La era Trump se abre con un gran signo de interrogación

Qué puede pasar en Estados Unidos y el mundo con el magnate en la Casa Blanca
La ceremonia de asunción de Donald Trump en Estados Unidos ha dejado en el aire aun más interrogantes de las que planteaba tras su victoria electoral a principios de noviembre. Se esperaba que el día de la toma de posesión moderara un poco su discurso y apelara a la unidad, en un país que ha quedado profundamente dividido.

No fue así. El nuevo presidente de la primera potencia se enrocó en un mensaje de campaña, dejando claro que el proteccionismo, las medidas antimigratorias, su ojeriza contra el establishment de Washington y otras de sus promesas más radicales de campaña iban en serio.

Del mismo modo, su actitud y su lenguaje corporal no eran los del gravitas y la magnanimidad que uno está acostumbrado a ver en un presidente de Estados Unidos el día de su asunción. Da la sensación de que Trump sigue en campaña, enfrascado en sus rencillas de Twitter contra los medios, las élites y todo aquél que se atreva a criticarlo o a cuestionar sus decisiones. Si sigue así, no va a dar abasto con lo que de ahora en más va a enfrentar en la Casa Blanca.

Por otro lado, sin embargo, y a juzgar por sus nombramientos, Trump parece apuntar a un gobierno de gestión. Su gabinete estará integrado por exitosos ejecutivos de grandes corporaciones, industriales y militares retirados de reconocida trayectoria en el Pentágono.

En cualquier caso, de seguir pateando contra las élites de Washington, e insistiendo en "drenar el pantano" (uno de sus eslóganes de campaña, metáfora alusiva al terreno pantanoso sobre el que en el siglo XVIII fue construida la capital estadounidense), corre el riesgo de que el Congreso le haga la vida y el gobierno imposibles, incluso de que le entablen un impeachment en el Capitolio.

El sistema norteamericano ciertamente se ha corrompido. La clase política gobierna con los lobbies a espaldas de la ciudadanía. Y a ello obedece en buena medida el triunfo de un candidato como Trump. Pero el establishment mantiene un enorme poder; y en Estados Unidos los medios forman parte de ese establishment. Si le quieren amargar la vida al presidente, el magnate tendrá una estadía complicada (que podría incluso ser recortada) en la mansión de la Avenida Pennsylvania al 1600.

Si a ello le sumamos que Trump no es un hombre precisamente simpático, que mantiene su tono duro y desafiante y que ha asumido la presidencia de Estados Unidos con bajos porcentajes de aprobación en medio de protestas ciudadanas, el establishment lo tendría relativamente fácil para pasarle factura por los desafueros que durante año y medio les ha prodigado.
Luego, su insistencia en el proteccionismo, "compre americano, contrate americano", idea fuerza con que lo resumió en su discurso de asunción, también parece haber dejado empozada una gran incertidumbre a nivel mundial. Si bien es un hecho incontrovertible que la globalización y los avances tecnológicos generan en el mundo desarrollado un gran vacío social y millones de personas pasan a engrosar las filas el desempleo (una de las principales razones para la revuelta populista que el primer mundo vive hoy), parece un proceso irreversible, muy difícil de desandar.

Más bien lo que uno debería estar escuchando de un presidente de Estados Unidos y de otros líderes de las grandes potencias serían ideas tendientes a establecer un marco de protecciones sociales para toda esa gente que queda (y seguirá quedando) sin empleo por la globalización, la robotización, la llamada "uberización" de la economía y todos los fenómenos de esta revolución tecnológica globalizada que se ha desatado a ritmo vertiginoso con el cambio de siglo y que nos ha deparado estos tiempos de transición. No cómo va a hacer para desmantelar la globalización y los tratados de libre comercio.
Con todo, los mercados no se han desplomado tras la toma de posesión de Trump. Síntoma de que o creen poco en esa retórica proteccionista, o lo ven como algo imposible de llevar a la práctica, o confían en el profesionalismo del gabinete que el presidente ha nombrado.

En lo que hace a la geopolítica, empero, Trump, aun en su desconocimiento de los temas internacionales, parece tener una visión más pragmática y firme que la de su antecesor Barack Obama, quien no fue capaz de enfrentarse a la llamada comunidad de inteligencia y a los neoconservadores de Washington y se dejó arrastrar a una guerra tibia con Rusia, a unas políticas catastróficas en Siria y a una nefasta intervención en Libia. Conflictos que en su conjunto han generado la colosal crisis de refugiados y desplazados que el mundo vive hoy.

Más allá del autoritarismo que Vladimir Putin ejerce hacia el interior de su país y sus políticas expansionistas, la idea de Trump de hacer las paces con el líder ruso para detener el conflicto en Siria y concentrar fuerzas en derrotar al Estado Islámico, parece lo más sensato. Aunque en ello, desde luego, y como se ha visto, chocará con los funcionarios de la CIA, con la comunidad de inteligencia en general y con otros poderes y grupos de presión de Washington. Las interrogantes se siguen abriendo por todas partes con cada región del mundo que uno analiza.

La otra es la de China. La nomenclatura del gigante asiático, que hasta ahora había navegado sin sobresaltos su expansionismo en el Mar de China, parece nerviosa. Ahora podría enfrentar un antagonismo bastante más intransigente desde Washington, sobre todo habida cuenta de la retórica inamistosa que Trump le ha dedicado a China desde que lanzara su campaña presidencial en mayo de 2015. Se especula incluso con que el presidente norteamericano podría buscar formar un improbable frente común con Putin para detener el avance chino en el Pacífico. Si hay algo de lo que la incertidumbre es la madre, es de todas las especulaciones.

Si hablamos de América Latina, Trump podría —como prometió en campaña— presionar al régimen de Cuba para que otorgue mayores concesiones y más libertades a los cubanos a cambio de continuar con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas que Obama inició con Raúl Castro a mediados de 2015. Y si Raúl y los suyos se sienten amenazados con ese cambio, todo podría volver a foja cero en el histórico deshielo entre la primera potencia y la mayor de las Antillas.

Por lo demás, en sus políticas hacia la región en general, no es de esperar que cambien mayor cosa. Excepto tal vez con Venezuela, que enfrenta un 2017 tumultuoso, con el estallido social a la vuelta de la esquina y el régimen de Nicolás Maduro endureciendo su brazo ante la profunda crisis económica, política y social que atraviesa el país.

Llegado el caso, tampoco sabemos qué haría Trump desde Washington. Como en todo lo que uno pueda pensar sobre Trump y la Casa Blanca, la incertidumbre y la sospecha es la tónica.

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