La competitividad

Columna de opinión publicada en El Observador Agropecuario
Por Luis Romeros Álvarez, especial para El Observador

Ahora que nuestro gobierno se lanzó por fin a firmar tratados de libre comercio (y dejó atrás la tontería de más y mejor Mercosur, y el abrazo con los amigos ideológicos corruptos y fundidos) es clave concentrarse en la competitividad. Porque de nada servirá tener acceso a mercados sin aranceles si nuestros productos igual llegan más caros que los de nuestra competencia (que la hay y es buena).

La competitividad tiene componentes macroeconómicos pesados, que el empresario no puede revertir: tipo de cambio, impuestos, política salarial y reglas de juego sindicales; infraestructura y costo de la energía; calidad de la mano de obra en nivel educacional y compromiso con valores de responsabilidad laboral; falta de un mercado de capitales profundo y carencias de líneas de crédito largas o a tasas convenientes.

En todos estos temas venimos muy mal y es imprescindible revertir esta tendencia funesta. Para peor, en vez de reconocer la situación y aceptar con humildad los errores en aras de buscar y encontrar soluciones, siento que estamos entrando en lo que Karl Poper en su libro La sociedad abierta y sus enemigos cita como la "era de la deshonestidad", que primero es deshonestidad intelectual (o sea relatos falsos) y luego deshonestidad moral (múltiples peregrinaciones a juzgados).

La competitividad debería ser un tema de prioridad país, no sujeto a batallas políticas; sin alta competitividad, un país chico y necesariamente exportador está en el horno y no hay forma de recaudar más y más impuestos para ningún fin por loable que sea, si el país no se transforma en una máquina de competir y ganar en el exterior.

¿A alguien le quedan dudas sobre este concepto? En estos temas, el responsable absoluto es el gobierno, nadie más puede aportar soluciones porque para algo es el Poder Ejecutivo. Para encaminar soluciones hay que empezar por el principio: bajar el gasto del Estado (con Mujica vivimos la paradoja de un presidente austero en su vida personal que comandó un gobierno que gastó como un marinero borracho); bajando el gasto se atacará de veras la inflación (que es el impuesto más terrible para trabajadores y pasivos), lo que permitirá soltar el tipo de cambio o ayudarlo a que suba y no a que baje, luego bajar impuestos y tener margen para mejorar la infraestructura. O sea un círculo virtuoso que sólo puede empezar de una forma: bajando el gasto público.

Y ya que tenemos una delegación oficial en China, nuestros líderes sindicales podrían averiguar allá con sus colegas comunistas si alguna vez se ocupó una planta en ese país usando el disparatado argumento de que es una extensión del derecho de huelga. Les recomiendo hablar con Justin Yifu Lin, profesor de Desarrollo Económico de la Universidad de Beijing.

Sin buena competitividad estamos forzados a primarizar nuestras exportaciones, arrinconándonos en la competitividad que nos da el sol, la lluvia y los suelos. Nadie quiere eso pero los que reclaman exportar la carne como churrasco en una bandeja con arroz no entienden nada; eso es imposible (y por eso no se hace) porque cada vez que avanzamos un paso en la agregación de valor (de criar el vacuno a matarlo luego a hacer cortes luego a agregar preparaciones) perdemos competitividad y llegamos directamente a no ser rentables.

Por eso no se agrega más valor, no porque falte tecnología o porque los empresarios no sepan o no quieran: si pueden ganar un dólar más agregando valor lo harán y si no ganan más o empiezan a perder no lo harán, lo cual es la situación actual que se está agravando día a día.

Por eso exportamos troncos hasta Vietnam para que allá hagan mesas y sillas que luego se exportan a Alemania. ¿No se podrían hacer esas mesas y sillas acá y exportar directo a Alemania nuestra madera? Por supuesto que sí, sólo hay que mejorar mucho nuestra competitividad que hoy está en el suelo.