La conversión de Almagro

Inicia la segunda batalla de su guerra diplomática con Maduro en Venezuela
Contradictorio. Lo es, sin duda. Imprevisible, inesperado, sorpresivo. Nadie, entre propios y extraños, podrá decir que no lo ha sido desde que en 2015 asumiera la secretaría general de la OEA.

Ya "traidor" o "vendido" –como le endilgan desde el gobierno de Caracas y desde algunos sectores de la izquierda regional, o como tuvo él mismo que leer esta semana en alguna pancarta enarbolada en la propia sede de la OEA, donde encabezaba una conferencia sobre Venezuela– son epítetos de grueso calibre, agravios que corresponderá secundar o condenar a quien se haya sentido abandonado o no en sus lealtades, o desertado en alguna palabra tal vez empeñada tras bastidores. No lo sabemos.

Lo cierto es que Luis Almagro, contra todos los pronósticos, se ha convertido hoy en el único actor de peso internacional abiertamente enfrentado con el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela.

El diplomático, abogado y político de origen sanducero, que fuera canciller del gobierno de José Mujica y que llegó al organismo regional impulsado por éste y con el voto de Venezuela y de los demás países del eje bolivariano, calificó esta semana sin cortapisas al gobierno de Maduro como "una dictadura"; y le exigió que convoque a elecciones libres y justas como "única solución" para una "salida a la democracia en ese país".

Pocos meses después de que el papa Francisco (también inesperadamente) le tirara un lazo a Maduro, al promover en su peor momento un diálogo estéril que le dio aire y tiempo después de que su gobierno suspendiera el referéndum revocatorio, y de largos meses de otro diálogo inútil con la mediación de tres expresidentes hispanoamericanos, Almagro volvió a la carga, rodeado de Lilian Tintori, esposa del preso político venezolano más emblemático, Leopoldo López, y otras figuras de la disidencia venezolana, para retomar lo que desde mayo del año pasado ha sido su principal desvelo al frente de la OEA: provocar una salida democrática en Venezuela aplicándole al régimen de Maduro la Carta Democrática del organismo.

Con ese fin inició ahora una serie de consultas diplomáticas con varios gobiernos de la región para evitar el revés que sufriera a mediados del año pasado.

En aquel momento, varias circunstancias de la coyuntura regional conspiraron para que el uruguayo no pudiera ver su empeño cristalizado: el gobierno de Argentina –con su canciller, Susana Malcorra, abiertamente en carrera para la secretaría general de la ONU–, un Brasil embrollado en la inestabilidad política producida por la reciente destitución de Dilma Rousseff y otros países por diferentes razones, lealtades y deudas con Venezuela no lo acompañaron.

Y Almagro debió presenciar su derrota en la Asamblea General desde las alturas de su despacho en la calle 17 y la avenida Constitution de Washington, DC.

Por otra parte, varias cosas más estaban entonces en juego a nivel regional: la paz en Colombia y el restablecimiento de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba (ambos esfuerzos en los que tanto Bergoglio como el expresidente Barack Obama habían empeñado capital político) implicaban un delicado equilibrio, y de alguna manera dependían de no enfrentarse con el régimen venezolano.

Y los pequeños países del Caricom seguían prendidos de la dadivosa diplomacia petrolera de Caracas iniciada por el gobierno de Hugo Chávez.

Ahora en cambio varios de esos escenarios ya no están presentes en la OEA; y así Almagro tiene considerablemente mayores posibilidades de lograr los dos tercios de los votos que necesita para aplicar a Venezuela la Carta Democrática.

Desde luego, nada es seguro. Habrá que ver cómo opera el excanciller en la arena de lo que ha sido su principal actividad: la diplomacia. Hasta ahora demostró una buena capacidad de comunicación, llamando a las cosas por su nombre, logrando gran recepción por parte de los medios y sacudiendo un poco a la OEA de su tradicional parálisis política.

Su desafío será pues traducir todo eso en buenos oficios y diplomacia efectiva para contribuir a destrabar la crisis venezolana y propiciar una salida democrática en ese país.

Es cierto que quienes impulsaron su llegada a la OEA esperaban que actuara de manera diametralmente opuesta a como lo está haciendo respecto de Venezuela.

Es cierto que por esa misma razón se enemistó con su mentor político, Mujica, principal artífice, además, de su encumbramiento regional.

Es cierto que la carrera política de Almagro ha sido harto sinuosa, que del Movimiento Nacional de Rocha y Propuesta Nacional, del Partido Nacional, pasó a integrar las filas del MPP, por el que fue canciller y luego candidato al Senado e hizo buenas migas con Chávez y Maduro, con quien ahora libra una guerra de declaraciones y política desde el corazón de la primera potencia.

Sus convicciones políticas o ideológicas pueden, desde luego, ser cuestionadas. Lo que llama la atención es su firmeza para defender la democracia desde un lugar donde podría perfectamente hacer la plancha.

Pero traidor o demócrata, contradictorio o consecuente con sus principios institucionales, arribista o adalid de la democracia, Luis Almagro se ha puesto en la antesala de la historia internacional. Si logra propiciar una apertura democrática en Venezuela (como todo parece presagiar), será recordado como un héroe.


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