La fortaleza Europa bajo asedio

Una porción de sus decenas de millones de inmigrantes está enferma de resentimiento y ofrece reclutas al terrorismo

Occidente y el islam se han enfrentado en guerras completas o de baja intensidad durante muchos siglos, con suerte cambiante. Así como los musulmanes permanecieron en la península ibérica hasta el siglo XV, o los turcos otomanos sitiaron Viena todavía a fines del siglo XVII, británicos y franceses fueron señores de Oriente Medio hasta hace relativamente poco. Luego, estadounidenses y rusos, entre otros, se incorporaron a un juego avaro y sangriento en esa región que está muy lejos de terminar.

Aquellos vientos explican, en parte, algunas de las tempestades contemporáneas. La expansión del islam, que no ha cesado, se hizo por persuasión o por la fuerza. Y el involucramiento de Europa en el mundo, que se inició incluso mucho antes del imperio romano, está en la base de nuestras actuales grandezas, pues durante siglos Europa fue un gran concentrador y redistribuidor de personas, culturas y bienes; y también de actuales miserias, que son abundantes.

Una de esas miserias es la guerra perpetua en las puertas del continente. La ciudad de Alepo, en Siria, es su símbolo más reciente. Otra es el terrorismo, que golpea casi cada día. Uno de los últimos Miguel Arregui miguelarregui@yahoo.com Una porción de sus decenas de millones de inmigrantes está enferma de resentimiento y ofrece reclutas al terrorismo La fortaleza Europa bajo asedio lll Ataqueterroristaen Alemania capítulos se registró en Berlín el lunes 19, cuando –aparentemente– un tunecino yihadista, cuya solicitud de asilo había sido rechazada por el gobierno alemán, atropelló a una multitud con un camión y provocó 12 muertos y muchos heridos. Ese mismo día, un policía turco asesinó en Ankara al embajador ruso en solidaridad con uno de los bandos que batallaron en Alepo.

Europa, que reúne a 750 millones de personas (unos 500 millones están dentro de la Unión), tiene una población envejecida. En las últimas décadas una cultura hedonista y pesimista ha provocado una caída abrupta de la tasa de natalidad, en tanto las personas viven muchos años. El déficit demográfico es cubierto con inmigrantes que provienen de todo el mundo, en particular de las antiguas colonias europeas de Asia, África y América del Sur. Alemania tiene unos 10 millones de extranjeros en su territorio, el 12,5% de la población, en tanto el Reino Unido tiene 8 millones y Francia otros tantos. Incluso España acoge a 6,5 millones de inmigrantes, casi el 14% de su población total.

Los interminables conflictos en Oriente Próximo y África y la pobreza han redoblado el éxodo de desesperados hacia la "fortaleza Europa". El continente trata de replegarse sobre sí mismo, a la defensiva, para preservar su cultura, su riqueza y su equilibrio ante la marea humana que asedia sus muros en busca de una vida mejor. Pero la "fortaleza Europa" está repleta de agujeros. Además, una porción de sus decenas de millones de inmigrantes está enferma de resentimiento y abraza una cosmovisión religiosa que facilita la autoinmolación y el terrorismo.

Si la cultura y la economía son globales, y cada vez a mayor velocidad, por qué no han de serlo asuntos como la negación, el fanatismo y los ataques indiscriminados.

El terrorismo no será derrotado fácilmente ni por completo, ya que resulta imposible garantizar la seguridad en cada rincón del planeta. Cuanto más elevado sea el número de cadáveres, más llama la atención una causa. Y abundan en el mundo las causas exigentes para matar o morir: un dios, una patria, una cultura, una ideología. Entonces todos los días mueren decenas o centenares de personas en atentados terroristas en Irak, en Pakistán, donde sea. La guerra civil siria, iniciada en 2011, ya ha provocado unos 300 mil muertos y varios millones de desplazados. Pero tienen más prensa los 3.000 muertos del 11 de setiembre de 2001 en Nueva York y Washington, o los muertos de Europa, como los 200 de Madrid en 2004, los 56 en Londres en 2005, o los centenares que murieron en París y Niza en 2015 y 2016, porque de allí provenimos y sigue siendo ese el espejo en que nos miramos. Es comprensible, aunque sea también una hipocresía o muestra de doble estándar moral.

Todas las sociedades se basan en alguna forma de nacionalismo para definir las relaciones entre el Estado, los ciudadanos y las otras naciones. Pero la moderación de los sentimientos nacionalistas y la aceptación de las diferencias son la carta de presentación de la modernidad. Sin embargo el sueño de un mundo integrado, tolerante y liberal, muy propio de la década de 1990, tras el fin de la Guerra Fría, está ahora a la defensiva en Europa ante el avance de los sentimientos de rechazo a los extranjeros, en particular los musulmanes. La extrema derecha, que culpa a la Unión Europea de todos los males y mira el brexit como el sediento mira a la fuente, está de parabienes.


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