Laponia: en busca de las luces del norte

Pasando el círculo polar ártico, en la región de Escandinavia, existe un mundo congelado por descubrir. Su encanto radica en la belleza de los inhóspitos paisajes, en la fascinación que despierta la cultura sami y en el privilegio de contemplar la aurora boreal

Por Natalia Correa

El viaje comenzó con el único objetivo de avistar las luces danzantes del norte, que se dejan ver en todo su esplendor entre los meses de setiembre y marzo en Laponia. Así se llama a la región que abarca la zona norte de Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia. En mi caso, viajé a mediados del mes de noviembre, primero a Kiruna, la ciudad más septentrional de Suecia, y luego al Parque Nacional de Abisko. Estaba viviendo en Upsala, a pocos kilómetros de Estocolmo, y me sumé a un viaje en ómnibus con la empresa Scanbalt, que nos ofrecía un tour completo por esta región de noches eternas y con temperaturas que se ubican muy por debajo del 0ºC.

Admito que en ese entonces mi principal preocupación era si podría ver la famosa aurora boreal. Para no ilusionarnos nos decían que era posible que no la viéramos y que había que confiar en la suerte. Sin embargo, una vez que llegué allí, descubrí que Laponia tenía mucho más que ofrecer que este bello e inusual fenómeno de la naturaleza. La primera imagen que tengo del viaje es la de parar en una estación de servicio de madrugada, en medio de la nada, bajar medio dormida y sentir un frío seco y helado, mientras que veía cómo el reloj de calle marcaba -8ºC. Y eso porque era noviembre, en enero puede haber hasta -40ºC en el norte de Suecia.

Cuando llegamos a Kiruna, era temprano de mañana y los colores del cielo eran los del amanecer. Las horas de luz son muy escasas y tenues en esta época del año en Laponia, lo que genera que el cielo esté siempre teñido de color rosáceo hasta que, pasado el mediodía, llega la noche. La vista desde mi cabaña era simple pero hermosa y transmitía tranquilidad. Una pequeña casa roja contrastaba con el suelo completamente nevado y no se escuchaba un solo ruido. Salimos a recorrer Kiruna (mientras una guía nos contaba acerca de la historia de la ciudad) y nos detuvimos en un lago congelado para deslizarnos en el hielo. Todo estaba cubierto de nieve, las calles, las plazas, los techos de las casas, hasta la iglesia se escondía en un montículo blanco. Los árboles, completamente desnudos, contribuían a crear un perfecto paisaje invernal que parecía sacado de una postal.

Expedición en la nieve

LAPONIA 06

Muchas son las actividades que se pueden realizar en esta región y teníamos planificadas varias para esa tarde. A mi grupo le tocaba primero un paseo en trineo tirado por perros siberianos y después manejar una moto de nieve, todo un desafío. A medida que íbamos alejándonos del centro de la ciudad el frío se hacía sentir cada vez más. Nos llevaron a una cabaña donde nos dieron trajes especiales, que parecían diseñados para astronautas, y algunas instrucciones para el paseo. Los perros siberianos aguardaban expectantes delante de los trineos e imponían respeto con su postura firme y sus penetrantes ojos azules. Con un poco de temor, me acerqué para acariciarlos y sacarme una foto. Luego, en grupos de cuatro, nos subimos a cada uno de los trineos y esperamos a que empezara el recorrido.

El trineo iba despacio, lo que nos permitía apreciar el paisaje que nos rodeaba, que se asemejaba bastante a mi visión del polo norte. Era único, completamente distinto a cualquier otro lugar que hubiese conocido hasta el momento: un manto de nieve lo cubría todo y contrastaba solamente con las nubes rosadas que se veían en el horizonte. Me desperté de mi trance cuando sentí dolor en la mano derecha; se había caído el guante. Entonces recordé que una de las instrucciones había sido que si esto sucedía avisáramos enseguida porque estaba totalmente prohibido estar sin guantes; en esa zona debía haber alrededor de -15ºC. Intenté aguantar un rato hasta que uno de los guías se dio cuenta e hizo frenar la larga hilera de trineos. Me alcanzaron el guante pero igual la mano tardó en reaccionar. De todas formas, nada de esto arruinó el paseo, que culminó en una carpa donde nos dieron algo caliente para tomar y recuperar energías para lo que se venía.

