin contraprestación, no quieren preocuparse por meditar. Prefieren el optimismo de creer que siempre habrá alguna salida. Como el jugador compulsivo que finalmente tiene que vender la casa. Pero que sigue diciendo hasta último momento que tiene su vicio bajo control.

Esta tendencia al voluntarismo ha sido fomentada por miles de años, para culminar en el fracaso del comunismo. Luego fue intelectualmente destrozada por pensadores como von Mises, Friedman y otros. Lamentablemente, la prédica de Keynes, o por lo menos lo que se pretende entender que es Keynes, fue adoptada por muchos irresponsables que lastimaron a muchos pueblos. Sin embargo, las naciones gobernadas inteligente y prudentemente no han caído en este facilismo.

La idea de algunos países de cerrarse aún más ante la globalización, y de ordeñar con impuestos a las minorías de mayores recursos es de tal precariedad que asusta. Para ser justo, no están solos en esos conceptos, sino que los acompañan todos aquellos que necesitan continuar un supuesto reparto para tener mendigos que los sigan, como parece ser el mecanismo de los políticos modernos. Los sembradores del realismo mágico. Primero plantean teorías que llevan a la pauperización económica, intelectual y social de los pueblos, y luego usan esa pauperización para pregonar otra vez las teorías salvíficas que llevaron a ese lugar.

Otro síntoma grave que se debería tener en cuenta en Uruguay, es el accionar del Banco Central comprando dólares para impedir una mayor apreciación del peso. Lo que no sólo es un síntoma de un camino erróneo que lesionará las exportaciones, sino que es un doble peligro al insertar más liquidez y al exponerse a ataques de especuladores.

Contra la idea de que los pueblos marchan hacia una sociedad de bienestar e igualdad, donde la inequidad se elimine y eso a su vez elimine la pobreza, no se puede luchar. Pero tampoco hace falta luchar: se derrota sola. El problema es que la ideología mezclada con la tozudez impide la reacción o la corrección del rumbo, con lo que se insiste en el martilleo argumental incesante de defensa de modelos retrógrados, en nombre de derechos que supuestamente tiene una parte de la sociedad sobre la otra parte. En ese lamentable déjà vu, los pueblos evolucionan hacia su decadencia y su mediocridad.

A su vez, tarde o temprano, el estatismo, el populismo, el progresismo, el solidarismo, el marxismo terminan siendo, finalmente, el mismo animal, siempre culminan en algún tipo de totalitarismo. Y definitivamente, siempre llevan a la pobreza, a la miseria y al atraso de las naciones.

Pero no hay que ser pesimistas: siempre habrá un García Márquez para proponer alguna magia.


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Dardo Gasparré

Dardo Gasparré