Julian Casablancas: sobre un hombre de dos caras o los límites de un personaje

¿Frívolo? Tyranny, el nuevo disco del cantante de los Strokes, es una exasperante prueba de resistencia y a la vez un trabajo lleno de contenido que le abre un nuevo rumbo artístico. No es poco.

Desde los inicios de The Strokes, Julian Casablancas tuvo un problema con la popularidad. Es cierto: no fueron ellos quienes se autoadjudicaron el mote de "la nueva gran cosa" que les asignó la prensa británica sedienta de rock de guitarras tras los años del nü metal allá por 2001, cuando de la noche a la mañana pasaron a ser la banda que devolvería a Nueva York -su ciudad- el estado de ánimo tras los atentados de las Torres Gemelas. Aquello fue dicho nada menos que por la revista Rolling Stone. Lo cierto es que los Strokes encadenaron dos grandes discos, los recordados Is this it y Room on Fire que proyectaban una imagen que iba del hedonismo a la superficialidad y el nihilismo punk. Todo en un envase insoportablemente pop rock y a tono con la estética "retro" que en ese entonces empezaba a dominarlo todo. Esos dos grandes discos de rock, probablemente el último grito actual de un género que hoy dentro del mainstream no pasa de buenas regurjitaciones y ejercicios de estilo aceptables, fueron enteramente compuestos por Casablancas, un tipo que en las entrevistas parecía tener incluso menos para decir que lo que cantaba en esos trabajos.

Sin embargo, en ese rock garagero en sintonía con los años 60 y en esa noción de modernidad que rezumaban los Strokes y su ropa usada carísima comprada en Manhattan, había varios puntos de contacto posibles si tenías alrededor de 20 años. Para empezar, The Strokes fue un lugar de refugio para mucha gente harta de las oleadas post Nirvana que hacía años olían a rancio, por no hablar de la resaca del Britpop, un género que había empezado a estancarse tras los primeros cortocircuitos en Blur, la desaparición de Pulp y el apogeo de Oasis. The Strokes, con un más que interesante y desprolijo tratamiento de influencias evidentes como Velvet Underground o The Cars, eran otra cosa: devolvieron la vida al rock de guitarras más tradicional, impusieron un sonido propio e identificable y de algún modo despertaron una enorme oleada de artistas que han continuado llevando al género hasta nuevas orillas: sin ellos, por ejemplo, sería impensado pensar en unos Arctic Monkeys. Se podría incluso decir que los Strokes dieron pie a que se inaugurara la noción de música indie como se la conoce hoy en día, algo que definitivamente no es culpa suya: en el torpe empeño de su banda por hacer una especie de Velvet con algún costado más pop, alguien confundió los términos y la industria aprovechó la coincidencia: había gente para escucharlos. 

A través de The Strokes, Casablancas mostraba algunas obsesiones y contradicciones que irían siendo una marca dentro de su música. Sus letras hablan de progresos personales que no terminan de suceder, dinámicas entre chicos y chicas en las que nunca se sabe quién gana, de la insoportable tendencia a la nostalgia permanente porque lo pasado fue mejor o sobre cómo el trabajo y otras cuestiones de la "adultez" alejan del impulso creativo en un accionar inevitable que conduce al nihilismo. La música de The Strokes parece por momentos rock en ansiolíticos, un continuo y confortable loop de inercia desesperanzada ("el final no tiene final", cantaba Casablancas por aquellos días, sin que nada sonara demasiado dramático). Parte de ese tono es visible precisamente en Soma, una canción con obvias referencias al mágico medicamento del profético libro Un mundo feliz, de Aldous Huxley, hoy vuelto pastilla de receta verde con otras marcas:

