El sueño navideño de volver a crecer

No debería ponerse demasiadas esperanzas en el efecto sobre el PIB oriental de una mejora en las economías de Brasil y Argentina en 2017

No debería ponerse demasiadas esperanzas en el efecto sobre el PIB oriental de una mejora en las economías de Brasil y Argentina en 2017. Ninguno de los dos países está cerca de ser una locomotora regional, ni siquiera propia.

Uruguay, cuyos recientes datos han hecho ilusionar sobre una reactivación sostenida, debe leer adecuadamente la realidad subregional y mundial y obviamente la propia, en un escenario nuevo y complejo, no por la llegada de Donald Trump, sino por el evidente congelamiento de la globalización que ya ocurría.

En ese contexto, el Mercosur, al que dábamos por muerto, ha ganado una nueva vida, como en los juegos electrónicos. Pero no este Mercosur que conocimos hasta ahora, cuyo proteccionismo lo transformó en una asociación burocrática, superflua y obstructiva.

Resultó peor cuando sus socios intentaron convertirlo en un suprapoder político, inventándole un Parlasur ridículo, caro y pretencioso. Uno de los corolarios fue la payasesca incursión de la canciller venezolana en el palacio San Martín, que mostró a todos los participantes como actores de alguna película satírica sobre países isleños caribeños. Una pérdida de tiempo y energía que debe hacer pensar a sus miembros. A Uruguay en especial, jugado casi inexplicablemente a la defensa de Venezuela, a quien prohijó. Los intereses de un país deberían estar por sobre las ideologías, suponiendo que de eso se trataba la tozuda defensa.

En un mundo en el que se negociará con los volúmenes de compra sobre la mesa, el Mercosur no es una opción despreciable. La tarea no será discutir sobre Venezuela, sino hallar un nuevo formato. En esa búsqueda debe tratarse la eliminación de toda actividad política, incluyendo el Parlasur. En términos comerciales, el fuerte obstáculo para cualquier cambio es la industria automotriz, que se ha apoderado de la estructura y la ha convertido en instrumento para vender autos a más del doble de precio, como sabemos los consumidores. Tarea dura, pero imprescindible si nuestros países lo entienden.

El reclamo de años recientes de Uruguay, en el sentido de saltear la cláusula 32 y negociar directamente un TLC con China o Europa merece varias consideraciones. La primera es que a Brasil, Argentina y Paraguay también les convendría un tratado de esas características. ¿Por qué estarían en contra de una negociación? O para ser más precisos: ¿por qué quiere Uruguay negociar por su cuenta? No es sensato pensar que conseguiría mejores condiciones actuando solo que en conjunto. Esto muestra que el Mercosur requiere ser repensado, también sobre bases de franqueza. De lo contrario se parecerá cada vez más al Comecon soviético. Lo cierto es que no es realista renunciar parcialmente a alguna de las cláusulas del Mercosur y aceptar otras; sirve o no sirve.

Europa no hará concesiones a su política contra nuestros países en materia agropecuaria, menos en su actual situación interna. China a su vez, comenzará por pedir que se reduzca la balanza comercial en su contra y exigirá apertura de Uruguay a sus mercados, con lo que surgirá un inmediato veto del PIT-CNT a cualquier acuerdo.

Estos puntos hacen preguntarse si cuando los jerarcas uruguayos hablan de estos tratados lo hacen desde la convicción o se trata de construcciones dialécticas destinadas a chocar con una imposibilidad y dar por cumplida la discusión.

La riqueza y el crecimiento de una sociedad no se producen desde el estado, incapaz de producir riqueza alguna. El espejismo de aumentar las tarifas de las empresas estatales y paliar el déficit no es producir riqueza. Al contrario, es poner un nuevo impuesto al que produce y desalentar la inversión. Tal como ahora se pretende discutir nuevos aumentos e inclusiones en el impuesto al patrimonio, que sólo confisca el ahorro privado y desestimula la inversión y la creatividad.

El factor negativo del impuesto al ahorro - tal es un impuesto al patrimonio - no es tenido en cuenta por el marxismo cuando mete la mano en el bolsillo ajeno, pero tiene profundas consecuencias en la generación de crecimiento. Por eso, aún dando por válido el concepto de apoderarse de la riqueza ajena para repartírsela, habría que tener cuidado en no desestimular a los creadores de esa riqueza, so pena de tener que ponerse a trabajar.

Estas consideraciones tienen directa relación con el comercio internacional y los tratados. Los países no exportan porque firmen tratados, sobre todo luego de que el comunismo soviético desapareciera de la faz de la tierra. Los tratados fijan recargos, los eliminan, versan sobre restricciones tarifarias o aduaneras, pero no mucho más. Y esto es más cierto en productos con valor agregado.

La posibilidad de vender está determinada por el precio en dólares, una obviedad. Ese precio está compuesto esencialmente por cuatro elementos. Tipo de cambio, costo laboral (sueldo incluido), impuestos y productividad. Estos elementos rigen tanto la posibilidad de exportar, como la de recibir inversiones, otro aspecto con el que se sueña localmente. (Esto vale para todos los países de la región, pero en especial para Uruguay, cuyo menor tamaño económico lo obliga a un comportamiento más ágil y eficiente).

El nivel de impuestos, incluido tarifas, es un contrapeso importante para la exportación y la inversión. No es casual que haya que apelar tanto a la exoneración para lograr alguna radicación. Cuando se analizan los costos de energía, combustibles, transportes, de alto contenido impositivo, es evidente el problema.

Algo similar ocurre con los costos laborales, cosa que sabe cualquier Pyme de Uruguay o Argentina, sin leer esta nota. Por algo hay cada vez más locales disponibles. En cuanto a la productividad, o mejor el output, que incluiría el valor agregado de la innovación, casi es innecesario dar ejemplos o hacer comparaciones. Para muchos rioplatenses, cualquier trabajo que implique trabajar es esclavo. Y todavía no se ha inventado ningún Viagra, por estos lares.

Esto se podría equilibrar con un tipo de cambio adecuado, que bajara el efecto de todas las deficiencias descriptas a valores razonables. Pero el tipo de cambio no es volitivo, como lo fuera en la querida madre patria soviética. La única manera seria de tener un tipo de cambio elevado es abrir la importación. Que está prohibido por el proteccionismo, la ideología, la soberanía o cualquier otra excusa. En esas condiciones, exportar algo más que unas toneladas de soja o de carne es inviable. Y crecer en serio también.

Esto es lo que hay que poner en el otro platillo de la balanza cuando el gobierno, uruguayo en este caso, habla de crecimiento futuro. Y hacer un gran ejercicio de fe navideña esperando que tenga razón.


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Dardo Gasparré

Dardo Gasparré