Las broncas de "Sufrido" y de "Juan Clase media"

El gobierno tiene reclamos para atender y malhumor para escuchar con atención
El gobierno tendrá una oportunidad de celebrar un dato económico en los próximos días: el jueves 23 se conocerá el resultado general de la economía uruguaya en 2016 y las proyecciones indican que hubo prolongación del histórico crecimiento productivo que comenzó sobre el final del gobierno de Jorge Batlle y ha persistido durante los tres gobiernos del Frente Amplio.

En el brindis no deberían estar solamente las copas del gobierno sino de todos, porque la noticia es buena para el país en su conjunto, pero la administración Tabaré Vázquez tendrá el sabor especial de haber ganado a las expectativas de desaceleración instaladas durante el año pasado. No hubo ni desaceleración, sino aceleración del crecimiento.

El dato no será menor, porque antes se preveía estancamiento ("crecimiento cero") o incluso alguna baja del producto ("leve recesión"), y eso hubiera significado un corte de la tendencia, o sea un "fin de ciclo". Ahora esa época de aumento del producto sigue de largo.

Aunque no figura en el calendario de difusión de datos oficiales, esta época del año es en la que también se conocen otros datos, que justamente tiene alto significado para el país en su conjunto, pero en particular para el partido de gobierno: los índices de indigencia, pobreza y distribución del ingreso. Y acá no es tan bueno lo que se espera.

De alguna forma ya el año anterior había traído un registro no grato para el Frente Amplio. Para la izquierda, la meta política no se limita al crecimiento, sino que debe estar acompañada de una constante mejora de la distribución del ingreso: "el crecimiento inclusivo".


La indigencia y la pobreza bajaron de la mano desde que la izquierda llegó al gobierno pero eso se frenó en 2015. La cantidad de gente que no tiene ingreso suficiente para alimentarse con lo básico bajó hasta 0,3% en 2014 y al año siguiente quedó en ese valor. Como es casi nada, en el gobierno lo dan como si fuera "cero" y entonces, meta cumplida sin preocuparse porque no baje.

La pobreza venía de más de 39% al final del gobierno de Batlle y descendió hasta 9,7% en 2014, pero ya no bajó en 2015 y quedó en ese valor.

Y la distribución del ingreso se hizo más equitativa hasta 2012, luego se concentró en 2013, mejoró al año siguiente y empeoró en 2015. Ya sin reformas de fuerte impacto para este indicador, como lo fueron la creación de planes de asistencia social, y las reformas impositiva y de la salud, no es sencillo que el reparto se haga más equitativo.

Además, la "masa salarial" conjunto del mercado laboral perdió poder adquisitivo en los dos últimos años: -1,6% en 2015 y -0,65% en 2016, porque pese a la suba del salario real hubo baja en el nivel de ocupación y las horas trabajadas.

Y el ingreso familiar en su conjunto, compuesto no sólo por salarios sino por empresarios, rentistas y también "cuentapropistas" y trabajadores informales, interrumpió la racha de aumento real y disminuyó 1% en 2016.

Pero más allá de los números, y aunque los números de baja de pobreza son indiscutibles, el problema que asoma con dureza es el del desdoblamiento social con heridas difíciles de curar. Hay miles de familias sin esperanza de progreso, debido a la pérdida de movilidad social ascendente para hogares que están al margen del desarrollo. No hay igualdad de oportunidades para esos uruguayos, y el resentimiento se traduce en más violencia.

Ahí hay amargura y resentimiento.

No sólo esas familias sienten insatisfacción o mal humor; la "clase media" también acusa fatiga y eso también permea en dirigentes del Frente Amplio que sienten que olvidaron atender esa franja de la población, y del electorado.

Es el malestar por carga tributaria creciente, que se da sin mejora sustancial de servicios públicos. Es gente que une el aumento del impuesto a la renta con las pérdidas de ANCAP, el precio caro de los combustibles con gestiones que derivan en investigadoras y en expedientes judiciales. También con la discusión sobre el Fonasa y la estafa que escapó a los controles, con la espera de meses para ser atendido por un especialista.

Y que une el aumento del boleto de ómnibus al bajo precio del petróleo internacional. Y que recuerda que con la diversificación de la matriz energética iba a bajar la tarifa de UTE, pero al final subió otra vez en enero.

Es la clase media que corta grueso y que no valora que el impuesto al consumo bajó para el usuario de tarjetas bancarias, que ve lo malo pero no lo bueno, pero que transpira bronca.

En el escenario de la política y la opinión pública, asoman dos personajes que se quejan desde los costados del telón: "Sufrido", aquel personaje creado por Hogue al final de la dictadura para el diario "El Día", y "Juan Clase Media", el del Partido Independiente en la campaña de 2014.

Obvio que no hay sufrimiento político, pero "Sufrido" puede en estos tiempos representar al marginado que no será pobre en la medición de ingreso, pero que sufre porque sí es pobre en cuanto a sus posibilidades de alcanzar una vida digna.

"Juan" siente que el gobierno le saca plata de su bolsillo para darle a "Sufrido", y que eso no se nota en mejora, pero que fundamentalmente le mete impuestos para alimentar una burocracia que devora recaudación y no mejora su devolución en servicios a la sociedad.

Para una parte del oficialismo, eso justifica que para atender demandas de gasto público, haya que cargar las tintas (tributos) sobre "los ricos" o el "gran capital". En la otra parte del Frente, que es la que tiene la conducción económica, eso conspira contra la inversión, que es justo lo que se necesita mucho para generar puestos de trabajo y más dinamismo económico. Y además, no generaría gran ingreso para el fisco.

"Juan" y "Sufrido" están de malhumor y eso no es menor.

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