"Esto es como un juego de cartas, cada sujeto viene con el suyo"

En su nuevo libro "Cosas que pasan", el también columnista de Océano FM presenta historias vinculadas a su propia experiencia desde un costado más cercano a lo literario, con influencias como Sacks y Murakami

El nuevo libro de Jorge Bafico encuentra al psicoanalista y escritor más cerca de este segundo título que del primero. Si antes había canalizado su interés por los perfiles de asesinos en Los perros me hablan (editado el año pasado), ahora se muestra en primera persona en historias que lo tienen como protagonista junto a sus pacientes. Clínica, aciertos y errores propios se cruzan en cada una de las historias que, por la cercanía (en algunos pasajes incluso cercana a Nick Hornby) a la música detectable a través de las referencias que propone el escritor, parece de alguna manera un disco, con cada uno de sus tracks con identidad y ritmo propio, aunque enmarcados en un concepto único: el psicoanálisis. Algo de esa proximidad ve el escritor, que conversó con El Observador días después de la presentación oficial de un libro que consigue un ajustado balance entre pulso para la ficción y didáctica.

Una de las características más notorias de Cosas que pasan es la presencia de la música, mucha de ella local, que se cuela en los capítulos. ¿Cómo se genera esto?
Creo que es algo que tengo muy de (Haruki) Murakami, que es uno de mis escritores preferidos. Murakami incluye mucho a la música en sus historias. En su libro De qué hablo cuando hablo de correr escribe de un disco de Eric Clapton, Reptile, que es el que escucha para correr. Cuando yo corro me acompaña Trotsky Vengarán, Buitres, The Killers, La Trampa, Regina Spektor... De alguna forma me llega mucho la música y me colgué corriendo. Estos dos gustos se fueron uniendo y ahora la música está muy cerca de lo que escribo.

Es un libro con un perfil muy “de escritor”, pero se reserva espacios para explicar algunos términos clínicos como las patologías... ¿Cuesta el balance?
La idea era mostrarme más humano, porque esto no era para nada un libro técnico. Quería poder transmitir lo difícil que es comunicar la clínica. A mí me fascina Oliver Sacks, que de hecho es un amante de la música y tiene un libro que habla de patologías que produce la música. Musicofilia es el nombre de ese libro. Pero lo de Sacks me atrapa porque es capaz de llevar al público temas neurológicos. Desde mi primer libro hablé de él, pero ahora siento, después de seis años, que me estoy acercando más a lo que quiero hacer con mis libros, que es esto: tratar de mostrarte una patología –un síndrome de Tourette, un tumor cerebral, una psicosis– y explicártela mejor a través de las historias.

¿Cómo fue apareciendo el tono en el que escribe?
Creo que era un objetivo soltarme. Mi editor, cuando estaba comenzando, me dijo: “Este libro sería fantástico si vos te soltaras realmente y le perdieras el miedo a tus colegas”. Creo que tenía razón; me costó muchos años entender que tenía que perder ese miedo. Pero también fue decisivo trabajar con Ana Laura Lissardy. Su rol fue similar al del productor de un disco: potenciar los matices. Me parece que ella hizo eso: que me soltara más, que no tuviera miedo a mostrarme. Creo que eso tiene que ver con un estilo mío, en el que me siento bastante cómodo.

El libro está hecho a partir de historias de gente que estuvo sentada aquí, en su consultorio. ¿Cómo se relaciona con ellos en el libro en modo escritor, ahora que pasan al libro?
Bien, porque son personajes que parten de la realidad, si bien luego se les integra la ficción. Son pacientes con los que trabajé hace muchos años y que ya son otros. Son pacientes que me marcaron por sus procesos, mis intervenciones, incluso mis errores. Quería que la gente leyera también sobre los errores que yo cometo. Todos me dejaron enseñanzas. Todos dejaron una impronta importante en mí.

En muchos casos los pacientes ni siquiera mejoraron del todo, algo que en las historias queda claro.
Ese era otro mensaje importante. Algunos pacientes no cierran porque la clínica no necesariamente cierra. Algunos avanzan hasta determinados lugares y hacen movimientos, pero no es que “se curan” del todo. Esto también tiene que poder decirse: que la estructura de una personalidad le permite llegar a cierto lugar. Que un sujeto psicótico pueda comportarse como un fóbico, alguien que erra en la vida (en el sentido de errancia, no de errar), es un avance. Va a seguir siendo psicótico, pero dentro de su estructura, se va a poder mover mucho mejor. Siempre digo que esto es como un juego de cartas. Cada sujeto viene con el suyo propio. Lo que podemos hacer es enseñar al sujeto a jugar, a ganar, con esas cartas que tiene, que no pueden cambiarse. Ojalá pudiéramos cambiarlas. Es como adaptar un fitito a Fórmula 1 o un Fórmula 1 a calle. Se le pueden hacer mejoras, pero no cambiarlos del todo.

¿No hay una tarea detectivesca a la hora de acometer cada terapia? Ese parece ser su lugar en varias historias.
Es que cada sujeto viene con un enigma. Un psicoanalista, entonces, es de alguna manera un investigador. Que ayuda al sujeto a encontrar su lugar. Importa a dónde vaya el sujeto, y que encuentre su propio camino, más allá de que uno esté de acuerdo o no como persona, cosa que queda por fuera del psicoanalista.

¿Será ese lugar que toma otro de los puntos de atracción para el lector? El libro ya está entre los más vendidos...
A los libros anteriores les fue bien. Con Los perros me hablan hubo una casualidad que fue que el libro salió en noviembre pasado y meses después sucede lo de los enfermeros asesinos y me volví una especie de referencia de consulta sobre el tema. De ahí que le fuera mejor. En este caso, creo que la gente se siente muy identificada con las historias y por eso a lo mejor el libro se lleva más. Es mi quinto libro solo y tengo una editorial fuerte atrás (Aguilar), cosa que también juega, como también mi visibilidad por el espacio en radio en Océano. El tiempo dirá si el libro vale como para no ser una especie de novedad pasajera. l


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