La sonrisa de Mandela

Son muchos los libros que se han escrito acerca del líder sudafricano Nelson Mandela y seguramente habrá algunos más en el futuro pero este es relativamente breve, muy jugoso y atractivo.

Son muchos los libros que se han escrito acerca del líder sudafricano Nelson Mandela y seguramente habrá algunos más en el futuro para cubrir otros aspectos de la vida y carrera del extraordinario dirigente, que puso fin a décadas de ignominioso apartheid y que ayudó singularmente a realizar la muy difícil transición hacia un régimen democrático que incluyera a todos los sudafricanos, a la mayoría negra y a la minoría blanca.

Un libro, relativamente breve pero muy jugoso y atractivo, cayó estos días en mis manos y lo leí prácticamente de un golpe. Es el que escribió el periodista inglés John Carlin titulado, precisamente, La sonrisa de Mandela. Carlin tuvo la oportunidad de cubrir para el diario The Independent un período clave de la historia de Sudáfrica: el que incluye la liberación de Mandela, el 11 febrero de 1990, y su elección como presidente el 10 de mayo de 1994. Pudo conocer a un hombre excepcional y manejando circunstancias excepcionales.

Convengamos primero, como señala Carlin, que Mandela “no era ni un superhombre ni un santo”, que “tenía sus defectos y cargaba con las cicatrices de una gran angustia interior”, que “logró sus victorias en el terreno político al precio de la infelicidad, la soledad y el desengaño”, pero que es un hombre de la talla de Abraham Lincoln, Mahatma Gandhi y Martin Luther King. 

Mandela tuvo, al asumir la Presidencia, dos tareas fundamentales: evitar la venganza que muchos de sus correligionarios buscaban para los autores, intelectuales o materiales, de los crímenes del apartheid e impedir  que se estableciera una discriminación inversa de negros sobre blancos, cosas que hubieran generado nuevos enfrentamientos por los años sin tiempos, impidiendo la unidad de la nación.

Mandela comprendía que lo “perfecto es enemigo de lo bueno” y que si se buscaba el ideal de perfección –lo que seguramente implicaba enviar a la cárcel a todos los dirigentes del apartheid– se corría el riesgo de que la paz se convirtiera en guerra. Mandela, con el decisivo apoyo del obispo anglicano Desmond Tutu, creó la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, que ofrecía amnistía a todos los criminales del apartheid a cambio de la confesión de sus delitos. Por otro lado, aplicó el principio de no racismo, fomentó la unidad entre blancos y negros aprovechando el Mundial de Rugby, permitió la vigencia del himno de los afrikáners. Una anécdota lo pinta por entero: en la selección de rugby había un jugador negro llamado Chester Williams, que estaba allí por sus propios méritos. Cuando Mandela saludó al equipo casi en formación militar, no le prestó a Williams ni mayor ni menor atención que a los demás jugadores. Según Carlin, su mensaje era claro “le daba lo mismo que los jugadores fueran blancos o negros, lo que contaba era que todos eran igual de válidos para representar a su país”. Y lo mismo hizo cuando uno de los jugadores le ofreció la gorra de los Springboks: Mandela se la puso inmediatamente aunque sabía que esos colores no caían bien en el Congreso Nacional Africano.

Ni venganza ni racismo. Mandela había sufrido 27 años de cárcel. Podía haber prendido fuego la pradera al ser liberado. Pero no le interesaba su revancha personal. Tenía la grandeza de pensar más allá de él, de sus circunstancias, de su pasado. Quería lo mejor para su país, quería dejar de lado odios y rencores, alimentados durante siglos, quería mirar hacia adelante. Hoy Sudáfrica, pese a problemas que  a ninguna nación faltan, es una democracia con todas las letras: hay elecciones, rige el estado de derecho, hay una Justicia independiente, hay separación de poderes, hay igualdad de oportunidades. Hoy Sudáfrica es un mejor lugar que el que vivió Mandela en su juventud y lo es porque en sus últimos años supo usar su autoridad moral y su liderazgo para evitar el revanchismo de cualquier género. Porque supo ser magnánimo, porque supo ser íntegro, a pesar de sus errores y ambiciones. 

Cerrando el libro, me enteré de la noticia de una iniciativa para cerrar la herida del tema de los desaparecidos en América del Sur, y especialmente en Uruguay, que contaría con la aprobación del papa Francisco y que se basaría en algunos de los principios que aplicó Mandela para lograr la reconciliación en Sudáfrica. Cada país tiene su historia y construye sus caminos, pero ¿por qué no pensar en los de Mandela y ver cuán aplicables son? Eso sí, con grandeza y magnanimidad.


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