Los dueños de las lágrimas

El fallecimiento del director italiano Ettore Scola obliga a mirar su cine y a emocionarse hasta el llanto
Películas de muchos países tienen la cualidad de emocionar hasta el llanto. Pero ningunas como las italianas. ¿Por qué tocan más la fibra íntima? ¿Por qué tienen la cualidad de llegar hasta las entrañas? ¿Por qué es imposible no llorar con el final de Ladrones de bicicletas? ¿Por qué sigue trancándose la garganta en el final de Los inútiles? ¿Cómo no lagrimear con el final de Cinema Paradiso?

Nombres como los de Vittorio De Sica, Federico Fellini y Giuseppe Tornatore son los responsables de estos tres llantos, inmensos, hondos, que se mantienen en el recuerdo y, como una paradoja griega, a pesar de la tristeza infinita que retratan, nos producen otra tal infinita felicidad: de estar vivos, de estar en el mundo, de poder haber sentido una migaja de lo que muestran, de aceptar la tragedia de la existencia, de sentir en esos golpes visuales la encarnadura del destino.

La reciente muerte de Ettore Scola provoca que tengamos que abrevar de nuevo en su cine. Heredero de los grandes maestros del neorrealismo, Scola modeló su estilo en base a la cita, al homenaje, al guiño, a la parodia y la reiteración de símbolos anteriores de manera muy personal.

Cuidado de los ilusos que hoy creen ver en Tarantino un cineasta original. Tarantino es sublime, sí, pero sus procedimientos ya los había utilizado varias décadas antes y con singular talento un director de apellido Scola.

Sus filmes están poblados de momentos de emoción intensa. Las escenas se amontonan en la cabeza, como las escamas de un pez invisible que nada en alguna parte de nuestro cerebro ante la sola mención de la palabra “Scola”. La mente funciona de manera automática, solo hay que dejarla fluir.

Los tres amigos de Nos habíamos amado tanto, en la nieve, cuando eran jóvenes partisanos y luchaban contra los nazis, se reencuentran luego ya de viejos, con vidas separadas, con destinos zigzagueantes.

Tienen canas, arrugas, están cambiados. Les cuesta un poco reconocerse. Se abrazan, charlan, fuman juntos, hasta que el personaje que representa Vittorio Gassman se da cuenta de que no pertenece a esa vida, y se va hacia la noche oscura. Y tantas otras de ese filme, dedicado al gran De Sica.

El inicio de Un día muy especial. Sofía Loren recorre el apartamento romano donde vive y es un ama de casa que va despertando a cada integrante de su numerosa familia.

Ese complejo movimiento de cámara y de encuadres en espacios reducidos se disimula por la gracia de la escena, que fluye delante de nuestros ojos como si estuviéramos dentro de ese hogar, testigos privilegiados de una intimidad tan cercana que podríamos tocarla sin usar los dedos.

El diálogo entre padre (Marcello Mastroianni) e hijo (Massimo Troisi) en ¿Qué hora es? Cuando se preguntan uno al otro la hora, aunque en realidad estén entablando otro tipo de acto afectivo.

Ugo Toganzzi llora mirando Casablanca en La terraza, mientras sus amigotes Gassman y Trintignant se debaten en otros tantos problemas de estar vivo.

Scola fue el responsable de haber transformado a toda esa gente en partes de historias que mantienen su vigencia, su armonía, su música, su pisca de eternidad.

Su muerte, a los 84 años de edad, pone de relieve su obra, que espera paciente a todo quien quiera acercarse o revisitarla.

El muchachito de la sureña Campania que viajó a la gran ciudad de Roma, que descubrió el cómic, las tiras dibujadas y al gigante Fellini, que se fanatizó con el cine y llegó a ser el fino orfebre que este texto pretende recordar como obituario, dejó este mundo. Pero como todo creador, la forma de vencer a la muerte es mantener en pie su arte.

Mientras sigan existiendo ojos sensibles, las películas de Scola seguirán teniendo razón de ser.



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