Gustavo Espinosa: "La educación pública es un monumento en ruinas"

El escritor residente en Treinta y Tres, Gustavo Espinosa, estuvo de visita en Montevideo para promocionar su última novela, Todo termina aquí, editada por Hum
Gustavo Espinosa tiene 54 años, es escritor y profesor de literatura en el liceo N°1 de Treinta y Tres. Tiene en su haber un Premio Nacional de Literatura y un Bartolomé Hidalgo en narrativa. Además es músico, aunque afirma que la palabra le queda grande. Su lugar preferido en el mundo es Punta Arenas, donde termina América del Sur, pero dice que le gustaría conocer Córdoba, en España, para ver todo lo que vio Góngora, uno de sus héroes literarios. Está en pareja, tiene un hijo y una nieta, y como buen uruguayo, nunca le dice que no a un buen asado. Actualmente trabaja en un libro de poesía. Para saber más, El Observador conversó con él.

Sus novelas se sitúan en Treinta y Tres, las últimas dos en la época de la dictadura. ¿No se puede escapar del pago y del pasado?
Mi primera novela, China es un frasco de fetos, que es un libro casi secreto porque ha tenido problemas de distribución, se desarrolla en un lugar del interior, pero no se nombra Treinta y Tres o Uruguay. En las otras sí. Mucha gente me dice que ya es hora huir de allí. Por otra parte, creo que aquella consigna de 1983, "Nunca más dictadura", debería aplicarla yo también a mis libros. Pero es una cosa que vuelve. Quizá no puedo escapar del pasado y del pago porque los protocolos del realismo me han elegido sin que yo los buscara, me han atrapado. O tal vez es por haraganería: uno escribe de lo que tiene alrededor. Y yo, por ahora, tengo Treinta y Tres.

¿Comparte que sus personajes sienten más que razonan?
Bueno, puede ser. Pero, por ejemplo, está el caso de mi novela Carlota podrida, que tiene una trama medio rocambolesca y se intercalan en la narración una serie de textos de neto corte ensayístico. En Las arañas de Marte y en Todo termina aquí, también hay cierta reflexión metaliteraria.

¿Es un narrador o un poeta?
Poeta narrador es lo que quisiera ser. Para mí no se justifica la escritura si no hay un impulso poético, si no hay una opacidad poética en la textura de la narración. Dicho de un modo más analógico: poner una palabra junto a la otra y ver que chispa salta, que ruido hace. Quizá ahí está la proximidad con la verdad, que siempre es oblicua. Y además, creo que todos los que nacimos en el siglo XX somos borgianos, estamos influidos por su prédica y su práctica, y él era un fundamentalista de lo fantástico. Por eso intento que cada línea tenga su valencia poética.

En las últimas dos novelas hay un triángulo amoroso. ¿Por qué esa recurrencia?
No lo había notado. La verdad, no sé por qué están esos dos triángulos amorosos. Puede ser porque me interesa tener un buen móvil para las zonas de necrosis de la escritura. Y para eso me valgo de la fascinación que puede provocar un personaje femenino en los masculinos.

Las mujeres de sus libros son singulares: despiertan gran pasión en los hombres, suelen ser pobres, ignorantes y tienen un corazón enorme. ¿Qué papel juegan en su literatura?
Muy importante, central. En el blues (y es políticamente incorrecto decirlo pero para eso estamos) parecería que las cantantes que mejor irradian son aquellas que uno tiene la sospecha de que no saben qué están cantando. Es como que están emitiendo algo que es infinitamente más profundo y superior que ellas mismas. Quizás por eso, esa cuestión un poco difusa u oscura de la mujer, que puede nombrarse también con algo tan prestigioso como el misterio, puede tener su correlato más trivial en que son ignorantes. También está lo que decía Aristóteles: "Aquello que nos provoca horror en la realidad, nos fascina en el arte".

Sus personajes siempre van contra el sistema y son excéntricos. ¿No le interesa el hombre común?
Si usamos categorías marxistas creo que estadísticamente está verificado que el lumpen, en su indeterminación, tiene más para ofrecer artísticamente que otros tipos como el proletario o el burgués. Tiene otro espesor. El mundo del blues es también un reflejo del mundo lumpen. O figuras de la cultura de masas como Elvis Presley o Carlos Gardel. Ellos no podrían haber surgido dentro de una retícula social más formateada.

Siempre hay música en sus libros...
Creo que siempre nos atrae aquella disciplina en la que somos amateurs o torpes. Yo soy un músico muy mediocre y quizás por eso la música me interesa más que la literatura. Además creo que desde hace décadas vivimos con banda de sonido. Leí hace poco unas memorias de Serafín J. García, donde contaba que él tenía memoria de la primera vez que escucho música. Según Borges, Schopenhauer sostenía que todas las artes tienden a la música porque es forma pura.

Usted inserta siempre el humor en medio de situaciones dramáticas. ¿A qué se debe?
En Todo termina aquí, sobre todo, hay un juego deliberado con el humor. Porque en un momento determinado me di cuenta que lo que estaba escribiendo tenía un contenido melodramático muy pesado. Yo defino el melodrama como eso a donde ha ido a parar la búsqueda de lo sublime, de lo trascendente, en nuestra civilización. En la novela hay una mujer hermosa que se muere y hay un tuberculoso, la cosa más melodramática del mundo. Para atenuar, uso el humor.

El horror de la miseria subyace en sus textos pero no en primer plano...
Arranco con otra cita de Borges, que decía que en el Corán no hay un solo camello. Lo decía en el sentido que no hay que exagerar con el color local, porque se nota la falsedad del texto. Yo creo que acá en Uruguay la sordidez, mal que nos pese, es nuestro ambiente. Entonces no hay que abusar del realismo socialista en su representación demasiado meticulosa.

¿Tres libros para llevarse a la isla?
La invención de Morel, de Bioy Casares. Las obras completas de Góngora. Y el tercero dudaría entre una edición que trae cinco grandes tragedias de Shakespeare o la Divina Comedia, de Dante Alighieri.

¿Cómo ve la educación pública uruguaya?
Tengo una visión absolutamente apocalíptica. Ya se ha vuelto imposible argumentar con cierta expectativa. Lo único que nos fluye son discursos signados por lo emotivo. O elegías de la educación que tuvimos o invectivas acerca de a la educación que tenemos. Lo de la elegía creo que queda clarísimo, ya que el próximo Día del Patrimonio el tema es la educación pública. O sea que la educación pública es un monumento en ruinas que visitamos como quien va a un museo.

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Acerca del autor

Andrés Ricciardulli