Las luces de Marconi: ONGs que alumbran la vida del barrio

Varias organizaciones trabajan en la integración y la educación del barrio
Las luces de Marconi
Cuando Carmen piensa en Marconi, llora. Si ve que las calles del barrio que quiere tanto se convierten en un escenario de guerra y que los niños a los que cuida cada día tienen miedo, no puede evitar que lágrimas caigan de sus ojos. Esto le sucedió la semana pasada cuando un tiroteo entre policías y dos jóvenes que presuntamente habían robado una moto desató el caos en Marconi y solo dejó tragedias: un ómnibus incendiado, decenas de detenidos, varios heridos y un joven muerto.

Solo recordar el episodio la angustia. Sin embargo, lo que más le duele es que los demás no vean lo mismo que ella: que no es la gente de su barrio la que hace esas cosas, que Marconi es un barrio de gente buena.

Una zona de campo y sin bolsas de basura es lo que recuerda de la primera vez que llegó a Marconi, hace más de 30 años. Como monja de la Compañía de las Hermanas de la Caridad, fue a cumplir con lo que la congregación predica: el cuidado a los más pobres. Y si bien entre medio tuvo que trasladarse a otros centros de la obra, Carmen volvió cuatro veces a Marconi para trabajar en el CAIF Casa Cuna Santa Rita que la congregación dirige. La última vez que volvió fue por elección propia.
"Lo que más me gusta del barrio es la gente. Es muy buena y trabajadora. Ya temprano escuchás los carritos. El día que llueve mucho no los oís y te da pena porque no pueden salir a trabajar y pensás: hoy quién sabe si tienen para comer", contó a El Observador.

En un barrio tildado de "zona roja" donde a raíz de los últimos incidentes desde hace una semana la policía patrulla sin parar, la policlínica de ASSE suspendió sus servicios y la línea de ómnibus 405 dejó de ingresar; cientos de educadores, trabajadores sociales y religiosos concurren cada mañana dispuestos a hacer frente a cualquier tipo de obstáculo porque Marconi los necesita.

La ausencia de servicios públicos en la zona motivó a la gente del barrio a buscar ayuda externa. Fue así que en las últimas décadas diversas organizaciones sociales se acercaron al barrio, dispuestas a dar apoyo en lo que respecta a la educación, salud, trabajo y vivienda. Entre todas dan atención a niños y jóvenes desde 0 hasta 17 años. Pero además, generan instancias de capacitación para los adultos y colaboran en el acceso a oportunidades laborales.
En su mayoría mantienen vínculo con la Iglesia Católica y se sustentan económicamente gracias a convenios, fundaciones y colaboración de particulares. Sin embargo, coinciden en que el motor principal suele la propia gente del barrio que, entusiasmada con los proyectos, pone de su parte para sacarlos adelante.

Así sucedió, por ejemplo, con la Obra Banneux. Un colegio cuyo primer salón fue construido por los padres de los alumnos que además de construir, trajeron sillas y hasta el pizarrón. Hoy la obra es un edificio enorme y deslumbrante que rompe con el esquema de casas pequeñas y techos de chapa que caracteriza a Marconi.

"Ese es el gran milagro. Que pese a todas las dificultades que a veces sufrimos por estar insertos en este barrio, la obra es como ese oasis donde se reúne la solidaridad de muchísimas personas. Cada granito de arena, pared, aula, recuerda a una persona que ha estado detrás, que ha apoyado con su dinero o con su servicio", reflexiona la directora del colegio, María Jesús Besteiro.

Pero a pesar de eso, Besteiro dice que el lugar les está quedando chico porque no alcanza para cubrir la demanda, dado que el colegio es la única escuela primaria que hay en Marconi. En total tienen 440 alumnos, otros 210 que asisten al club de niños y 60 adolescentes del proyecto de apoyo a Secundaria.

Algo similar pasa con los centros educativos de la organización San Vicente. Una institución que comenzó porque un sacerdote, conocido como padre Cacho, decidió ir a vivir en la zona para colaborar con las familias. Al día de hoy, la organización tiene ocho centros educativos en los que trabajan 180 personas y se atienden entre 800 y 900 niños y jóvenes.

