Garzón y la puerta que se abre

No hay, no hubo y no se si habrá en Uruguay una bodega como la que se bautizó semanas atrás en Maldonado


Pasaron ya varios días de la inauguración de la bodega Garzón, uno de los hechos más importantes para la industria vitícola uruguaya de los últimos tiempos. Y si de todos modos decidí escribir sobre este tema ahora, una vez que la noticia ya fue ampliamente difundida, es para dar argumentos que sustenten esa afirmación.


Intentaré explicarme, sobre todo para el lector suspicaz que suele sospechar de un elogio como este. La gran inversion de U$S 85 millones busca, claro está, sumarse al catálogo de negocios que el magnate petrolero argentino Alejandro Bulgheroni tiene en otras partes del mundo. Sin embargo también le abre una puerta bien intresante a la industria vitivinícola uruguaya, muy castigada en los últimos años.


No hay, no hubo y no se si habrá una bodega como la que se bautizó semanas atrás en Maldonado, y que desde hace un par de años esta presente en el mercado nacional y en el exterior con un buen Tannat y una línea muy interesante de blancos. La tecnología, el concepto y la apuesta de esa empresa pueden perfectamente servir de palanca para otros en Uruguay que, si bien no tienen esa billetera, ven cómo sigue habiendo gente que apuesta por el vino.
Una empresa con esa potencia comercial le sirve al vino uruguayo para posicionarlo en los mercados. Se me podrá decir con razón que el vino nacional tiene una penetración asombrosa en el mundo si se tiene en cuenta la inversión en promoción o la feroz competencia. También es justo mencionar el desempeño de bodegas cuyos vinos logran medallas en concursos, aunque eso más bien sirve para sacar lustre.


En Chile, están los bodegueros que aman a Concha y Toro y los que la odian. Estos últimos manejan varios argumentos, uno de los cuales apunta a la estrategia de estandarización del producto (con los peligros que ello conlleva) para comercializarlo en cada rincón del mundo. Los otros aceptan la observación de los detractores pero rescatan que esa megaempresa (tiene tantas hectaresas de viñedo como todo Uruguay) haya contribuído con mucha fuerza para que hoy se identifique al vino chileno como muy bueno en todas partes. Así, ellos van atrás con su producto -que es de calidad- habiéndose allanado un poco el camino.


Esta claro que Garzón no va a cumplir ese rol en Uruguay, porque otras son las realidades de los países y la estrategia de la empresa en cuestión. Pero perfectamente la irrupción de esta nueva bodega puede servir de motor para que el vino nacional tome el vuelo que necesita y se merece. 

He visto con pena críticas hacia ese emprendimiento de parte de bodegueros que no viene al caso mencionar. Espero que este razonamiento lineal que intento transmitir sea compartido por la mayoría de los actores de la industria y que las posibles consecuencias generen cosas positivas para el vino uruguayo.


Por otra parte, la llegada de Garzón es fiel reflejo del fenómeno de concentración que, aunque a paso lento, se viene dando en las áreas de producción. Sabido es que cada año se cierran bodegas en este país, sobre todo pequeñas y familiares. Eso lo confirma la estadística oficial, la cual indica que hay cada vez más campos con más de 50 hectareas de viñedo, y cada vez menos de los pequeños, con 5 o menos hectáreas para producir uva con destino a vinificación.
Sea como fuere, lo lindo de todo esto se mide en la simplicidad de una copa de vino. Por más inversión que haya, la tierra y la mano de un buen enólogo pueden contra los millones. Pero si los millones andan en la vuelta aunque sea en manos privadas y bajo el interés personal de un empresario, algo positivo puede suceder.

 

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