Las bondades del petróleo

Bienvenida sea el posible descubrimiento si ayuda a reforzar el marco institucional

Reconozco que me siento identificado plenamente en el grupo de los que Adolfo Garcé denominó, en su columna semanal de los miércoles en El Observador, de “petróleoescépticos”, es decir, entre aquellos que ven con preocupación las consecuencias del descubrimiento y sobre todo la explotación de petróleo en Uruguay. Garcé resume claramente los tres principales argumentos de este grupo: 1) el recurso más importante de un país es la educación de su gente y no la abundancia de recursos naturales (por cualquier duda, compárese Argentina y Japón); 2) la abundancia de recursos materiales y en especial los extractivos facilitan la corrupción y la dilapidación de su producido, salvo que haya un fuerte marco institucional como en Noruego u Holanda; y 3) en el caso uruguayo, el riesgo ambiental al tener que perforar en la plataforma submarina a 6000 metros, no es de menor entidad.

Aún compartiendo los tres argumentos, Garcé hace una defensa de la institucionalidad uruguaya, llama a no hundirse en el fatalismo y a trabajar en el diseño de una política de estado sobre cómo manejar el tema del petróleo si finalmente se confirma su existencia y si es rentable su operación.  Y aparte de elogiar la reunión del presidente Vázquez con los cuatro ex presidentes del período democrático, afirma que es necesario sentar las bases de una política petrolera de alta calidad para lo cual “no alcanza obviamente con escuchar a los ex presidentes. Además, hay que involucrar a la cúpula de todos los partidos, al Parlamento, a las principales agencias del Estado implicadas (desde el Ministerio de Industria, Energía y Minería a ANCAP, pasando por la Oficina de Planeamiento y Presupuesto), a organizaciones ambientalistas de la sociedad civil, y a expertos tanto de nuestro sistema universitario como de otros países”.

Totalmente de acuerdo con Garcé. Y destaco que el posible descubrimiento de petróleo ha generado desde ya algo positivo. Nos hemos percatado que es necesario hacer una política de estado. Hemos comprendido que no podemos caer en el peligro de ser una Venezuela o Nigeria o cualquier otro país petrolero que gasta (o malgasta) rápidamente su renta petrolera que en general se obtiene sin demasiado esfuerzo de la fuerza laboral. El “oro negro” (aunque en estos tiempos de “oro” tiene muy poco) nos hace pensar más en el largo plazo, nos obliga a coordinar políticas entre gobierno y oposición, e incluso a coordinar dentro del propio gobierno saltando por encima de las habituales “chacras” que suele haber. Aún más, nos impulsa a pensar toda la política y la matriz energética del país de la cual la derivada del petróleo es solo una parte y va camino a ser una parte menor en la medida que se desarrollen fuentes alternativas de energías limpias y renovables.

Bienvenida sea pues el posible descubrimiento de petróleo si ayuda a reforzar el marco institucional. Pero si ante algo que es solo una eventualidad, el presidente de la República convoca a los expresidentes para que aporten su experiencia y sus conocimientos, ¿por qué no los convoca con más frecuencia para trabajar sobre otros problemas de largo plazo? Por ejemplo, y ya que estamos hablando de petróleo y nos sobrevuela la enorme crisis de ANCAP, sería bueno hablar sobre la forma de conducción de las empresas del estado, sobre su relación con el gobierno central en cuanto a la fijación de objetivos de resultados, inversiones y financiación, sobre el método para que la fijación de sus tarifas no sea producto de las necesidades fiscales del momento.

Y yendo más allá, ¿por qué no convocar a todos los ex presidentes y todos los líderes de los partidos políticos y los actores sociales para solucionar el pavoroso problema de la enseñanza? Problema que no se mide en forma de pérdidas contables sino en destrucción de oportunidades para nuestros jóvenes, en frustración personal de miles de jóvenes que no aciertan a terminar Secundaria e integrarse al sistema formal de trabajo, en fomento de la marginación social con todo lo que ello implica para las personas, sus familias y sus amigos.

El petróleo puede estar o no. Pero los otros problemas sí están. Y el de la educación rompe los ojos. Y claramente no pueden resolverse solo por el gobierno de turno y menos si el gobierno de turno tiene que lidiar con innúmeros problemas internos. Reconózcamele al petróleo la virtud de abrirnos los ojos que lo que nos hace falta son políticas de estado de largo plazo en asuntos de la máxima importancia nacional y apliquemos la receta a esos asuntos. ¿O nos quedaremos de brazos cruzados esperando otro boom de las materias primas para tapar los problemas del momento?


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