"Lo que más me motiva es creer en la gente, en la posibilidad de dar oportunidades y a partir de ahí generar los cambios. También querer al barrio. Más allá de que uno lo vea gris, tiene otras cosas que vamos descubriendo", contó Arllene Ychuspe, trabajadora social de San Vicente y coordinadora del área de trabajo con clasificadores de residuos, programa del que participan cerca de 60 personas.

Besteiro reforzó la importancia de estar allí. "Vivimos las mismas situaciones que vive la gente del barrio. Las mismas angustias, inconvenientes, miedos. Pero desde la perspectiva de ser una institución educativa, intentamos enseñar en sentido amplio: acompañar, amar, caminar juntos, porque vivimos con ellos".

Convivir con el problema

Pero aunque la motivación es grande y los logros alcanzados son muchos, el barrio sigue siendo rehén de una realidad conflictiva que cada vez pone más obstáculos para estas organizaciones.

Para Ana Laura Scarenzio, trabajadora social de la obra San Vicente desde hace 20 años, Marconi ha sufrido cambios en este último tiempo. Algunos para bien, como la disposición de nuevos servicios médicos en la Policlínica de ASSE, la construcción de plazas y la incorporación de nuevos centros educativos gracias a las organizaciones sociales.
Sin embargo, todavía quedan vacíos que marginan al barrio y por desgracia, las instituciones por sí solas no pueden tapar.

"Todavía hay muchas cuestiones que tienen que ver con la vivienda y calidad de vida de las personas que no hemos podido como sociedad resolver, independientemente del gobierno de turno. Sigue habiendo viviendas muy precarias, sin saneamiento, sin la adecuada caminería. Muchas cosas que todavía no hacen al barrio como otros de la ciudad", sostuvo.

Para María Rosa Galván, maestra de inicial de 5 años en el colegio Banneux y vecina de Marconi de toda la vida, el problema está en la ausencia de una dinámica sobre cómo organizar el barrio por parte de las autoridades.

Dice que no se ha hecho un esfuerzo por reparar las veredas, el saneamiento es poco y la locomoción escasa. A esto se suma que los centros educativos sean privados y que si bien se construyó un liceo, este se encuentra en el barrio Borro y para llegar los jóvenes deben caminar casi 20 cuadras.

"A la dinámica de integración del barrio a la sociedad todavía le falta mucho. Estamos no solo aislados por kilómetros sino también por estas estructuras institucionales que no están dadas", opinó.

A esto se suman los problemas de inseguridad de lo que los disturbios de la semana pasada son solo un ejemplo. De las cuatro veces que la hermana Carmen estuvo en Marconi, nunca fue víctima de robo. Sin embargo, la hermana que la precedió en el centro no tuvo tanta suerte. Le robaron nueve veces seguidas, una de ellas en la puerta del Caif, y se llevaron el dinero para pagar el sueldo de los educadores. En otra ocasión incluso la golpearon.

No es normal


"Lo del otro día no fue normal y no queremos que sea normal", dijo preocupada Judith Amaral, maestra coordinadora del CAIF Santa Rita. Para ese día , las hermanas y los docentes habían planificado una fiesta con motivo del Día de la Madre. Todo estaba preparado pero mientras las familias llegaban al centro, las balas y gritos comenzaron a escucharse. De inmediato los festejos pasaron al segundo lugar . La prioridad fue resguardarse en los salones y entretener a los niños hasta que todo pasara.

La semana siguiente a los incidentes, el CAIF no abrió sus puertas ningún día. Convencidos de que "el tema" saldría en el aula, el cuerpo docente decidió tomarse el tiempo para reflexionar sobre lo ocurrido y decidir cómo abordarlo con los niños.

Pero más allá del caso concreto, quienes trabajan en el barrio saben que no será la última vez y es necesario tomar medidas pronto. La directora del colegio contó que en las últimas semanas las organizaciones sociales comenzaron a generar instancias de diálogo para intercambiar opiniones sobre el tema y comenzar a definir una estrategia de acción en conjunto.

El cambio como recompensa


Para Galván, Marconi lo es todo. El lugar de origen de su familia, cuando en 1957 su abuelo construyó una de las primeras casas del barrio. La zona donde se crió y descubrió su vocación. También donde se enamoró y formó una familia. Por todo esto María Rosa todavía elige vivir en Marconi. Pero además, elige trabajar como maestra para transmitir a los niños del barrio su mayor aprendizaje: "Con empeño siempre va a haber una recompensa".

