Los miserables y “un alma que supura veneno de otra generación”

Las características de las poblaciones más afectadas por la ausencia de clases

Más de un lector, y también algún dirigente político, piensan, porque me lo han dicho, que tengo una ojeriza con los docentes (aclararía con los gremios docentes), cuando dejan sin clases a los alumnos.

Como mi opinión es mía e intransferible, no tengo más remedio que escribir en primera persona para hacerle entender a algunos (a otros ni me interesa que entiendan y están los que nunca van a entender) qué característica tienen las poblaciones más afectadas por la ausencia de clases y por una educación tan pero tan en crisis que apenas dos de cada 10 pobres terminar el ciclo educativo.

Podría empezar por cualquier lado, pero empecemos por el olor a mugre. A eso huelen muchos chiquilines que van a la escuela y de ello dan cuenta las esforzadas maestras que tienen que lidiar con bastante más que el aroma a orín de algunos alumnos. La limpieza no tiene que ver con la pobreza, podrán argumentar muchos, no sin razón.

Pero a veces se trata de madres solas (del padre ni noticias) con cinco o seis pibes que atender. Algunos hijos, otros nietos que le endosan sus hijas, madres adolescentes y solteras (del padre ni noticias) que por el hecho de haber parido no dejan de comportarse como lo que son, nenas.

Hay que calentar agua en la garrafa, si es que tienen garrafas. Quizás la pobreza sea hoy más moderna pero en mi niñez nunca supe lo que era una garrafa; la cosa era a Primus. Luego, con esa agua, calentada en una olla en los meses más fríos, darles una lavada a trapo ¿a cuántos nenes? ¿Cuánto querosén hay que gastar para calentar el agua suficiente para lavarlos a todos?

He conocido en el INAU a muchachos que con 16 o 17 años nunca se habían dado una ducha de agua caliente. La primera ducha se la dieron cuando cayeron presos. O sea, en algún sentido les va mejor a los que delinquen que a los honestos que siguen usando, si es que pueden, el tarrito de agua para higienizarse. Yo fui un privilegiado, en casa siempre hubo calefón. El día que se rompió mi vieja dejó caer alguna lágrima, pero un vecino lo pudo reparar.

¿Y los dientes? Cuando van a pedir trabajo, muchos inventan una dirección distinta a la de la zona roja en la que viven: lo que no pueden es taparse la boca para ocultar la ausencia de dientes o el color oscuro de los que aún quedan pero están podridos.

La Facultad de Odontología atiende gratis, dirán los que en el discurso hacen de la pobreza una condición relativamente fácil de sortear. Recuerdo a mi madre llevándome una y otra vez a calmarme mis malditas muelas a Odontología –donde un día me atendían pero otro no- mientras ella perdía días de trabajo. Entonces, o van a trabajar o los llevan a arreglarse los dientes.

¿Y el gasto del transporte? Con el boleto a $ 26, un solo boleto puede ser la comida de uno o dos días. Recuerdo a mi madre pidiéndole al guarda que no me cobrara a mí el boleto aunque llevara túnica y moña en un horario y en un día en los que no correspondía la gratuidad. Entonces, ¿llevar al nene a Odontología o guardarse los $52 de la ida y la vuelta? $52 es un montón de comida, aunque no parezca. La opción parece lógica porque, además, ¿para qué quieren dientes sanos si después no tienen qué masticar?

Cuando los docentes hacen paro, como ocurrió este año varias veces, cierran escuelas donde les dan el único plato caliente del día. "Eso (que chiquilines se queden sin comer por un paro) no puede pasar", dijo la ministra de Educación. Pero pasa, pasó.

Y no te cuento cuando la falta de clases obliga a hacer malabarismos para ver con quién dejar a los nenes en esas horas para que la madre (del padre ni noticias) pueda ir a trabajar. Los sindicalistas dicen que esta situación no cabe en el debate sobre educación porque las escuelas no son guarderías, ¡qué se creen!

Por otra parte, ¿alimentación saludable dice la campaña del MSP? Una acelga cuesta $35, igual que un kilo de arroz. Habría que llevar a los técnicos en nutrición para ver cómo hacen para darle de comer a seis con un sueldo de empleada doméstica o de cajera de supermercado y que lo que comen los nenes sea sano y no sancocho. El sancocho calienta las tripas y llena. La acelga no.

Recuerdo con amor las torta fritas y el mate cocido que más de una vez recibí como cena, pero nosotros éramos tres y con 250 gramos de harina se solucionaba, al menos un día. Pero después, la noche siguiente o la otra, ya teníamos una comida de verdad. Pero yo era un privilegiado.

¿Cómo hacen hoy con el sueldo de empleada doméstica o de cajera de supermercado (dos trabajo que mi madre desempeñó con amor) y tienen que hacerlo rendir no sólo para las tortas fritas o el arroz?

¿Y la ropa? Cuando se tiene un solo par de championes –a veces regalado por algún vecino (señora, ¿tiene alguna ropita que me dé?) o por algún familiar en mejores condiciones- y del uso se le hace un agujero en la planta (lo primero que se gasta) hay una primera solución que es la plantilla de cartón, que cualquiera tiene a mano con una caja recortada. Cuando el cartón no aguanta, a uno le sale primero una ampolla en la planta del pie que luego se convierte en callo, entonces ya no es necesario el cartón. La zapatilla puede lucir bien en la capellada pero casi no tiene suela. Quizás las maestras sientan el olor a pie pero no sepan del callo, como quizás no sepan de otros callos invisibles que los chiquilines cargan en otros lugares.

Y no menciono al padre o madre abusador, ni las malas juntas del barrio, ni la boca de pasta base de la esquina, ni el techo de cartón que deja pasar el agua y recalienta con el sol, ni los parásitos intestinales, ni los problemas respiratorios agravados por la humedad de la casa, ni el piso de tierra y las pulgas y los piojos, ni la ambulancia que no entra al barrio, ni la TV que pone delante de los ojos de los nenes cosas a las que nunca podrán acceder por las buenas, ni los ni-ni, ni...

No hay política social que pueda con todo esto, ni política de salud, ni crecimiento económico, ni la mejora en la seguridad, ni la baja en la inflación, ni el dólar, ni nada. Todo esto y todas las demás políticas de gobierno, aunque sean exitosas, tienen un relativo impacto en familias que, como dice la murga la Catalina, "cargan con un linaje acumulativo de misiadura y un alma que supura veneno de otra generación".

Son tantas las carencias materiales y humanas que no hay reparto de dinero que pueda solucionarlo. Solo hay una cosa que, con un poco de suerte, los puede mover hacia un lugar más digno: la educación. No digo que los saque de la pobreza por arte de magia porque esa pobreza –material y espiritual- está tan arraigada que hay generaciones enteras que se perdieron y otras se están perdiendo en este mismo momento que usted lee esta nota, porque, al menos hasta hoy, la educación para los más pobres sigue inamovible en medio de una crisis insondable.

Y sí, no me banco los paros en la educación, y ahora que como todos los días y si me duelen las muelas me atiendo donde quiero, voy a aprovechar esta tribuna que me habilitan para recordarles lo miserable que son quienes no respetan a los que menos tienen.


Comentarios

Acerca del autor