Es por lo menos discutible que tras sus dos primeros discos los Strokes se convirtieron en una banda mediocre: tanto el First Impressions of earth de 2005 como el disco de retorno Angles, de 2011 tienen momentos de brillantez aunque no un contexto de industria desesperado por un nuevo sonido rockero. Sí que podría decirse que conforme las carreras solistas de sus integrantes se fueron consolidando (Albert Hammond Jr. ha dejado varios discos solistas disfrutables y el baterista Fabrizio Moretti ha generado proyectos como Little Joy), el sonido de la banda dejó de ser una prioridad para sus músicos. Casablancas apareció en 2010 con Phrazes for the young, su primer disco solista, cargado de sintentizadores y dispuesto a explotar los dos terrenos en los que se siente más cómodo: hablarle a la gente de su edad o un poco más chica (los adolescentes son el tema principal de esas nuevas canciones) y utilizar conceptos estéticos de los años 80 y 90, tanto en la música como en lo visual: videojuegos retro, tv basura, ciencia ficción rancia y sonidos que hacen creer a uno que está dentro de una versión mejorada de una vieja maquinita de balneario. Es un estilo que ya mostraban los videos de The Strokes, solo que en el caso de este disco, profundizado aún más desde lo visual.

Tras el también apáticamente recibido Comedown Machine, un exquisito último disco de los Strokes en el que amplían su trabajo a partir de abrevar en el sonido de clásicas influencias suyas como The Cars, Casablancas presentó Tyranny a finales del año pasado. No es exactamente un disco solista, pero casi: lo acompaña un combo de sesionistas amigos llamado The Voidz, que también firma el trabajo con él. Y si bien no puede decirse que este nueva música no tiene nada que ver con los anteriores trabajos de Casablancas, sí se puede afirmar que ha llevado al extremo todos sus recursos e influencias clásicos, todo en un extremo que para quien escucha puede ser insoportable y más bien alejado de la veta pop del cantante neoyorquino.

A primera escucha, Tyranny parece el típico experimento de música anti popular de un señor que no ha hecho más que cimentar su carrera en base a buenas canciones pop. Por lo general, estos experimentos fracasan. Veremos aquí por qué este no es el caso.

Tyranny recuerda en muy, muy pequeñas gotas al sonido de The Strokes o, si acaso, a la sutil pulsión bailable de algunas canciones de Phrazes for the young. Eso sí, en un envase mucho más complicado. Luego de escuchado una vez, la pregunta asalta: ¿acaso Casablancas acaba de caer en la trampa del artista que quiere hacerse el rupturista con un disco inescuchable? Porque Tyranny es probablemente el disco pop rock más exasperante que se haya editado en los últimos diez años. Lo tiene todo: un single de 11 minutos (?), extensos pasajes de instrumentos que chirrían, arreglos que pasan de delicadezas melódicas a estrangulados pedazos de música, sintetizadores inquietantes de fondo y voces que chillan mientras van y vienen en la mezcla. En particular por momentos es insoportable la propia voz suya (esto también es algo nuevo), que pasa del fraseo apático al grito en apenas segundos, por momentos en una ciclotimia que sintoniza con los vaivenes sonoros. Alguna influencia puede listarse: quizá aparezca por momentos el thrash metal o recursos del estilo de bandas como Black Flag, ese grupo al que sigue quedando bien copiar cuando los integrantes de una banda intentan ocultar su falta de cretividad. Las sesiones de fotos tampoco ayudan: Casablancas y los Voidz parecen un grupo de "rotos" que intentan añadir pose de actitud rock a una masa musical informe en la que se le han mezclado todos los ingredientes casi que en forma aleatoria. Debe ser aún más desesperante escuchar en vivo todo ese entrevero de ruidos en el cual la voz es inaudible en casi todas las canciones, algo en lo que si Casablancas no miente (hace poco dijo que para él, la voz se escucha perfecto) hay un fallo por parte de autor y productor. No llama la atención: las bandas del sello de Casablancas llamado Cult comparten -sobre todo en vivo- esta característica de ser por lo menos muy exigentes en volumen y agresión para cualquier oído, al filo del punk más corrosivo.

En esa tormenta ciclotímica de rock también lo acompañan las referencias "retro", que vuelven a aparecerse en todo el espectro estético de este disco:

Hasta aquí, cosas que pueden descubrirse "a primera vista". Pero otras se van apareciendo a lo largo del disco si uno se permite escucharlo y va más allá de las primeras sensaciones, que a veces -es cierto- son todas las que alguien puede permitirse.    

