Ludovic fue baleado por los terroristas y murió, pero no cansado

El miedo en un mundo en guerra

Entre tanto análisis sesudo y otros burdos, entre tanto horror y llamados a la guerra, tras los atentados en Francia hubo un asunto que me quedó dando vueltas en la cabeza y que me llevé a la cama más de una noche.

Entre tanto asunto trascendente y víctimas que ya no pueden responder, ni expresar su ira o su perdón, sentí –siento- un poco de pudor que un detalle así me genere preguntas para las que no encuentro respuesta. Pero ayer di con un par de mensajes escritos en Twitter por el escritor y experiodista de guerra español Arturo Pérez Reverte y con una información que alude a un francés llamado Ludovic Boumbas.

En uno de esos mensajes, Pérez Reverte escribió: “Interesante, el deseo de vivir del ser humano. ¿Y si los centenares de la discoteca se hubieran abalanzado sobre los del Kalashnikov?”.

Y en el otro: “La Europa de ideas serenas, democracia, cultura y dignidad está asustada, estupefacta y en fuga. Y huir sólo sirve para morir cansado”.

Lo que me había desvelado tras la masacre en la ciudad luz era precisamente eso: ¿cómo fue posible que nadie, aún asustado, que cinco, diez, entre los más de mil que estaban en el Bataclan, no hubiesen ido sobre el cañón del Kalashnikov? No hablo de actos heroicos sino del miedo expresado de otra forma.

Si un grupo hubiese ido sobre los dos atacantes islamistas, que tuvieron que dejar de disparar y recargar en varias ocasiones, habría habido muertos, pero quizás no tantos; lo que pasó en el vuelo 93 de American el 11 de septiembre de 2001 o lo que ocurrió este año con varios pasajeros del tren Amsterdam-París que detuvieron a un atacante que disparaba su fusil.

El viernes, cuando la locura homicida se desató en París, Ludovic Boumbas, un joven originario de Congo, asistía a la fiesta de cumpleaños de una amiga en uno de los bares atacados por los terroristas. Cuando vio que uno de ellos apuntaba su fusil contra una mujer, Boumbas se lanzó delante del atacante, recibió la bala y murió. La mujer lucha por su vida en un hospital.

Pensar en esto, lo sé, luce menor, trivial y hasta inhumano por poner en tela de juicio el coraje de las pobres e indefensas víctimas que  solo atinaron a tener miedo, el más humano de los sentimientos.

Sin embargo, este asunto de los cientos contra dos o tres, aún armados con fusiles, tiene que ver con dos cuestiones nada  triviales. La primera se relaciona con una frase que pronunció el presidente Francés Francois Hollande tras los atentados.

“Estamos en guerra”, dijo el  presidente galo. ¿Y de qué se trataron entonces los aviones de combate que Francia había enviado a Siria? ¿Es que solo se está en guerra cuando a uno lo atacan y no cuando uno ataca? Francia ya estaba en guerra y, a estar por la proclama de Hollande, no lo había advertido a su pueblo, aunque los franceses no es el primer golpe terrorista que reciben.

O sea, hay una guerra de alcance planetario y estar listos para correr al primer disparo, es normal, pero sepamos que también se está haciendo normal que el disparo estalle en cualquier lugar, porque estamos en guerra, así, en primera persona del plural.

Lo otro tiene que ver con la condición humana y su instinto de supervivencia: en ocasiones, sobre todo en ocasiones extremas, el instinto de supervivencia no necesariamente nos salva la vida sino todo lo contrario, conlleva la muerte, la nuestra y la de otros que, al igual que hubiésemos hechos nosotros –no al igual que Ludovic-, optaron por la humana reacción de huir, pero solo para morir cansados. 


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