"¿Hola? Habla Batlle"

Llamaba a cualquier hora para hablar de Borges, de la segunda guerra o de esa noticia de último momento

Últimamente llamaba por teléfono a cualquier hora y para hablar de cualquier cosa. "Hola, habla Batllle. ¿Qué cuenta? Dígame una cosa...", interrogaba el expresidente pero en realidad no le interesaba demasiado conocer la opinión del periodista. Sólo quería monologar sobre cuestiones que empezaban con la reciente declaración de un diputado y terminaban sumergidas en un submarino de la segunda guerra mundial.

Jorge Batlle era categórico y casi no admitía réplicas. Acaso algún comentario al margen de su interlocutor que le daba pie para seguir hablando. "Escuche, ese tipo es muy, muy burro. Es infinitamente burro", opinaba de algún colega. O elogiaba a otro porque "escuche, el tipo de eso sabe ¿o me va a decir que no?", preguntaba sin esperar respuesta. Si uno coincidía celebraba con un "está clavado" y largaba la carcajada. Una carcajada larga y fuerte como de científico loco.

Cuando era presidente, a veces se quedaba a charlar un rato con los periodistas a la salida del edificio Libertad pero no admitía ninguna conversación mano a mano. "No, qué fuentes ni fuentes. Ponga que yo digo que...", y largaba la parrafada en voz bien alta para que lo escucharan en varios metros a la redonda. Opinaba de todo. De genética –uno lo escuchaba y le parecía que sabía mucho– y de música –uno se daba cuenta de que andaba flojo de oído–.

Era incapaz de llamar o de hacer llamar a un medio de comunicación para que no saliera alguna noticia que lo perjudicaba.

Cuando dejó la Presidencia pudo volver a dedicarle más tiempo a la lectura. Leía mucho y le encantaban Felisberto Hernández y Jorge Luis Borges, y eso propiciaba el diálogo.

Le encantaba esta anécdota que no se sabía si era cierta o si la había inventado: "Felisberto decía que era vegetariano y un día un amigo lo encontró comiéndose un asado bien jugoso.

-Pero, Felisberto, ¿vos no sos vegetariano?, le preguntó.

-También, le contestó Felisberto"

Y otra vez lanzaba una carcajada que parecía no tener final.

"Sí, habla Batlle. ¿Lo desperté? Qué tormenta, se vuela todo. Escuche, ¿sabe lo que estoy leyendo? Ah, ¿nunca lo leyó? Ah, no, es una maravilla", empezaba diseccionando a un autor francés y terminaba comentando que había estado 15 días en París al precio de lo que costaba una semana en Punta del Este.

Le encantaban las carreras de caballos y mojar el pan en el jugo de la ensalada de lechuga y tomate.

Dicen que en los últimos minutos de conciencia también se estuvo riendo y que sus palabras finales fueron para un amigo. "Flaco, mirá que hermosa noche", dijo Batlle a sus 88 años. Y enseguida se fue. Para qué más.


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