El regreso con gloria de Jason Bourne

La dupla Matt Damon-Paul Greengrass cumple con las expectativas en la nueva entrega de la serie
Jason Bourne está tranquilo ganándose la vida como boxeador sin guantes en la frontera de Grecia con Albania cuando el pasado vuelve a su encuentro y lo envuelve, una vez más, en una red de violencia a través de la geografía del planeta.

Es el regreso de Matt Damon, también al personaje que definirá su legado como actor, por más que luche para escapar a su destino. Después de nueve años de la última aparición de Bourne, en Bourne: el ultimatum, y cuatro años después de que tanto Hollywood como la CIA intentaran reemplazarlo, en El legado Bourne, vuelven el actor y el personaje, para mantener viva a una saga de acción que tiene muchas virtudes, aunque ya se le noten los años.

Y no es por la edad de Damon, que a los 45 luce tan capaz como siempre de dejar el tendal de agentes de la CIA –y de los escuadrones de policía locales que se le crucen– en su camino por conocer la verdad sobre su carrera de super asesino.

Tal vez se trata simplemente de que los muy buenos trucos del director Paul Greengrass –esta es su tercera participación en la saga, después de Identidad desconocida y Bourne: el ultimatum– ya llegaron a su esplendor.

De todas maneras, es muy buen entretenimiento. Para quienes no vieron las entregas anteriores de la saga, la destreza con que se mueve todo el mecanismo de acción será sorpresiva, y para los seguidores de Bourne, se trata de un compromiso.

Esta vez Bourne es llamado a la acción por una colega de antaño, Nicky Parson (Julia Stiles) para frenar a la CIA en su intento de controlar el planeta. El plan envuelve al creador y fundador de una suerte de Facebook, Aaron Kallor (Riz Ahmed) y Bourne se ve forzado a participar con el cebo de que en ese camino encontrará las respuestas que busca desde la primera película.

Las actuaciones son convencidas y convincentes, tanto de los citados como de Tommy Lee Jones, en el papel del director de la CIA, y Alicia Vikander como la agente cuyo talento solo rivaliza con su ambición. Aunque está claro que el motor de la película es la empatía del protagonista.

La calidad de la dirección, cámara y edición es la de siempre en los equipos dirigidos por Greengrass.
Cada secuencia de acción, por más inverosímil que suene si se relata en palabras, se ve convincente y logra una suerte de realismo infernal, con un pulso trepidante que nunca pierde el control.

Hay también un juego de espejos entre realidades grabadas en audio e imagen por los propios actores en cada batalla, que curiosamente aumenta el realismo para el espectador, que se siente como el último espía de todo ese universo vertiginoso.

Como sucede en toda la saga, la película es casi pura acción, con una trama fácil de seguir y un héroe de muy pocas palabras; Bourne apenas tiene tiempo de pensar y actuar. La pausa queda para la secuencia final de títulos y la reflexión final del espectador tiene que ver con una decisión futura: ¿volveré a ver la próxima de Bourne? Yo sí. A esta altura quiero que emprenda una nueva vida o que muera en el intento, y quiero ser testigo de esa odisea.

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