Conoció la obra Banneux de niña cuando, gracias al apoyo económico que la institución brindó a su familia, ella y sus seis hermanos entraron al colegio. Allí pudieron estudiar y tener un lugar de respaldo mientras sus padres trabajaban. "Pasaba aquí desde las 8 hasta las 5 de la tarde. Ees una familia; así me siento desde que comencé", contó.
En la organización también descubrió su vocación por la docencia cuando la invitaron a ser catequista de adolescentes. Como si fuera poco, un año después de recibirse, en Banneux le ofrecieron integrar el cuerpo docente y convertirse en maestra de inicial de 5 años, lo que la llenó de orgullo. "Necesitaba poder volcar todo lo que me habían ayudado en mi vida. Estas experiencias son muy valiosas para mostrar a los demás que aunque estés inmerso en este medio se puede salir adelante", dijo.

La incorporación de exalumnos al cuerpo docente de los centros es algo que se repite también en Padre Cacho y en la Escuela de Oficios Don Bosco, que dirige en Marconi el Movimiento Tacurú de la congregación salesiana. Para las organizaciones, la incorporación de exalumnos es de las cosas que más recompensan, ya que evidencian que el progreso es posible; algo que ni la inseguridad ni las carencias pueden superar.

"Contar dentro del plantel docente con exalumnos para nosotros es un gran orgullo en una zona donde las estadísticas dan que muy pocos chiquilines terminan Secundaria. Y es pensar que con empeño y esfuerzo sí se puede", opinó Besteiro.

Los baluartes


Para la hermana Carmen, el rol de los docentes es invaluable para este tipo de organizaciones porque la motivación para concurrir todos los días y enfrentarse a todo tipo de situaciones solo responde a una cosa: "El amor por el barrio y la gente".

"Trabajar acá es una elección que hacemos porque nos gusta y realmente vale la pena. Si no pensáramos que se puede, no estaríamos acá", dijo Judith y la voz no le tembló, como tampoco lo hicieron las voces de los educadores de los restantes centros cuando se enfrentaron a la pregunta: "¿Por qué vale la pena?".
. Es que es justo esa convicción lo que hace mover al barrio y lo que los hace sentir impotentes cuando los hechos de violencia como los vividos en los últimos días lo ponen en boca de todos, pero no como a ellos les gustaría. El Marconi que se convierte en centro de los medios y del que todos hablan, no es el que ellos conocen ni en el que confían, contó Besteiro.

"Este barrio como tantos otros tiene sus sombras, pero me animaría a decir que tiene más luces. Desde la cantidad de instituciones y asociaciones civiles que trabajan acá; el compromiso serio de centenares de trabajadores que ponen a disponibilidad sus conocimientos y esfuerzos para mejorar la situación del barrio; y desde las familias que luchan por forjar un futuro mejor para sus hijos. Ojalá que pudiéramos rescatar esto, las luces de Marconi", concluyó. l

Las organizaciones sociales que trabajan en la zona y lo que hacen

Escuela de oficios Don Bosco

Obra de la congregación católica Salesiana que trabaja en Marconi hace más de 40 años. Asisten cerca de 250 jóvenes de entre 12 y 17 años. El requisito es tener primaria completa. Allí se brindan cursos de carpintería, gastronomía, electricidad, corte y confección, con los que se puede validar Ciclo Básico completo.

Obra San Vicente del Padre Cacho

Fundada por un sacerdote de la Iglesia Católica. La obra lleva más de 40 años en el barrio y atiende entre 800 y 900 niños en un total de ocho centros educativos: cinco centros CAIF, dos clubes de niños y un centro juvenil. Además, ofrece un programa de capacitación e inserción laboral para clasificadores de residuos.

Colegio Obra Banneux

Obra social impulsada por el instituto secular Hermanas de la Natividad de María. Brinda educación inicial y primaria a 440 alumnos. Además, tiene un club de niños en convenio con el INAU que atiende a más de 210, y un proyecto de apoyo escolar a Secundaria al que concurren cerca de 60 adolescentes en contra horario al liceo.

CAIF Casa Cuna Santa Rita

Funciona como un centro CAIF que fue fundado por la congregación católicas Hermanas de la Compañía de la Caridad de San Vicente de Paul hace más de 40 años. Se atiende un total de 224 niños en dos programas, uno de educación inicial para niños de 2 y 3 años con atención diaria; y otro para madres y niños de manera semanal.




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