El tramposo juego político brasileño

Una reflexión sobre los problemas de fondo que conllevaron a la destitución de Dilma Rousseff
Mientras seguía las sesiones del Congreso de Brasil que concluyeron con la destitución de Dilma Rousseff como jefa de Estado, los pasados martes y miércoles, recordé unos textos de Michel Foucault que hablan sobre la antigua democracia ateniense. Dicho así es comprensible creer que es una comparación caprichosa, pero en verdad dejan en evidencia los problemas de fondo de la política brasileña.

En varias clases del Curso del Collège de France, de 1983, en dos anfiteatros atiborrados de estudiantes, docentes e investigadores, Foucault hablaba acerca del valor que tenía para la antigua democracia ateniense "el discurso racional que permite gobernar a los hombres y el discurso del débil que reprocha al fuerte su injusticia", reflexiones que realizó a partir de la obra de Eurípides que trata del mito de Ion. El filósofo francés distingue dos conjuntos de problemas: los que surgen en torno al marco que define el estatus de los ciudadanos, derechos, la forma de tomar decisiones, la manera de elegir a un jefe, etc.; y los que ocurren en torno al ejercicio del poder, cómo se ejerce el poder en la democracia. Este segundo conjunto de problemas incluye todos los aspectos vinculados al juego político. Los griegos llaman dynasteia al "conjunto de los problemas relacionados con los procedimientos y las técnicas por cuyo intermedio se ejerce ese poder (...)". El problema de la dynasteia, enseña Foucault, "es el problema de lo que el político es en sí mismo, en su propio personaje, en sus cualidades, en su relación consigo mismo y con los otros, en lo que es desde el punto de vista moral, en su ethos. (...) Es el problema del juego político, sus reglas, sus instrumentos, el individuo mismo que lo practica".

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Lo que me interesa es reflexionar acerca de los problemas de fondo del juego político, que contribuyen a entender de un modo más razonado y menos pasional el atroz estado de cosas de la política brasileña.

Lula inauguró en 2003 un gobierno de izquierda que empezó con el pie derecho por políticas económicas respetadas por los inversionistas, que fueron acompañadas por planes de mejora de la distribución de la riqueza y de alivio a la pobreza, que mejoraron la calidad de vida de millones y millones de brasileños. Nadie pone en duda la pericia de Lula para no espantar a los empresarios y, a su vez, contribuir a satisfacer las necesidades de familias históricamente excluidas. Pero, luego de sus mandatos, Lula ha sido involucrado en tres investigaciones de la operación Lava Jato, por la que empresas privadas sobornaron a políticos y ejecutivos de Petrobras a cambio de contratos públicos, y que se estima que hubo un fraude a la petrolera estatal de unos US$ 2.000 millones.

Rousseff no ha sido involucrada en la tremebunda trama de Petrobras. Las investigaciones del caso no demostraron que haya estado involucrada ni directa ni indirectamente. El Congreso la destituyó por considerarla responsable de maquillar las cuentas públicas a través de "pedaladas" fiscales, un mecanismo ilegal para mejorar de forma engañosa las cuentas del gobierno, elevando el gasto público para financiar los programas sociales. Una triquiñuela puesta en práctica antes de su reelección. También fue acusada de aprobar tres decretos y ampliar gastos sin aprobación legislativa, ignorando las metas fiscales aprobadas previamente por el Congreso.

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Muchos congresistas inquisidores, que levantaron el dedo acusador contra Dilma, tienen una hoja de vida que no es precisamente la de un monje benedictino.

La organización Transparencia Brasil reveló que 59% de los 81 senadores que levantaron la mano para destituir a Rousseff fueron condenados, acusados o investigados por crímenes en algún momento.

Según un artículo del periodista Sebastián Smith, corresponsal en Río de Janeiro de AFP, "muchos de los que han ocupado una silla del Congreso en los últimos años, (...) cuentan con un extenso prontuario que va desde acusaciones de malversación y compra de votos hasta presunto homicidio". Y algunos de ellos están involucrados en el caso de corrupción de Petrobras.

Michel Temer, quien sustituye a Dilma en el Palácio do Planalto, también está salpicado por hechos de corrupción. En Brasil, la prensa informó de vínculos del ahora jefe de Estado brasileño con el empresario Marcelo Odebrecht, expresidente del poderoso conglomerado de negocios Odebrecht, condenado a 19 años y 4 meses por corrupción, blanqueo de dinero y formación de organización criminal por el caso Petrobras. Se denuncia que Temer habría recibido millonarias "donaciones" a cambio de favores políticos.

En Brasil hay una crisis en las reglas políticas, en las costumbres y conductas de los políticos, que no se solucionan con la destitución de Rousseff, por más que el capital respire aliviado con la continuidad de Temer.

El problema es tan profundo que es probable que el país continúe su camino hacia el despeñadero. Hay una gestión política de baja calidad, por lo que "el político es en sí mismo", al decir de Foucault. Por sus pésimas cualidades, por su "relación consigo mismo y con los otros". El problema de fondo es el juego político. Y, claro está, las cualidades de los jugadores.

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