El PN y el ideal de la libertad

La historia del PN es la de la lucha por la libertad tanto en el plano político como económico

Doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Udelar adolfogarce@gmail.com

Nos toca vivir un año de aniversarios. Hace pocos días conmemoramos la primera elección libre, la del 30 de julio de 1916 que puso la piedra fundamental de la democracia moderna en nuestro país. Durante agosto y setiembre celebraremos la configuración del Partido Nacional (PN) y el Partido Colorado. Ambos partidos constituyen un caso extraordinario de longevidad: como es sabido, solamente el Partido Demócrata de EEUU (1828) y el Partido Conservador de Inglaterra (1832) pueden presumir de ser más antiguos. Pido permiso para dejar a los colorados para el mes que viene, cuando evoquemos la recordada batalla de Carpintería. Sumemos entonces, por hoy, esta página a los festejos de los nacionalistas.

Hay al menos tres formas potencialmente fecundas de revisitar la historia del PN. A veces se lo presenta como la versión uruguaya de la tradición política “conservadora” que pugnó contra los “liberales” en buen parte de América Latina. Lo mejor de primer enfoque es que nos ayuda a recordar que ni somos una isla ni tan excepcionales. Desde una óptica de sociología política se suele enfatizar su capacidad para expresar preferentemente los intereses del mundo rural en oposición a los de la capital. Lo más útil de esta segunda mirada es que nos ofrece una pista para entender cómo hoy los blancos siguen siendo tan votados en el interior del país. Finalmente, cualquiera que siga el relato que ellos mismos construyen sobre su identidad tendrá que admitir que la idea de Nación ocupa un lugar especialísimo en esta tradición. Cada uno de estos enfoques nos llevaría a una discusión interesante. Pero los invito a tomar otro camino.

Desde mi punto de vista, con todos los peros y matices que necesariamente hay que poner, la historia del PN es la de la lucha por la libertad tanto en el plano político como económico. En primer lugar, no hay forma de entender la democracia en Uruguay sin pasar por la obstinación de quienes, durante 93 años, supieron desafiar el predominio político del Partido Colorado. Otra vez, para reflexionar con calma sobre el pasado, conviene acudir a las lecciones de los clásicos. Robert Dahl enseñaba que la democracia se instaura cuando un gobierno (un “régimen hegemónico”) calcula que el costo de ser desplazado del poder por la oposición en elecciones libres es más bajo que el de intentar suprimirla por la fuerza. Dicho de otra manera: sin una oposición valiente, persistente, “levantisca”, dispuesta a exigir el cumplimiento de los pactos con el gobierno (como en 1904) y a pagar un precio muy alto para ser admitida como tal, no hay democracia. Los blancos forzaron la “coparticipación” en 1872 (después de la Revolución de las Lanzas), y en 1916 (gracias a la elección de la Convención Nacional Constituyente). Y, luego de 93 años en la oposición, al desplazar a los colorados del gobierno en la elección de 1958, abrieron una nueva etapa en la democracia uruguaya. No hay manera de comprender la pasión de Wilson Ferreira en el combate contra la dictadura sin tener en cuenta esta tradición. Por eso mismo, es fácil entender la dramática división del PN en 1933 cuando Luis Alberto de Herrera, calculadora en mano, con un ojo puesto en la gobernabilidad y otro en arrimar a su partido al poder, apoyó el quiebre institucional liderado por Gabriel Terra, presidente colorado.

La historia del PN, en segundo lugar, es la de la lucha por la libertad económica. Como en lo referido a la libertad política, desde luego, habría que poder establecer más matices. Pero, en el largo plazo, fue el partido que más sistemáticamente desafió las tendencias estatistas y proteccionistas en Uruguay. Los blancos no solo argumentaron sistemáticamente a favor de la libertad económica. Además, pusieron dos mojones fundamentales. El primero de ellos fue la Reforma Cambiaria y Monetaria (diciembre de 1959), elaborada por el ministro Juan Eduardo Azzini que puso fin a los tipos de cambio múltiples. La Historia Económica recuerda esta norma como un paso decisivo hacia la desarticulación del “dirigismo”. El segundo mojón fue la presidencia de Luis Alberto Lacalle a comienzos de los noventa. Durante esos años, contra viento y marea, los nacionalistas llevaron tan lejos como pudieron su intención de abrir la economía, estabilizar la moneda y disminuir el papel del Estado en la economía mediante privatizaciones, desregulaciones y desmonopolizaciones. En este sentido, el “wilsonismo”, que en materia de libertad política se engarza tan perfectamente con la más tradición blanca, ofrece sorprendentes inflexiones estatistas (su empatía con la CIDE y la planificación indicativa) y no menos llamativas tonalidades socialdemócratas (su énfasis en la reforma agraria y las políticas sociales).

Es cierto, gobernaron realmente muy poco. Asumieron la principal responsabilidad en el Poder Ejecutivo solamente durante trece años, en apenas tres gobiernos. A veces me pregunto, tomando nota de los problemas evidentes que tienen para liderar la construcción de una alternativa real al Frente Amplio, si estar en el llano, en la oposición, controlando y ayudando a la vez, no será, también, de alguna manera, parte de la identidad política profunda de los nacionalistas. En cualquier caso, desde donde les tocó, se las ingeniaron para dejar una huella profunda en la historia uruguaya.


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