Las tres caídas de Ali

De todos los obituarios laudatorios a la figura del gran boxeador de la historia, pocos recordaron la enorme capacidad de recuperación ante los terribles mazazos que recibió dentro del ring
En una de las varias entrevistas que Playboy le realizó a Muhammad Ali, el boxeador más famoso de la historia había declarado que cuando se recibe un terrible golpe de puños en la cara, el mentón, la quijada o las sienes, la sensación que describe mejor ese momento dramático es la de tomar con ambas manos un grueso barrote de hierro que se golpea en el suelo. La vibración sube desde el barrote hasta los miembros superiores e inferiores, y básicamente todo el cuerpo comienza a temblar, las rodillas se aflojan y el horizonte se vuelve blando y borroso.

La catarata de obituarios (desde los excelentes a los obvios y trillados) que pulularon la última semana destacaron las cualidades más explícitas de Ali: su don de baile, sus juegos de piernas, la fineza de brazos al soltar descargas mortíferas sobre sus rivales, su carisma dentro del ring, su poder de concentración, su resistencia, su osadía y los múltiples resortes de su cintura aceitada. Pero pocos se enfocaron sobre un aspecto quizás no tan obvio de las dotes de Ali: su poder de recuperación ante los tremendos guantazos que recibió en varias peleas, cuando la vibración de la barra de hierro dejaba todos sus músculos eléctricos. A lo largo de su carrera, Ali tuvo solo tres knockdowns y ningún knock out.

El segundo fue en la llamada "Pelea del Siglo", cuando su archienemigo Joe Frazier lo engancha con una izquierda veloz y asesina que lo encuentra avanzando y le da de lleno entre la quijada y la oreja derecha. La boca del ex campeón se abre apenas para morder el protector, como un bebé que quiere el chupete para dormir. En una milésima de segunda las rodillas se hacen de goma y se doblan por su propio peso. Ante la mirada atónita de todo el Madison Square Garden de Nueva York, el gran Muhammad Ali se iba a la lona como una bolsa de papas, mientras explotaban al borde del ring decenas de flashes.

Ali pasa menos de un segundo con su espalda en la lona, hasta que se le enciende la alarma interna y sorpresivamente ante un golpe de esa magnitud, se levanta y se va contra las cuerdas. Todavía está mareado y conmocionado, pero en pie para continuar la lucha. En la misma entrevista de Playboy, explica que en esos instantes de suma confusión, una voz interna le repite una y otra vez: "arriba y a las cuerdas; arriba y a las cuerdas". Ali perdió esa noche de 1971 con Frazier pero no fue knock out. Luego tendría su revancha y le ganaría dos veces, la última y heroica en Manila, Filipinas.

El tercero lo tuvo contra Chuck Wepner, el boxeador blanco que inspiró a Stallone en Rocky Balboa. Wepner volteó a Ali con un golpe en las costillas. Luego Ali se levantó, respiró y destrozó a Wepner con un knock out carnicero en el último round.

Pero el primero es el más oscuro y menos recordado. Fue a finales de 1963, en Londres. Ali todavía no era Ali, sino el joven Cassius Clay. Era una gran promesa del boxeo estadounidense pero aún no era campeón. Su rival era el locatario Henry Cooper y la pelea se hizo en el estadio de Wembley.

Para infarto de todos los presentes, Cooper primereó al joven Clay con un gancho de izquierda y lo lanzó al suelo como un muñeco. Pero Clay tuvo la enorme suerte de que lo salvara la campana. Todavía aturdido luego del minuto de descanso, su entrenador Angelo Dundee no encontró mejor solución que hacerle un corte en el guante. Denunció el corte ante el juez, quien detuvo la pelea para que le cambiaran el guante. Así, Clay respiró, volvió en sí y venció a Cooper por knock out técnico, luego de cerrarle un ojo.

Con esa victoria, Clay consiguió el pasaje para enfrentar a Sonny Liston, en la que sería su primera coronación. ¿Qué hubiera sucedido de haber perdido? No hubiera peleado con Liston, pero en algún momento hubiera sido el campeón de los pesos pesados, porque su talento desbordaba el destino.


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