La idea de manejar por primera vez una moto de nieve y en la noche (aunque eran alrededor de las tres de la tarde), no parecía tarea sencilla. Como si fuera poco, para meternos aun más presión, nos dijeron el precio de la multa que tendríamos que pagar si algo le pasaba a la moto (no recuerdo exactamente el importe, pero era mucho). Comenzó manejando una amiga, a toda velocidad, casi como si fuera una experta. Cuando el técnico nos veía nos gritaba "smooth" (suave), pero mi amiga no le hacía mucho caso. Luego lo perdimos de vista y a partir de entonces todo se descontroló. Íbamos demasiado rápido y cada tanto nos hundíamos en la nieve y tenían que venir a sacarnos.

En una de las grandes aceleradas vi cómo íbamos directo a un árbol y tuve pánico, en mi cabeza aparecía la cifra que tendríamos que pagar si estrellábamos la moto. Cual escena de película, frenamos en seco a dos centímetros del árbol que podría haber sido nuestro fin. Con a esta experiencia, cuando me tocó manejar lo hice muy "smooth" y el paseo fue tranquilo. La jornada tuvo su broche de oro cuando nos llevaron a conocer a los cachorros de los perros siberianos, que no podían ser más adorables. Jugamos con ellos hasta que, cansados y con frío, volvimos a la cabaña con la sensación de que llevábamos bastante más de un día en Laponia.

En el corazón de la cultura escandinava

LAPONIA 07

Nos despedimos de Kiruna temprano para dirigirnos al famoso Hotel de Hielo, ubicado en Jukkasjärvi, un pequeño pueblo a las afueras de la ciudad. Estaban terminando de construirlo y faltaban unos días para que abriera por lo que no pudimos acceder al hotel, pero sí pudimos ver los grandes bloques de hielo almacenados en el depósito. Cada año el Icehotel se rediseña y reabre en diciembre hasta abril. Aunque, según el sitio web, a partir del 2017 va a estar abierto los 365 días del año. Me quedé con ganas de saber cómo sería dormir en una de esas habitaciones de hielo, con camas de hielo y acolchados de piel de reno para soportar el frío. Recomiendan alojarse una sola noche en una habitación fría, donde la temperatura ronda entre los -5ºC y los -8ºC, para probar la experiencia, y el resto en habitaciones cálidas. Aunque no pudimos conocer el hotel, sí visitamos el bar de hielo. Fue sin dudas el bar más exótico en el que estuve en mi vida, todo el lugar, incluidos los vasos, estaban hechos de hielo.

La siguiente parada en nuestro recorrido fue el campamento sami hacia donde nos dirigimos para conocer la cultura del pueblo autóctono de Escandinavia, que habita la región de Laponia desde hace más de 9000 años. Primero ingresamos a una pequeña cabaña de madera, donde junto al fuego y un vaso de sopa de reno, con muchas calorías para entrar en calor, comenzamos a escuchar historias. El ambiente era muy acogedor e invitaba a perderse en el relato a través de una tenue voz de fondo que nos hacía viajar al pasado.

Los sami provienen de oriente, son de estatura baja, y tienen el pelo oscuro y los ojos rasgados, aunque algunos son rubios debido a las mezclas con los nórdicos de origen europeo. Solían ser nómades y vivir de la cría de renos pero actualmente solo el 10% se dedica a esta actividad. Durante el siglo XX la mayoría se integró a la sociedad y se volvieron sedentarios, muchas veces por la fuerza. El estado de bienestar que empezaba a construirse en los países escandinavos requería que toda la población estuviese integrada al sistema, incluidos los sami. Sin embargo, ellos lucharon por conservar sus tradiciones y actualmente hay muchas festividades sami en Laponia como el Jokkmokk Market, celebrado en febrero. Se estima que hay un total de 82.000 sami, de los cuales 20.000 se encuentran en Suecia. La familia que visitamos hablaba perfecto inglés, ya que están acostumbrados a recibir turistas, pero en general hablan solamente sueco y su lengua sami. Una particularidad de este grupo autóctono es su canto popular. Se denomina Yoik y crean uno para cada ocasión o sentimiento. Por ejemplo, pueden tener uno para el nacimiento de un hijo y otro para el día en el que se mudaron a su nuevo hogar.