Entre esa cacofonía pop, Casablancas va desde lo que podría etiquetarse como "comentario social" -"este es un disco sobre la moralidad en general", aseguró hace un tiempo- a la reflexión personal. En el plano más social contemporáneo, el título del trabajo define el momento en el que suceden todas las situaciones y sensaciones que Casablancas narra en el disco: "Hoy creo que la tiranía se redefinió como concepto pero sigue existiendo: muchas de las decisiones que se toman parecen tomadas por un rey medieval. Lo que sea que genere ganancia sin importar que ignoremos y reprimamos la verdad aunque esto produzca más sufrimiento. Y me refiero con esto también a la música pop".

En ese escenario de oscuridad global que ve el artista, Casablancas expone un costado emocional y más persona en Human sadness, una suerte de balada en la que se cruzan su imagen de sí mismo como hijo de un padre ausente (el recientemente fallecido y dueño de Elite Models, John Casablancas) y ahora como hombre a cargo de un niño (fue padre hace algunos años). Amor y odio, comodidad e incomodidad se cruzan en el mensaje de un hombre que fue un niño roto y al que lo aterroriza la idea de que su hijo lo vea igual que como él vio a su padre. "Entender es más importante que amar", dice uno de los versos de esta canción insignia del álbum, concepto que reafirma en el estribillo: “Dentro de nuestras ideas de lo bueno y lo malo hay un terreno común. Te voy a encontrar ahí”, parece cantarle a su progenitor.

Para cuando pasamos ese tema, el disco parece intentar su propio Metal machine music, esa suerte de obra insoportablemente molesta que marcó la carrera de su admirado Lou Reed. Si bien el también neoyorquino Reed no lo reconoció explícitamente, hay algo de ese espíritu suyo cuando Casablancas canta en la primera canción del disco: "Esto no es para todo el mundo, esto no es para nadie"

Pero también hay que decir que en cuanto a lo musical, conforme pasan las canciones se cuelan ritmos turcos y e incluso bailables entre toda la maroma de recursos que se apretan en muchas de las canciones. Si se escucha todo más de una vez, esa masa informe va teniendo sentido e incñuso destaca el particular uso que Casablancas le da al autotune en alguna de las canciones. 

Quizá el pico musical mejor resuelto de todo el trabajo sea el video de Where no eagles fly, donde se conjuga todo lo que estéticamente lo define en esa especie de plano retro-futurista dominado por un bajo a lo Joy Division. Por ahí también pueden verse los pocos momentos que recuerdan su andar con The Strokes, siempre atenuados por una pátina de ruido por encima o por cambios de ritmo. En ese punto, los Voidz son una locomotora con Casablancas gritando: “planeamos todo antes de dormir pero seguimos órdenes todo el día”.
 

El hecho de que Tyranny sea una especie de puzzle en sí mismo, de que volver a escuchar en serio el disco varias veces genere varios dolores de cabeza y que al mismo tiempo uno se pregunte por qué vuelve a esas canciones deja entrever que en este trabajo musical hay mucho más para descubrir que lo que la ambugüedad de la persona pública de Casablancas se empeña en ocultar, que lo que el packaging de "nenes chetos haciendo rock que en breve aparecerán en publicidades de moda" parece mostrar. Esa, precisamente, es la sensación que salva a este nuevo disco. En años en los que el rock no tiene prácticamente nada nuevo para mostrarle al mundo, que uno de sus últimos referentes contemporáneos busque trabajarse caminos más diversos y complejos para su estética es lo que volverá a Tyranny un disco esencial en su carrera si podemos ir más allá de pedir a la música que simplemente nos haga sentir cómodos. Casablancas sigue y seguirá corriendo el riesgo de ser un "viejo choto" dentro de unos pocos años. Lo que seguramente no esperábamos era que se expusiera como lo viene haciendo. De algún modo también era esperable: son este tipo de cosas las que explican que los Strokes y Casablancas, con todo lo suyo, hayan sido los disperadores de esa pequeña ola de rock garagero que dejó su marca. Es difícil que en esa camada del rock de los años 2000 haya algún otro artista con las inquietudes de un tipo al que solo la imagen y las estupideces que dice en las entrevistas le juega en contra. Y para canciones previsibles y solo "lindas" ya están las que puede hacer con Daft Punk


Comentarios

Acerca del autor