La voz de siglos en un canto de cuna

La tradición hispánica de 800 años detrás del "arrorró"
Si bien el panorama musical uruguayo todavía sufre de baches a nivel de investigación, por suerte algunas de esas lagunas van llenándose de contenido, como por ejemplo algunos libros recientemente publicados por periodistas de esta casa. El rock y las expresiones de música popular y ciudadana han tenido sus estudios y reflexiones, así como también el tango y el folklore, entre otros.

Un género que a priori parece no tener demasiado estudio es el de las canciones de cuna, que brotan de forma espontánea de la memoria colectiva de la comunidad cada vez que aparece un nuevo y pequeño integrante de la familia. Las canciones de cuna pasan de una generación a otra según las costumbres de cada núcleo familiar y los orígenes de dichos integrantes. (Solo como ejemplo, porque me es muy cercano: como mi bisabuela era libanesa, muchos de los cantos en árabe pasaron de forma directa a mi abuela, quien los esparció entre sus hijos, y estos y sus nueras, entre los nietos. Hoy yo se la canto a mi hijo de seis meses, y repito las palabras, incluso sin saber realmente su significado. Es una situación típica de una familia de inmigrantes, que mantiene alguna de sus tradiciones más queridas: comer la comida de origen y dormirse arrullado por un canto materno).

Pero es a una de las canciones de cuna más típicas del Uruguay a la que quiero referirme: el "arrorró, mi niño". La situación tiende a repetirse: nos lo cantaron y ahora nosotros lo reproducimos para los que están en nuestros brazos. Parafraseando a un programa de televisión: ¿cuál es el origen? Una vez más, fue el gran musicólogo Lauro Ayestarán uno de los pioneros en el estudio de las canciones de cuna en Uruguay. Entre las décadas de 1940 y 1950 había recorrido los caminos de la patria, hasta sus recovecos más escondidos, con un enorme grabador para registrar a músicos anónimos tocando canciones folklóricas. Más de cuatro mil grabaciones realizó en esas condiciones, conformando el mayor acervo de música nacional del género.

En 1959, escribió sobre música popular y allí reflexionó sobre el valor cultural del "arrorró". Según Ayestarán, el rey de Castilla Alfonso el Sabio, escribió en el lejano año 1250 una cantiga, un poema para ser cantada acompañado de música. Esa cantiga, catalogada luego como la 249 según el código del Escorial, comenzaba diciendo: "aquel que de voontade Santa María servir", o sea, "aquel que quiera servir a la Virgen María".

"La música de esa cantiga, compuesta en modo menor, fue la base del "Arrorró" que nosotros cantamos en modo mayor. Este cancionero no se ha movido, ha quedado intacto, ha permanecido con una fijeza mineral dentro del paisaje criollo. Este cancionero es compartido además por todo el área de la cultura occidental", escribió Ayestarán en su ensayo.

Pero más modernamente, han surgido otras teorías sobre el "arrorró". Francisco García- Talavera, lingüista e investigador español oriundo de Tenerife, arguye que el origen del canto de cuna es bereber, que se cuajó durante años entre los pueblos nómades del Sahara y que luego pasó al archipiélago canario, donde tomó forma y se castellanizó.

Además, con el tiempo, pasó desde Canarias al continente americano, donde se volvió popular en todos los países. De hecho, los canarios se lo tomaron tan en serio que nombraron al "arrorró" como su himno de su comunidad.

Hoy existe una letra bastante estandarizada, que se sigue cantando en español, más allá de las fronteras: "Arrorró, mi niño/ arrorró, mi sol, arrorró pedazo/ de mi corazón...".

De todos modos, es probable que entre estas dos teorías no haya una contradicción, sino una ilación. Es probable que con la invasión árabe del siglo VIII, la tonada de los bereberes haya penetrado en la península ibérica y haya quedado como costumbre en los cantos de cuna. Cuatro siglos después, el rey Alfonso tomó la entonación y la aplicó en su cantiga. Ocho siglos después, cuando el nene tiene sueño y no se puede dormir, recurrimos a la tonada milagrosa de una voz que atraviesa las épocas y desde el fondo del tiempo llega para cerrarle suavemente los párpados.

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