De la ensoñación en la que estábamos, producto del calor en la cabaña, salimos al frío helado. Estuvimos un rato largo afuera, alimentando a los renos de la familia sami. Ya era de noche y la verdad no recuerdo haber sentido jamás tanto frío como en este lugar, apartado de toda civilización.

Habría alrededor de 12 renos y solo uno de ellos era blanco, una especie rara que se dice que brinda suerte al que se le acerca. Estos animales parecen estar siempre en su mundo y transmiten mucha paz. Luego de un rato, todos queríamos subir al ómnibus porque no soportábamos el frío. Arriba, con un té caliente volvimos a entrar en calor, mientras compartíamos anécdotas de nuestra instancia con los renos.

Regalo de la naturaleza

LAPONIA 04

Después de descansar un rato en el hostel, lo mejor nos esperaba sin saberlo. Nos encontrábamos en el Parque Nacional de Abisko, uno de los lugares ideales para ver las luces del norte por su ubicación y su oscuridad. Esa noche fuimos a una carpa (de las típicas que vemos en las fotos de auroras boreales) a conversar, comer malvaviscos asados y tomar glögg, el aromático vino caliente sueco. A pesar de estar muy cómodos y calentitos, teníamos que salir de a ratos a ver si veíamos algún vestigio de la aurora. Al principio estábamos superpendientes y nos turnábamos para salir cada cinco minutos, pero nada. Después nos entretuvimos con el glögg y las charlas y nos olvidamos del gran motivo que nos había congregado allí. Y como todo lo mejor en la vida, que pasa cuando uno menos se lo espera, alguien abrió la carpa gritando: ¡la aurora boreal!

Salimos corriendo y lo que vi me dejó impactada. Unas franjas verdes se movían de un lado a otro en forma imprevisible. Danzaban a su antojo generando un fenómeno difícil de expresar con palabras. Era realmente mágico que la naturaleza nos estuviera brindando ese espectáculo. Recuerdo que miraba el cielo, sonreía, comentaba con el de al lado cuando de repente las luces pegaban un giro inesperado y al mismo tiempo mandaba un mensaje contando lo increíble que estaba viendo. Duró unos pocos minutos y se fue. Volvimos a la carpa pero enseguida salimos de nuevo porque habían vuelto y con mayor intensidad.

Esta vez las disfruté con más tranquilidad, me tiré en la nieve a mirar hacia arriba maravillada y a dejarme llevar por las luces que iluminaban casi todo el cielo, y hasta se veía un rastro rosado, un color más difícil de ver en la aurora boreal. El color verde lo producen las partículas solares de oxígeno al chocar contra la atmósfera mientras que el rosado de los bordes es producido por las partículas de helio. La noche culminó con la sensación de haber cumplido una misión, esa por la que emprendimos el viaje a Laponia. Fuimos testigos de las luces del norte, un fenómeno que hay que ver al menos una vez en la vida y que a pesar de tener su explicación científica sigue siendo, para muchos, un misterio.

Solo para valientes

LAPONIA 03

Un viaje a Laponia no está completo sin hacer el famoso ice swimming que consiste en darse un chapuzón en un lago congelado, previo paso por un sauna. Es una experiencia que cuando te la cuentan parece demencial pero es muy divertida y vale la pena animarse. No sé qué es peor, si zambullirse en el agua helada o correr por la nieve de malla y con medias (porque si no se congelan los pies) en esos metros que separan el sauna del lago. Es tanto el frío que se siente en el camino que luego el shock con el agua no es tan grande, aunque los cubos de hielo flotando en el lago impresionan. Después hay que correr al sauna para tomar calor otra vez y, si la experiencia no fue muy traumática, volver a darse un chapuzón. Lo importante no es cuantas veces tirarse sino poder decir ¡lo hice!