La broma infinita

La muerte de Zygmunt Bauman generó un aumento en las ventas de las obras del filósofo, tal como ellas describen los perfiles del consumidor
La muerte del filósofo polaco Zygmunt Bauman produjo varios efectos en el mundo y también en Uruguay. Millares de mensajes lamentando su deceso inundaron las redes sociales, una ola de testimonios de intelectuales se conmovió con el deceso y centenares de personas (clientes/consumidores) acudieron a las librerías a comprar algunas de sus obras más representativas. Una gran amiga, dueña de la mejor librería de Punta del Este, me dijo hace unos días que Bauman estaba por estos días entre los más vendidos de la temporada. Los perfiles de los clientes varían: jóvenes que van hacia la reverencia, adultos incómodos con el mundo que les legaron, interesados en la posmodernidad y las explicaciones profundas.

Bauman representaba una de las últimas y más sutiles formas de la queja. Posmarxista crítico de los regímenes comunistas (como el polaco, de donde había huido), encontró en una universidad del norte de Inglaterra un refugio donde publicar buena parte de su obra, convirtiéndose en gurú de la generación posmoderna. Las revoluciones sistémicas, escribió Bauman en 2000, cayeron en el olvido porque ya no era tan fácil encontrar los palacios donde reside el poder. Y, si alguna vez se encontraran esos secretos palacios, ¿qué habría que hacer para cumplir con los objetivos que motivaron la revolución?

Si, como expresó Marx, "todo lo sólido se desvanece en el aire", con la sociedad industrial dando paso a nuevas formas de poder, Bauman fue testigo y escriba del derretimiento de las últimas barreras del individuo y de los grupos humanos: las elecciones personales y las colectividades humanas. Las instituciones tradicionales volaron en pedazos: la familia se descuartizó, la clase social se confundió en medio de marasmos, y el vecindario se dividió en celdas compartimentadas con antenas parabólicas. La visión lúcida y desencantada del filósofo, apocalíptica según Eco, funcionó en sus libros como guía para los que entraban en el nuevo milenio achicando el planeta con un par de clics.

Pero a pesar de sus críticas a la sociedad actual, y a las redes sociales, ¿cuánto se adaptan a ese formato las frases cortas y los titulares rimbombantes, acotados por la síntesis, la rapidez y el cambio? La libertad, la emancipación, la velocidad, lo liviano, conformaron las reflexiones de un autor cuyo estilo conciso y sus declaraciones concretas se reprodujeron de manera exponencial en las comunidades virtuales, olas tsunámicas del océano de la liquidez dentro de las nuevas formas de interacción.

En este nuevo paisaje, el consumo es la gran señal de identidad del antiguo ciudadano. Las viejas formas de trabajo, ocio y lazos se fundieron en un nuevo orden dominado por el cambio voluble y otras formas de relación y poder.

La lucha y el malestar de Bauman son hijos de la crisis de la modernidad, que quebró la mayor parte de los parámetros de Occidente hace unos 300 años. La "modernidad líquida" de Bauman tiene dejos premodernos y también antimodernos. Como Marx, Baudelaire, Nietzsche y Simmel, Bauman parece tener un sentimiento de nostalgia hacia un orden y una unidad perdidas.

La muerte a los 91 longevos años de Bauman en la ciudad de Leeds cierra una obra fecunda y provoca una reacción lógica a partir de sus preceptos pero contraproducente con sus críticas. El mesías antiglobal se vuelve trending topic, el creador de metáforas poderosas le otorga "liquidez" a las cajas registradoras, mientras el lector que acaba de comprar su volumen tiene entre sus manos un retrato fiel de la sociedad en la que vive.


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