La nueva clase

Con la llegada del Frente Amplio donde el partido, el gobierno y el Estado terminan siendo la misma cosa

Las irregularidades administrativas –para denominarlas generosamente– que se traslucen del gobierno del Frente Amplio traen a la memoria tres obras icónicas que se refieren al socialismo soviético. La primera es Rebelión en la granja o Animals’ Farm, donde George Orwell explica con atroz sencillez que el comunismo no es nada más que un recambio prepotente de poderosos de turno.

La otra es Camino de servidumbre de Friedrich Hayek, que fulmina al socialismo en todos sus formatos y sostiene que nunca es mayor la corrupción que en un sistema estatal, de planificación central, donde un grupo de iluminados decide el futuro de toda la sociedad y también el modo en que se distribuirán los recursos y los ganadores y perdedores.

La tercera es La nueva clase, de Milovan Djilas. Comunista yugoeslavo, teórico marxista, una de las mentes más brillante del sistema y sucesor designado del poderosísimo Mariscal Tito. Conocedor de los entretelones del poder soviético, Djilas sostenía en su libro que al amparo del socialismo proletario había surgido una nueva clase: los dirigentes del partido y del gobierno, una nueva oligarquía que vivía de espaldas al pueblo que decían representar, que se estaba enriqueciendo desde sus funciones. Ello se vio luego corroborado por la realidad.

Esto es hoy cierto en muchos países con cualquier clase de concepción ideológica o de gobierno, empezando por el mío (Argentina), como es obvio. Pero se potencia cuando a medida que el Estado tiene una participación excluyente en la economía, en la adjudicación del ingreso y en la organización social, como es el caso de Uruguay.

La trampa de las denominadas con el oxímoron de empresas del Estado es cada vez más una burla a la ciudadanía. Sin controles orgánicos, sin planes, sin responsabilidades, sin auditorías, sin obligación de rendir cuentas de ninguna clase. Manejadas como las viejas cooperativas por una suerte de comité en el que nadie es responsable, en dulce montón.

El caso del vicepresidente Raúl Sendic, un triste calco del vicepresidente argentino Amado Boudou, trasciende por lo grosero, pero no es el punto central del problema. Lo relevante es que se ha desviado la mirada de una prestidigitación que hizo desaparecer US$ 600 millones o más de ANCAP, para pasar a discutir un escamoteo supuestamente menor con unas tarjetas de crédito. Djilas se haría una fiesta con la inocencia del pueblo oriental.

El procedimiento elusivo es de todos modos el mismo. Cuando se evaporaron esos cientos de millones de dólares, se dijo que se cambiaría a un manejo profesional de la seudoempresa. Confesión de que antes no había un manejo profesional. Ahora se dice que se establecerá un sistema de control del uso de las tarjetas de crédito por los funcionarios. O sea, la mayor seudoempresa del país no tenía un sistema de control del gasto de sus jerarcas, cosa que una concesionaria de usados tiene.

La realidad es que nunca se explicará nada. Nadie sabe con certeza cómo se evaporaron los US$ 600, US$ 800 o US$ 1.000 millones de ANCAP. El sistema perverso de que los jerarcas pertenezcan al partido gobernante y la mayoría legislativa defina la suerte de las investigaciones, en vez de un juez, es simplemente soviético. Las empresas son autónomas cuando conviene, pero son miembros del aparato del Estado si las circunstancias cambian. Otra fiesta para Djilas.

Sin costo adicional para usted, querido lector crédulo, también se ensaya un ataque contra la prensa. El Frente Amplio sostiene que, si un periodista tiene alguna sospecha, debe presentar las pruebas ante la Justicia y hacer la denuncia. Debe tratarse de una figura del nuevo Código del Procesa Penal: los periodistas tienen que trabajar de fiscales y procuradores. Un pensamiento digno del amado Stalin. Todo eso, mientras no se ha dado alguna explicación precisa de ningún gasto del exlicenciado Sendic, ni de nadie, explicación a la que cualquier ciudadano debería tener derecho. Concepción totalitaria de la izquierda, que evidentemente se siente y actúa como la nueva clase.

“No puede ser que cualquier funcionario de derecha o izquierda sea linchado mediáticamente”, dicen. Otra falsedad. Primero, al tratar de volver generalizado y corporativo el planteo, segundo, al eludir la necesidad de una explicación por los actos de cada jerarca. Lo que los lincha mediáticamente es la empecinada resistencia a explicar cómo se utilizan los dineros públicos. Linchamiento virtual probablemente justificado.

La peligrosa tendencia que la comunidad ha comprado es la de tomar todos estos casos como hechos meramente políticos, que se resuelven y explican conversando entre todos, buscando una solución consensuada. Tal vez debería considerarse la posibilidad de sospechar la existencia de una seria corrupción subterránea, que se proyecta a todo el accionar económico del Estado, que emerge cada tanto con algunos pocos icebergs y que está oculta por el discurso de una supuesta negociación poliárquica constante, que, además, solo se da dentro de la propia coalición.

Con la llegada del Frente Amplio al poder, el socialismo manso uruguayo se vuelve más parecido al sistema soviético marxista, donde el partido, el gobierno y el Estado terminan siendo la misma cosa y dejan de funcionar mecanismos elementales de contralor social y técnico sobre la gestión. El presidente de un partido es simultáneamente ministro. El PIT-CNT es al mismo tiempo un partido político en la práctica y una central gremial. Ese concepto se repite a lo largo y ancho de toda la administración.

Cualquier revisión, auditoría o investigación, se dirime en los cónclaves partidarios y no está regida por reglas contables o jurídicas, sino por lealtades, pactos y contubernios partidistas. Se comprende que el delito de abuso de funciones sea inconcebible para la nueva oligarquía.

La República, en esas condiciones, es apenas un apodo. No un principio rector. No hay República en un socialismo marxista. Por algo Djilas estuvo 10 años preso y otros tantos desterrado tras escribir su libro.


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Dardo Gasparré

Dardo Gasparré