La actitud conservadora que muestra Francia ante el burkini

El Estado galo debe comprometerse con el combate al prejuicio contra los musulmanes
Roger Cohen
© 2016 New York Times News Service

En 2004, una mujer australiana de ascendencia libanesa, Aheda Zanetti, descubrió un nicho de mercado. Afligida al ver a su joven sobrina tratando de jugar netball en una estorbosa combinación de hijab y uniforme deportivo, decidió diseñar algo adecuado para las sensibilidades musulmanas que combinara la modestia y la practicidad. Poco después, hizo lo mismo para las mujeres musulmanas que querían nadar en las playas de Sídney; pero no en bikinis.

Fundó una compañía, Ahiida, para producir las nuevas prendas, que incluían el hijood –una síntesis de hijab y capucha– y el burkini, una amalgama de la burqa y el bikini. En 2006, Zanetti registró como marca los nombres burkini y burqini en Australia y otras partes. El traje de baño –una prenda de dos piezas, de cuerpo completo y que cubre la cabeza – despegó. Para muchas mujeres musulmanas, el burkini resolvió un dilema de playa.

Adelantémonos una docena de años a través de un periodo de creciente tensión entre el islamismo y Occidente hasta Cannes en la Costa Azul francesa, donde el alcalde prohibió recientemente el uso de los burkinis. Cannes está a solo 24 kilómetros de Niza, el sitio de un ataque terrorista en julio en el cual un hombre leal al Estado Islámico condujo un camión contra una multitud festiva, matando a 86 personas.

La ordenanza del alcalde de Cannes, David Lisnard, decía: "El atuendo de playa que ostensiblemente muestra una afiliación religiosa, mientras Francia y lugares de oración son el blanco de actos terroristas, probablemente creará riesgos para el orden público".

La posición de Lisnard –adoptada por las autoridades en varias ciudades turísticas más– ha sido respaldada por Manuel Valls, el primer ministro francés. Este dijo recientemente al periódico La Provence que "el burkini no es una nueva variedad de traje de baño, una moda. Es la expresión de un proyecto político, una contrasociedad, basada notablemente en la esclavitud de las mujeres".

Valls dijo que "si queremos construir un islamismo de Francia compatible con nuestros valores, nuestras libertades y la igualdad entre hombres y mujeres, entonces el islamismo debe, como han hecho otras religiones, aceptar la discreción en la manifestación de sus convicciones religiosas".

Añadió: "En este periodo muy particular en que sufrimos de ataques terroristas en nombre del islamismo delincuente, todos los ciudadanos deben asumir sus responsabilidades". Varios factores han convertido a Francia en el epicentro de choque entre el islamismo extremista y las sociedades occidentales. Incluyen la presencia de la comunidad musulmana más grande de Europa Occidental, la participación francesa en los conflictos desde Medio Oriente hasta Mali, las tensiones que se derivan del accidentado pasado colonial de Francia (notablemente en Argelia) y, quizá más que todo, la firme doctrina de laïcité, o laicismo, de la República, diseñada para incluir a todas las diferencias étnicas, raciales, religiosas y de otro tipo en la ciudadanía francesa.

Valls dijo que el laicismo no era la negación de la religión, sino la protección del derecho de todos a creer, o no creer. En la práctica, sin embargo, los aproximadamente cinco millones de musulmanes de Francia se han sentido blanco de ataques porque la laïcité se ha traducido principalmente en los últimos tiempos en leyes que prohíben las pañoletas en la cabeza en escuelas estatales y los velos que cubren el rostro en público.

Un par de puntos deben plantearse aquí. Es inaceptable que algunas comunidades musulmanas en Europa disfruten de las libertades de las democracias donde viven sin aceptar la responsabilidad de sostener los valores básicos de esas sociedades. Después de los ataques terroristas cometidos en nombre del islam desde Gran Bretaña y Bélgica hasta Alemania y Francia, no puede ser que los imanes en las mezquitas europeas prediquen el odio contra Occidente o describan la libertad y la igualdad de las mujeres como libertinaje y prostitución. El gobierno francés ha expulsado correctamente a 82 predicadores de esas opiniones que habían estado viviendo en Francia.

Los líderes de las comunidades musulmanas europeas –los muchos musulmanes que han disfrutado del éxito y la integración en Europa– necesitan levantarse un día tras otro y declarar, con voz fuerte y clara, que con los frutos de la libertad vienen las obligaciones de la ciudadanía tolerante. París no se construyó con base en el atraso o el barbarismo o la misoginia. Su luminoso atractivo para toda la humanidad se origina en la Iluminación. El Estado francés, a su vez, como otros Estados, debe comprometerse nuevamente con el combate al prejuicio contra los musulmanes.

Dicho esto, también es inaceptable prohibir el burkini de Zanetti en las playas. Un burkini no es en sí mismo "un proyecto político", "una contrasociedad" o un símbolo de la esclavitud de las mujeres, como argumentó Valls. No, es una opción de vestimenta que refleja una creencia religiosa protegida por la Constitución francesa. Si acaso, es lo contrario al bikini.

A menudo, la decisión de usar uno ha sido impuesta a través de formas de dominación masculina sancionada por ciertas interpretaciones del islamismo y generalizada en sociedades como la de Arabia Saudita, pero, igualmente, podría reflejar la identidad adoptada independientemente por una mujer. Eso no lo deben decidir los funcionarios. Dentro del burkini acechan muchas travesías de mujeres diferentes.

Zanetti dijo a Le Monde que le gustaría hacer una pregunta: "¿Los alcaldes y políticos franceses quieren prohibir el burkini o solo a los musulmanes?". Desde la distante fortaleza de Australia esa es una burla aguda y fácil. La realidad francesa es mucho más difícil, y requiere compromiso, restricción y buen juicio de todas las partes involucradas. l


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