Historias de copas y mostrador cuando amanece

Tres bares montevideanos de copas a las siete de la mañana: Arizona, Ponte Blanco y El Tío Francisco.

Jueves, siete y media de la mañana. El Chaqueño Palavecino canta una pegajosa canción que suena a todo volumen en los parlantes de El Tío Francisco, un pequeño bar en Colonia y Paraguay, frente al Ministerio de Economía.

Canta Palavecino: “La vecinita del frente insinúa / lo he visto en su forma, lo he visto en su andar / un fuego que todo devora / y sin más demora me quiero quemar”.

En el mostrador dos hombres sesentones toman whisky separados por cinco o seis metros. Uno de ellos lee el diario, el otro tiene la mirada perdida. No se hablan, están duros como una estaca. Ni siquiera mueven el pie al ritmo de la canción, que es como una cumbia folclórica algo decadente.

Los dos parroquianos están de espaldas al Ministerio de Economía, que aún no abrió sus puertas. Lo hará media hora más tarde. El día recién empieza.

 

Viernes, siete y cuarto de la mañana. En la esquina de Rivera y 14 de Julio tres tipos apuran un cigarro y uno de ellos le da pequeños sorbos a un vaso al que todavía le queda algo de whisky. Caminan unos 20 pasos y entran rápido al bar. La puerta se cierra. Desde afuera no se ve mucho: unas viejas cortinas que alguna vez fueron blancas le dan suficiente privacidad al Arizona. Desde la vereda solo se ven algunas luces y, cada vez que la puerta se abre, llega el intenso murmullo.

El bar de copas Arizona está justo frente a una parada de ómnibus y es toda una institución de la zona. Una institución de la noche.

Adentro parece que fuera viernes a las 3 de la mañana pero en la vereda es martes a las 7 y poco. La puerta del Arizona es la frontera entre la noche eterna y la mañana real.

La puerta se vuelve a abrir y sale una treintañera desaliñada que camina zigzagueante y protesta a los gritos porque la sacaron a prepo.

En la parada cinco personas la miramos, pero ella no nos registra. Grita pero no se le entiende mucho. Golpea la puerta a patadas. Al quinto o sexto golpazo sale un hombre cincuentón que la mira de reojo con algo de desprecio y le pide que no joda más.

-¿Por qué me estás haciendo esto? No seas mala, no seas mala –le dice, con voz firme-. No me hagas llamar a la Policía.

La puerta se cierra y la muchacha, que digamos se llama Patricia, vuelve a golpear con fuerza.

Un par de personas salen, la saludan por el nombre de pila y se van.

Ella insulta y patea otra vez contra la puerta hasta que sale un hombre más joven, que parece ser su amigo, y la intenta calmar.

-Estamos en el barrio, estamos en el barrio Patricia. Vamos para casa.

Pero Patricia no quiere saber nada, grita que son todos unos maricones, que ella los conoce bien. Él le vuelve a decir que están en el barrio, que otro día vuelven, que ya está.

La abraza y se la lleva unos metros, siguen discutiendo pero al rato se cansa y entra al boliche. Y ella se queda ahí sola, golpeando la puerta. En la parada, dos señoras la miran con cara de verdadero terror.

En el fondo yo también tengo un poco de miedo.  Debe haber pocas cosas más decadentes que estar bien fresco y ver de cerca cómo se mueve, actúa y reacciona una persona que no está en sus cabales.

Allá viene el 468, por suerte.

 

Lunes, siete y diez de la mañana. En la vereda del Ponte Blanco, un bar de copas en Soriano y Aquiles Lanza, hay un carrito lleno de basura.

El dueño del carrito está adentro del bar, tomando una.

-Lo que pasa, Carlos, es que a mí por clasificar no me pagan –dice Milton, acodado en la barra. Se lleva el vaso a la boca y sonríe. Es un hombre algo encorvado, con olor ligeramente avinagrado y cara arrugada. Usa una campera de esas que son de tela como de frazada, que le queda grande. Parece unos 60 años de edad pero quizás tenga menos

Carlos le hace que sí con la cabeza desde una mesa cercana, donde arriba hay un vaso de whisky y otro de agua. Se para, toma el suplemento deportivo y se sorprende con la noticia del gol de Luis Suarez contra el Real Madrid. Comenta algo pero nadie le sigue la corriente.

Más al fondo hay un hombre alto y de gorro que toma un café bien negro y tiene mirada triste.

El salón del Ponte Blanco se oscurece a medida que uno avanza. Hay varios tubo luz en el techo pero están apagados. Y hay máquinas tragamonedas, que también están apagadas.

Detrás de la barra hay un cuadro que dice Castilla y León y lleva un dibujo de una puerta que parece de estilo andaluz. El dueño del Ponte Blanco es un español canoso y menudo, que camina de un lado para el otro como nervioso mientras toma leche. Tiene mucho acento, parece que hubiera llegado ayer a Montevideo.

Milton sigue hablando de reciclaje cuando entra Hugo al bar.

-¿Qué hacés, Hugo? –le preguntan. Él da la mano uno por un uno y luego se acerca al mostrador. No pide nada pero todos ya saben qué va a tomar. Le sirven vino clarete de una botella de plástico, que está a medio llenar.

Hugo agarra el vaso y, como cada día, camina bien lento hasta el fondo del bar.


Comentarios

Acerca del autor