En un proceso electoral "raro"

Dudas en la geometría interpartidaria y las arquitecturas intrapartidarias
A mitad de camino entre el cierre del ciclo electoral 2014-2015 y el comienzo del ciclo electoral 2019-2020, el país vive la posibilidad de culminar un proceso de recambio generacional, o recambio de figuras. Pero más allá de eso, es la primera vez que hay dudas sobre la geometría electoral de los partidos y de la arquitectura interna de los partidos.

Desde 1971 o desde 1989 (ya sea el nacimiento del Frente Amplio o de aquella primera experiencia de un Nuevo Espacio) es también la primera vez que existen en el horizonte proyectos de macro alianzas de partidos a nivel nacional, que se concretarán o no, pero están en el horizonte. Se está ante un puzzle, ante un "arme las piezas y vea todas las combinaciones posibles".

Como lo más estable externa e internamente aparece el Partido Nacional, bien posicionado como uno de los dos favoritos hacia el balotaje y con una estructura interna similar -quizás con algún cambio- a la de las tres elecciones precedentes.

Y casi las mismas figuras liderales: Lacalle Herrera en dos instancias sucedido en las dos siguientes (contada la próxima) por Lacalle Pou, siempre versus Larrañaga (en las cuatro). El cambio sin duda puede ser la eventual candidatura presidencial de Véronica Alonso.

En lo externo el Partido Nacional camina hacia una elección binaria, lo que crea enormes dificultades al resto de la oposición. Su primera tarea es, precisamente, romper la lógica binaria; presentar un panorama de al menos tres grandes actores; o quizás, un escenario de un partido fuerte en el oficialismo y dos actores en competencia real en la oposición, con alguna incertidumbre sobre cuál de los dos podría primar entre ambos.

De las cuatro elecciones habidas con el nuevo sistema de elección presidencial, solamente en la primera de ellas (1999) hubo una competencia que sugería dudas sobre cuál iba a resultar el desafiante de Tabaré Vázquez.

La realidad fue diferente al imaginario, ya que el Partido Colorado -en una de las pocas elecciones en su historia que obtuvo el segundo lugar- registró una vez y media más votos los votos del Partido Nacional (una distancia de once puntos porcentuales).

Y en las tres elecciones siguientes (2004, 2009, 2014), el esquema resultó binario, sin que pudiesen operar los intentos de resquebrajarlo. Es precisamente en la ruptura del imaginario binario donde le va la vida tanto al Partido de la Gente como al Partido Colorado.

Es importante también para el Partido Independiente, pero su proyecto no se agota con el resultado de las próximas elecciones y más bien se centra en la creación de un espacio de centro a centro izquierda, de tinte socialdemócrata, que abra un camino diferente a la izquierda frenteamplista de un lado y a los partidos tradicionales del otro.

Le es más importante la construcción del proyecto propio con algún relativo éxito en término de votos y bancas, y en término de captación de figuras de origen frenteamplista, que la real expectativa de disputar el gobierno en 2019. De alguna manera – como dicen los comentaristas deportivos- depende más de sí mismo y de su área de captura, que del juego de los demás.

Pero el Partido Colorado no solo tiene que buscar romper la lógica binaria. Primero que todo tiene que demostrar capacidad de recuperación y debe armar las piezas internas, en un momento de mucho juego interno, con muchas nombres en disputa y muchos sectores en proceso de armado, rearmado y ruptura.

En el diseño estratégico externo el Frente Amplio no tiene casi problemas: es uno de los polos del dualismo; allí su problema es de magnitud, con dos interrogantes nada menores: cuál es su piso y cuál es su techo, en un rango muy extendido.

Lo que sí tiene por segunda vez, y en forma creciente, es un desafío a su izquierda: Asamblea Popular primero, Unidad Popular popular ahora, no tiene nada para perder y sí para ganar, como receptáculo del descontento por izquierda con el Frente Amplio.

Pero el rearmado interno es el más difícil. Casi todas sus corrientes están en procesos complicados, algunas de ellas inclusive con fractura expuesta. Por primera vez los nombres en danza no son obvios. Cabe recordar que primero fue la obviedad de Seregni y luego la de Tabaré Vázquez.

Y entre la primera y la segunda administración Vázquez, y más allá de la aparición de hasta tres nombres desafiantes que no concretaron en términos de competencia o competitividad real, lo que hubo fue la disputa binaria entre los dos nombres más obvios fuera de Vázquez: Astori y Mujica. Ahora no es entre ellos dos, pero ninguno de los dos está del todo afuera; la competencia puede puede ser entre otros nuevos y alguno de aquéllos, o ambos.

Todo esto marca la calidad de "proceso electoral raro". Entonces, a diferencia de las anteriores, aparecen algunas singularidades en los procesos. Uno, a pesar de todo se mantiene un porcentaje elevado de pertenencia partidaria (muy elevado en términos comparados), especialmente en referencia a la calidad de lo frenteamplista y lo blanco.

Dos, quizás es uno de los momentos en que la relación de pertenencia, o de filiación, no necesariamente se correlaciona en forma plena con el voto: ser frenteamplista no obliga necesariamente a votar al Frente Amplio, ser colorado no implica per se el voto al Partido Colorado.

Tres, el voto a las personas, a los candidatos, en determinados esquemas puede tener un valor mayor que la pertenencia partidaria o inclusive al voto al partido, en una forma quizás no vista antes en el país. Cuatro, todas las inferencias de intención de voto están llenas de condicionantes; quizás es uno de los momentos en que cada porcentaje debe ir acompañado de un conjunto de "if", de diseño del escenario en que ese porcentaje resulta válido; lo cual es valido para el nivel de competencia partidizada como en el nivel de competencia personalizada. l

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