La película de Márama y Rombai: un viaje demasiado rápido

Las bandas presentan su primer documental, uno que desaprovecha la chance de profundizar en el fenómeno
Hoy por hoy, cualquier estrella masiva de pop atraviesa por este rito de paso: la biopic propia que elabore u ordene la narrativa sobre su ascenso al éxito. Esto es desde hace tiempo un engranaje típico de la maquinaria de promoción, tan importante y taquillero que artistas archipopulares como One Direction y Justin Bieber ya cuentan incluso con dos filmes sobre sí mismos. Con otros precursores como Jonas Brothers, Katy Perry o Beyoncé, no resulta extraño que nuestras luminarias locales Márama y Rombai protagonicen su propio documental.

Con la cumbia como base pero con un formato extremadamente pop, ambos grupos alcanzaron una popularidad impensada, lo que conllevó un escrutinio permanente y una rápida reformulación de los integrantes del grupo.

En un año y medio, Fernando Vázquez y Agustín Casanova se transformaron en ídolos infantiles y adolescentes y –para sorpresa de muchos– agotaron sucesivos shows en estadios argentinos, llegaron al programa más visto de la televisión en ese país y participan hoy de uno de sus segmentos más populares.
Muchos afirman que esto que se denominó al principio "cumbia cheta" y derivó en el más apropiado "cumbia pop" será un fenómeno de corta data, y justamente, tal vez sea por eso que haya que aprovechar el furor mientras dure.

Justo a tiempo para vacaciones de julio llegó el filme Márama - Rombai - El viaje, ideado por su mánager, Enrique Quinteros, y realizado por Federico Lemos y la productora Medio & Medio, antes responsables de trabajos como DF10, Jugadores con Patente y Gonchi, la película.

La intención de esta realización es la de adentrarse en la rutina de ambos grupos, mostrar ribetes desconocidos y –como varias realizaciones previas– contar los orígenes de sus protagonistas, su vida previa a la fama y las dificultades que conlleva el éxito.

En la era de la hiperconectividad es difícil que artistas como estos –que comparten absolutamente todo lo que hacen en todas las redes–, tengan aquí algo nuevo y diferente para contar. Este era el complejo desafío para este filme, el cual no está del todo cumplido.

Agustín Casanova

Lemos explicó a El Observador que la película tuvo que ser ejecutado en un tiempo récord para la productora: seis meses. En ese tiempo se hicieron las filmaciones y la realización. Y tal vez sea el apuro y la falta de tiempo lo que hizo que el trabajo careciera de profundidad argumental o no haya logrado descubrir algún ribete desconocido de una historia que es al día de hoy un verdadero libro abierto.

El viaje comienza con los grupos en su punto más alto: uno de sus shows en el Luna Park. Allí, Márama da comienzo con su canción Todo comenzó bailando, acompañado de un mar de flashes y gritos desaforados. Esa fue la primera de las canciones que Vázquez escribió para el grupo que ensambló tras encontrar a Casanova en YouTube.

La primera parte del filme se concentra en la niñez de los tres protagonistas (la participación de Camila Rajchman es ligeramente más corta que la de sus dos colegas), y en cómo la música llegó a ellos. Vázquez, primero interesado en el fútbol, encontró en la composición un apoyo tras abandonar el deporte; Casanova, un entertainer nato, desde pequeño cantaba canciones; y Rajchman, para quien ser artista también fue uno de sus deseos pero con paso del tiempo perdió el estímulo inicial.

Luego de esa presentación, sus discursos se centran en las imposiciones y preconceptos de "la sociedad": no se puede vivir de la música, soñar con ser artista es una pérdida de tiempo, hay que estudiar una carrera legítima para poder sobrevivir. Esos argumentos, que son atribuidos a "la sociedad" en su conjunto, también residen en uno de los personajes: el padre de Vázquez, que al principio se ubica como el antagonista de los sueños musicales de su hijo, pero que luego cede ante su tangible éxito.

El segundo bloque temático de la película es dedicado al meteórico éxito de ambos grupos: de tocar en cumpleaños de 15 pasan a boliches y luego al mencionado Luna Park. Pero los rostros cansados no demoran en aparecer y los comentarios pasan a concentrarse en lo sacrificado que resulta la vida de la gira, no dormir, extrañar y dar hasta no poder más.

Los inevitables problemas internos, a excepción de la separación de Rajchman, no son encarados, sino más bien sugeridos en incidentes sutiles y discusiones sin contexto. Otro incidente protagonizado por Márama y sucedido en una fiesta en Córdoba tampoco es explicado, así que la audiencia queda con la responsabilidad de elaborar sus propias conjeturas.

Para quienes todavía quieran saber qué pasó con #elbateristaderombai, sepan que el rostro de Tomás Narbondo ni siquiera aparece en el filme. Tampoco se hace referencia al polémico concierto que Rombai ofreció en Villa María, donde le llovieron críticas.

Es el retiro de Rajchman el único conflicto tratado. Mientras ella asume que debía abandonar al grupo para que pudiera crecer, Vázquez y Quinteros racionalizan este paso al afirmar que "no tenía pasión por la música", que "era un hobbie" o que "no tenía vocación". Y así, sin más, Rombai aparece con una nueva formación, la cual ni siquiera se presenta.

Las sucesiones de temas en vivo –algunas con grabaciones vocales mejores que otras– dejan poco tiempo para un mayor desarrollo de la trama, que se queda luego en los ensayos para Bailando por un sueño y su participación en el programa.

El viaje se perdió la oportunidad de intentar dar sentido a este fenómeno. Esa narrativa, que otras películas similares elaboran, en este caso no se logra. Al hablar solo con testimonios de personas vinculadas a los miembros, no tiene el balance que puede ofrecer una mirada desde afuera. Y aunque ese no haya sido el planteo inicial, tampoco –como ya se dijo– explora en profundidad como para consignar detalles no conocidos. Otra observación posible es que no se ofrecen demasiados datos, como fechas o cifras de asistentes, ni tampoco se sucede de manera cronológica de manera que se pueda adivinar el proceso, sino que apenas se intercalan imágenes de boliches, estadios y fiestas, de aviones, camionetas y ómnibus sin mucha distinción ni sentido.

Por esto, El viaje solo resulta un mero testigo lejano de la historia y un recorrido llano en el momento de gloria de ambos grupos.

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