La rara sorpresa de una región trumpeana

¿Acaso los latinoamericanos no somos testigos hace años de la misma narrativa que hoy padecen los estadounidenses?
Cómo es posible que gran parte de América Latina se sorprenda con Trump? ¿Acaso nosotros –los latinoamericanos– hace años no somos testigos de la misma narrativa que hoy los estadounidenses deben padecer? ¿Qué es lo que nos sorprende entonces?

Estos fueron interrogantes que compartí con una periodista cuando me preguntó si tenía algo para agregar al final de una entrevista sobre el impacto de Trump en América Latina.

Por varios minutos estuvimos conversando sobre economía, comercio y el grado de irracionalidad al que habían llegado las primeras acciones del nuevo presidente de Estados Unidos.

Mis preguntas finales no fueron para nada una crítica a su entrevista, sino más bien un pensamiento en voz alta que buscaba promover una reflexión conjunta de cómo muchas veces no nos damos cuenta del encierro narrativo en el que estamos inmersos.

En Estados Unidos los focos de la asunción de Trump ya empiezan a apagarse. Lo que hasta ahora parecía un gran show entre debates y grandes discursos de asunción empieza a traducirse en políticas reales. Y sí, lamentablemente Trump empezó a cumplir lo que había prometido. Yo era de los que creía que, a las pocos días de asumir, el republicanismo lo calmaría. Pero no fue así. Parece que lo empeoró.

Si bien acaba de asumir el nuevo gobierno, dado el grado de radicalidad de Trump, ya es común escuchar en charlas de café la posibilidad de un impeachment dentro de poco tiempo y las hipótesis de qué tan diferente sería Mike Pence (actual vicepresidente) como presidente. Incluso, jocosamente, entre jóvenes cuando alguien se pone muy radical, ya se ha trasformado en una frase genérica decirle "don't be Trumpist" (lo que en español sería algo así como "no seas trumpeano"). Y de aquí el título de esta columna.

Dejando por un momento de lado el espiral de confrontación política y social que ya se siente en Estados Unidos, desde hace días me pregunto qué es lo que le sorprende de Trump a América Latina. Sucede que en la actualidad solemos analizar este tipo de cambio político desde una mirada basada en el consumo: el impacto en el comercio, en los acuerdos firmados, en las naranjas, en la carne.

Y nos olvidamos que detrás de esas miradas hay un enorme vacío cultural del que ya nos alertaban Mario Vargas Llosa en La civilización del espectáculo o Gilles Lipovetsky en La era del vacío. Ambas obras nos narran cómo la cultura dentro de la que nos movemos se ha ido frivolizando y banalizando. Y es de esa frivolización casi natural de hoy en día que muchos se aprovechan.

Realmente sorprende ver a muchos de los autodefinidos de izquierda rasgándose las vestiduras por las lamentables políticas de Trump, pero que jamás hablan de casos bastante más cercanos que desde hace años están aniquilando las instituciones democráticas de América Latina.

Es claro que las primeras acciones de Trump son repudiables por donde se las mire. Pero son las mismas que desde hace años vemos ante nuestras narices.

¿Acaso no nos acordamos cuando el presidente Rafael Correa, de Ecuador, rompió un periódico ante periodistas llamándolos "basura"? ¿Acaso alguien podría negar que hoy en la Venezuela de Nicolás Maduro existen claras violaciones a los derechos humanos? ¿Acaso nos olvidamos que hoy América Latina tiene una de las dictaduras más longevas de la historia, como es la de los hermanos Castro que llevan medio siglo en el poder?

La misma región que hoy se sorprende por Trump es la que no le llama la atención cuando Nicolás Maduro manda cerrar las fronteras con Colombia porque –según él– allí está la culpa de que Venezuela esté en una crisis humanitaria.

A los mismos que pasaron años diciendo que no debemos olvidar atropellos a los derechos humanos del pasado no se les mueve un pelo cuando la impunidad viene desde adentro de su casa. Aunque sí se alarman cuando la radicalidad política empieza a aparecer en el país que siempre les gustó tener de enemigo.
Más allá de todos los análisis cuantitativos que hoy pululan sobre los posibles impactos de Trump, creo que antes hay una reflexión bastante más honda que deberíamos hacer sobre nuestra región. Porque si en algo impactará Trump sobre América Latina es en hacer relucir el doble discurso que muchos padecen.

Lamentablemente volveremos a ser testigos de un discurso neo-dependentista en el que tendremos que escuchar, una vez más, a aquellos que pregonan que todos los males de América Latina son culpa de Estados Unidos. Nos guste o no así parece ser la dinámica del subdesarrollo: persistir hasta que llegue un nuevo enemigo a quien podamos reprocharle los males.

Y Obama no calzaba en ese rol, pero Trump sí tiene todo el perfil para alimentar la retórica dependentista que muchos esperaban con ansias para explicar por qué, tras tantos años de bonanza, seguimos igual o en muchos casos hasta peor que antes.

Humberto Eco, en Construir al enemigo, lo explica con exactitud. Eco subraya que son muchos los que saben entender las bondades de tener siempre a mano a un rival en quien descargar nuestras debilidades o faltas, y si ese rival no existe, pues habrá que crearlo.

Hoy con Trump, gran parte de América Latina parece haber encontrado a ese enemigo necesario para que subsistan los discursos dependentistas. Pero quiero creer que a muchos no se les hará tan fácil esta vez.

Antes de achacarle todas las culpas al norte, habrá varios que tendrán que explicarle a la historia por qué no se sorprendieron antes, cuando los atropellos pasaban ante sus ojos y en su propio vecindario.

@ N_Albertoni
Desde University of Southern
California



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