Los líos que vienen

Trump puede iniciar una era de grandes conflictos por asuntos comerciales, políticos y migratorios
Donald Trump, el novísimo presidente de Estados Unidos, es un populista en un sitio peligroso; un ególatra primario conduciendo la mayor potencia mundial. Representa a una gran nación que tal vez ahora se repliegue sobre sí misma, privilegie el vínculo solo con algunos viejos aliados, como la Gran Bretaña del brexit, y ponga distancia con el liberalismo global del que fue maestro y vanguardia.

Trump llegó al gobierno contra viento y marea, tras derrotar en las elecciones del 8 de noviembre a los liberales representados por Hillary Clinton. De 53 medios de prensa importantes de Estados Unidos, 51 se habían opuesto a Trump en sus páginas editoriales, según el recuento de Martin Baron, director de The Washington Post. Sirvió de poco. El caso volvió a demostrar que los medios de comunicación, o al menos la prensa, inciden pero no manejan al público a su antojo. (Los uruguayos no deberían tener muchas dudas de eso desde el plebiscito constitucional de 1980, cuando una propaganda abusiva y monocorde se fue al tacho junto con el proyecto de los militares.) Los diarios de prestigio gozan de amplia credibilidad entre las elites pero no tanto entre la gente llana, que no los leen. Y quienes confían en su información, no necesariamente comparten su línea editorial.

Fue la clase trabajadora blanca la que llevó a Trump a la presidencia, contra la opinión de los profesionales acomodados, los intelectuales, la mayoría de las mujeres, los negros, los latinos y los inmigrantes recientes. Trump pulsó la cuerda del miedo de las clases populares y los wasp (blancos, anglosajones y protestantes), nostálgicos de las antiguas formas de vivir y trabajar. Si bien el desempleo en Estados Unidos es menor a 5%, las personas no pueden dejar de sentir una gran sensación de volatilidad y precariedad. Hay menos puestos de trabajos en el sector primario y en la vieja industria rutinaria y "sólida", y más en servicios delicuescentes o cambiantes.

Trump lanzó muchos fuegos de artificios, sobre todo en el plano internacional, con propuestas "aislacionistas", y señaló enemigos aquí y allá. El nacionalismo ramplón y la xenofobia suelen ser redituables en el corto plazo. También prometió convertirse en el "mayor productor de empleos que Dios haya creado". Rechaza la economía global y los acuerdos de libre comercio y apela al proteccionismo y a la amenaza directa a empresarios y políticos. Sus bestias negras son México, que capta grandes inversiones de empresas estadounidenses que procuran mano de obra barata, y China, la gran potencia emergente, a la que acusa de un dumping comercial a escala jamás vista.

La paradoja es que la economía de Estados Unidos nunca ha producido tantos bienes manufacturados como ahora, pese a emplear 7,3 millones de obreros menos que en 1979. Entre 1980 y 2015 la producción industrial estadounidense creció 250%, mientras que los puestos de trabajo se redujeron 40%, según un estudio de la Brookings Institution de Washington. Es el resultado de una productividad muy superior, del uso masivo de las tecnologías de la información y de los robots industriales que cortan, pintan, sueldan, transportan y montan.

Las cadenas de valor: productos que se arman por partes en diversos países, han hecho más por el bienestar material y la cultura global que millones de discursos. Un retorno al proteccionismo creará puestos de trabajo más primitivos y encarecerá mucho los bienes de consumo que llenan los hogares modernos, desde teléfonos y televisores a automóviles.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía 2008 y columnista de The New York Times, quien mantiene una guerra privada con Trump, advierte que "habrá represalias, y en grande. Cuando se trata del comercio, Estados Unidos no es tanto una superpotencia; China es, también, un actor enorme, y la Unión Europea es todavía más grande. Van a responder en especie y se dirigirán contra los sectores estadounidenses vulnerables, como la aeronáutica y la agricultura".

Mientras, como si nada, el sector militar estadounidense prevé seguir ganando con Trump tanto como ganó con Barack Obama; durante la presidencia de Obama la industria militar ganó más que en cualquier momento desde la segunda guerra mundial.

Después del cuarto de siglo relativamente liberal y global que siguió al fin de la guerra fría, ahora parece arribar un mundo más frágil, desconfiado y egoísta, si eso es posible. El miedo y la presión de los electorados nacionales producen fronteras altas, populismos de izquierda y derecha y más conflictos de cualquier tipo.

Acerca del autor