El rock en primera persona

Autobiografías de estrellas de rock que conforman un grupo sólido en el género
En determinado momento de la vida, algunas personas sienten la necesidad de mirar el camino. No es un sentimiento conectado de forma directa con la edad, aunque las arrugas, las cicatrices, las canas y la cercanía de la parca juegan su rol y acercan la mano a la lapicera o al teclado.

Sucede con la generación que brilló y definió para siempre la historia de la música popular en la década de 1960, que hoy raya los setenta años y pretende que su historia quede fijada en las páginas.

Desde hace por lo menos tres décadas varias biografías y autobiografías de estrellas del rock and roll han conformado un conjunto sólido dentro de un género que puja por ganar estatura y respeto en el panorama literario internacional, más allá de la ficción narrativa, la poesía y el ensayo. Basta repasar algunos ejemplos del lote para recomendar lecturas que trascienden la mera sucesión de anécdotas y proyectan una experiencia vital conmovedora.

Rod Stewart inició su autobiografía, titulada simplemente Rod, con una escena en un jet privado sobrevolando una noche el cielo de Suecia. Luego de un concierto volvía a Inglaterra cuando un ave se metió en una turbina del avión, provocando una falla técnica que amenazó el vuelo.

El relato de Stewart toma desde el comienzo un ritmo sin respiración, con la pulsión de la muerte inminente, mientras por su mente se atraviesan miles de imágenes de una vida agitada entre las luces y las sombras del mundo rockero.

Keith Richards eligió comenzar la narración de su autobiografía, Life, con su detención en 1975, en un pueblito de Arkansas en el que la policía lo calificó como un auténtico demonio lleno de drogas, pelo largo y amenaza para la comunidad. Por supuesto, zafó de la situación comprometida, pero el hecho funciona como marco introductorio para una vida de supervivencia, llevada hasta los límites más insólitos de la suerte (como hacer la prueba de esnifarse las cenizas de su padre, a ver de qué forman le pegaban).

El bajista de los Stones, Bill Wyman, escribió una excelente autobiografía titulada Stone alone.
El tranquilo de la banda, el más callado e introvertido, se transforma en la lectura en una mirada privilegiada, parte sustancial del crecimiento y desarrollo de la banda. Pero su perspectiva tiene un tono completamente distinto al de Richards, con el que tantas veces compartió el mismo escenario.

Como en el caso de George Harrison, con The Beatles, el nivel introspectivo de Wyman gana la historia con sorpresiva perspicacia. Parece otra banda bajo el prisma de su ángulo.

La autobiografía de Eric Clapton posee una línea narrativa de gran intensidad, que parte del momento en que el niño de un pueblito de Surrey descubre que sus padres son sus abuelos; su supuesta tía, es su madre; y su padre, un lejano soldado canadiense que estaba en el pueblo esperando la invasión a las playas de Normandía.

Con una soltura digna de sus dedos mágicos, Clapton repasa cada una de las bandas que lo tuvieron como guitarra líder, con una sinceridad para mirar el propio comportamiento digna del aplauso. Su voz habla cerca, como un simple mortal que se subió sin querer a un tren que lo llevó demasiado lejos.

Hablando de canadienses y trenes, el gran Neil Young publicó hace un par de años su versión de los hechos que conforman su vida creativa. El libro se llama Waging heavy peace, publicado en español como El sueño de un hippie.

Young comienza su viaje en el presente, compartiendo la construcción de un tren de juguete con su hijo cuadripléjico.

La vuelta a la infancia, las decisiones de un adolescente hambriento, el impulso por sacar a través de las canciones un mundo de paisajes internos se montan en la prosa de Young, controlada en la emotividad y tan directa como sus versos.

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