La noche en que Sanguinetti le ganó a los extraterrestres

La historia verdadera del día en el que los periodistas eligieron lo conocido por sobre lo extraordinario por conocer

No recuerdo bien el día, apenas si retengo el mes y no sé si estoy seguro del año en el que ocurrió. Pero se me ocurre que en ese momento y en ese lugar –con el expresidente Julio Sanguinetti y con un supuesto extraterrestre como antagonistas- confirmé buena parte de mis aprensiones sobre el ejercicio del periodismo. O, al menos, sobre el ejercicio del periodismo como la simple enumeración de fechas, nombres y lugares cotidianos.

Según recuerdo, aquella noche de 1995 en el hall de un hotel de San Pablo esperaba junto a otros periodistas a que llegara la camioneta que nos iba a conducir hacia el lugar en el cual el entonces presidente Sanguinetti se reuniría con un jerarca brasilero del que ya no tengo memoria.

Recuerdo que mientras el resto de los colegas marchaban hacia la puerta conversando sobre las cosas de la política, el conserje del hotel y yo nos quedamos clavados frente al televisor en donde un canal internacional transmitía la grabación de una autopsia a un supuesto extraterrestre caído en el pueblo de Roswell en la década de los ‘50.

Varias cadenas de noticias se hicieron eco del acontecimiento que prometía develar uno de los mayores misterios de la historia de la humanidad. Y allí, en la pantalla, estaba el ser de cráneo prominente siendo seccionado por el bisturí de un par de personas de batas blancas que, se aseguraba, trabajaron en la mítica área 51 perteneciente a las Fuerzas Armadas norteamericanos.

Los periodistas uruguayos pasaron frente a la televisión como quien mira llover y descartaron de plano, ni tan siquiera, medir el tamaño de la farsa. No les interesó la escasa, aunque más no fuera la ínfima posibilidad de que el cuerpo que yacía en la camilla fuera cierto.

A pocos metros de allí estaba la realidad real que se les presentaría en la figura del más importante de los políticos uruguayos del momento. La figura del extraterrestre innominado, y probablemente apócrifo, se les ocurrió insignificante.

El conserje y yo seguimos con atención las hendiduras en las piernas del ser, el cráneo que le era abierto y ofrecía una masa de color oscuro, las quemaduras que le dejó el aterrizaje forzoso del platillo volante. Pero la camioneta con destino a Sanguinetti llegó  y los periodistas empezaron a subir apurando a todo aquel que se quedara rezagado. Resignado, me fui con ellos obligado a entrar en lo cotidiano.

Finalmente, los periodistas tenían razón. La presencia de Sanguinetti se reveló cierta, mientras que el extraterrestre fue confirmado como una farsa articulada por unos charlatanes de feria.

Pero, si se mira bien, los periodistas del caso actuaron igual que aquel hombre del cuento El calamar opta por su tinta de Adolfo Bioy Casares que se aburre de alimentar con agua a una criatura del espacio que cae en el patio de su casa y lo condena a la muerte. No lo hace por miedo sino por mero desinterés.

“Yo le echo en cara la falta de curiosidad. Cuántas Americas y Terranovas infinitas perdimos esta noche”, dice uno de los vecinos del pueblerino indolente mientras mira el cielo estrellado.

Al igual que el personaje del cuento, yo lo que no les perdono a aquellos periodistas es la falta de curiosidad. Ellos no se fueron detrás de Sanguinetti porque los obligaba la circunstancia; ya habían elegido de antemano lo conocido por sobre lo conocer.

Desde entonces no tengo dudas: para enterarme de los asuntos que nos acucian diariamente, recurro a los periodistas. Para cuestiones de sospechosa veracidad y de posibilidades fabulosas acudo al interés de otra gente. Gente como aquel conserje de San Pablo que no apartó la vista de la televisión por si acaso le tocaba ser testigo de la noticia más extraordinaria de la historia del mundo.


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