El sol como excusa

Una fiesta en la que la electrónica demostró nuevamente por qué es la música del verano en Punta del este
Corona Sunsets en playa Montoya
A las personas les gusta bailar. Las ondas de la música que llegan al cerebro producen placer y al parecer, según se comprueba a lo largo del año y en cada verano en diferentes playas de Uruguay, también lo hace la expresión de movimientos corporales que se ejecutan en sintonía con el ritmo de una velada festiva frente al mar. Mientras que la faceta más pop de la cumbia fue la verdadera protagonista del año pasado en grandes establecimientos y dentro del circuito de boliches de Montevideo y del interior, en Punta del Este la música electrónica sigue manteniéndose como la encargada del entretenimiento bailable de la temporada.

La prueba de ello se vio el sábado cuando el balneario recibió uno de sus eventos más notorios en enero mediante la realización del Corona Sunsets, un festival de música que adhiere al arte y la gastronomía como parte de una jornada multitudinaria que recibió, a lo largo de casi 8 horas de celebración, más de 5.000 personas, según una primera estimación de los organizadores compartida a El Observador. Ya sea a través de la acumulación de autos en las calles y casas de La Barra o a través de la aglomeración de cientos de curiosos frente a un predio cerrado armado sobre la playa Montoya, la fiesta organizada por la cerveza de origen mexicano era la cita obligada de los veraneantes instalados en Maldonado.

El festival, que se traslada a ciudades de todo el mundo bajo la excusa de vivir un verano eterno, tomó la arena de Montoya como la superficie ideal para construir uno de los circuitos más creativos a nivel de fiestas realizadas en los últimos años en el verano de Punta del Este. Con decenas de banderas que alertaban la inspiración en el arte mexicano de Corona Sunsets, los asistentes del evento –cuyas entradas se conseguían por invitación o concurso– eran invitados a atravesar un control de entrada sumamente cuidado desde la experiencia estética, con cartelería y parafernalia que notaba el trabajo de diseño en detalles tan pequeños como las pulseras y vasos. Concebido bajo una concepción rústica en concordancia con la localización, el predio constó de dos escenarios de música, varias barras de comida y bebida; tiendas de ropa, una torre funcionando como mirador y una estación de maquillaje encargada de armar a "la tribu" que formó el público heterogéneo del evento.

Sin embargo, la verdadera estrella del festival era el escenario principal, que se robó el asombro de todos los presentes. Conformado por un sol multicolor de varios metros construidos por diferentes paneles de luz, el despliegue escénico del Griffin Stage –titulado así por la presencia en los costados del escenario de dos grandes grifos, una criatura mitológica parte león y parte águila gigante– fue lo que mantuvo la atención del público, quien bailó expectante durante varias horas ante las sorpresas preparadas por la organización que incluyeron a un número de baile y fuegos artificiales al cierre.

Desde las 16 y hasta la medianoche, el Corona Sunsets tomó el atardecer como excusa principal para hacer despliegue de su astro dorado y una grilla de artistas internacionales.

Entre ellos se encontró Bob Moses, banda formada por los canadienses Jimmy Vallance y Tom Howie. El dúo radicado en Brooklyn, que publicó su primer disco Days Gone By en setiembre de 2015, fue una grata sorpresa dentro de una grilla dominada por Djs o bandas de electrónica como Bakermat, Thomas Jack, Amirali, Soul Clap y José Padilla. Es que a pese a producir su música en base a baterías electrónicas y beats del género deep house, Vallance y Howie se presentan en vivo como un dúo de teclado y guitarra electrónica que genera una mezcla tan bailable como analógica. Entre los riffs sueltos de Howie y su guitarra Fender modelo Telecaster, sumado a los ritmos y melodías de su compañero, Bob Moses reúne lo mejor del rockpop con la música bailable. Fue una presentación que si bien no generó la entrega que merecía del público, brilló por la ejecución de los canadienses.

El resto de los números artísticos hicieron de las suyas en presentaciones más acordes a un festival de electrónica, con DJ que van confeccionado un set que siempre mantiene la misma fórmula: de menos a más. Con varios momentos de euforia, el escenario con los grifos se robó la mayor atención del público y dejó al Crown Stage, el escenario secundario, un poco más mermado. El público, formado principalmente por jóvenes, recorrió el predio entre canciones y canciones en busca de un descanso del volumen alto, otro tipo de diversiones y sobre todo, alimento. Con un menú que incluyó a locales fernandinos como Amorcito, de comida vegetariana, dentro del Corona Sunsets las hamburguesas de lentejas, los burritos y los wraps de verdura calmaron el apetito de los asistentes. Dentro del rubro gastronómico, el chef portugués André Amaro hizo un despliegue vistoso de su cocina, al colgar varias corvinas negras que asó sobre una gran estufa y que luego sirvió a los comensales con una combinación de tomates, cilantro y ananá.

Pese a que el festival tuvo problemas al distribuir sus entradas, que hicieron que algunas personas que las tenían no pudieran entrar o terminaran comprándolas a algunos revendedores, dentro del predio en la playa la velada fue sin inconvenientes. El circuito del festival ahora seguirá en el año en Australia, Chile, México y China, entre otros destinos. Por ahora, la realización dentro de La Barra sentó un buen precedente dentro de los grandes eventos del verano, por lo que su repetición en 2017 en otros sitios de Maldonado o en algún otro departamento será bienvenida por quienes se perdieron un atardecer en la playa ambientado por varias dosis de música electrónica capaz de hacer mover hasta al más rígido de los veraneantes. l


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