La madurez que elude a Maduro

Hasta las elecciones del 6 de diciembre el chavismo tuvo 15 años de vía libre para destruir a Venezuela

Hasta las elecciones del 6 de diciembre el chavismo tuvo 15 años de vía libre para destruir a Venezuela. Primero Hugo Chávez y luego su empeorada versión sucesora Nicolás Maduro actuaron a su antojo, con los poderes Legislativo y Judicial como sumisos sellos aprobatorios de las órdenes presidenciales. Todo cambió el mes pasado cuando una abrumadora mayoría de los venezolanos, hartos de las privaciones y de una gestión administrativa ineficiente y corrupta, le dio a la oposición, unificada en la Mesa de Unidad Democrática (MUD), dos tercios de las bancas del Parlamento unicameral. El rechazo electoral debió inducir a Maduro a enmendar errores. Vana esperanza, tratándose de un presidente cuya personalidad combina veleidades absolutistas, tozudez e incompetencia.

Volvió a demostrarlo cuando la Asamblea Nacional rechazó, por 107 votos contra 53, su pedido de poderes de emergencia durante dos meses para gobernar por decreto y, en consecuencia, seguir haciendo lo mismo que hasta ahora. En vez de acatar el contundente fallo parlamentario, como ocurriría si la democracia hubiera sobrevivido en Venezuela, Maduro le ordenó al máximo órgano del Poder Judicial que ignore el voto de los legisladores y le valide los poderes de emergencia. Incluso Diosdado Cabello, expresidente de la Asamblea Nacional y número dos del régimen, luego del voto negativo gritó desafiante: “Nos vemos en el TSJ (Tribunal Supremo de Justicia), sí al decreto”. Y como corolario natural en la concepción institucional del chavismo, pocos minutos después el TSJ declaró nulo el pronunciamiento parlamentario y legalizó el decreto de poderes de emergencia.

El rechazo del MUD no fue arbitrario, ya que exigía razonablemente un cambio de rumbo en la conducción económica. Con el agua al cuello por el derrumbe del precio del petróleo, única exportación del país, Maduro se las ha arreglado para que una inflación de más del 300% y un déficit fiscal que ronda el 20% del Producto Interno Bruto haya dejado a los venezolanos sin comida, medicamentos o papel higiénico, mientras medran los capitostes del régimen en la corrupción más aguda de América Latina. En su pedido de poderes de emergencia, Maduro no ofreció cambio alguno en lo que viene haciendo desde que reemplazó a Chávez.

La debacle, generada por una economía colapsada y un pueblo sometido a privaciones extremas, se ha agravado ahora. Ha quedado planteada una virtual guerra institucional, con el Parlamento por un lado y el Poder Ejecutivo, con el Judicial a la cola, por otro. Hay dos opciones lógicas para salir de un enfrentamiento que agudiza la crisis del país. Una es que Maduro haga por una vez honor a su apellido y, mostrando una pizca de madurez, acepte la realidad y ofrezca al Parlamento una política económica viable y ordenada, acorde con las circunstancias actuales, en vez del desvarío del “socialismo del siglo XXI”. La otra es que adelante el abandono del poder que no sabe ejercer, convocando a elecciones anticipadas sin esperar a que expire su mandato en 2019. Pero como la lógica es un término que no figura en el diccionario chavista, lo más probable es que se aferre al poder y siga arrastrando a su país a la ruina total. Hasta puede tratar de hacerlo convirtiéndose abiertamente en dictador, cumpliendo su amenaza de instaurar un régimen “cívico-militar” sin Parlamento si perdía las elecciones legislativas.


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