Luz de luna, la película que muestra los rostros que Hollywood suele olvidar

El filme, que ganó el premio a Mejor película, muestra el viaje a través de las diferentes etapas de la vida de un hombre negro, gay y pobre que es discriminado y busca su propia identidad
En el mundo en el que vive Chiron los hombres no lloran, no usan pantalones ajustados y no se les permite disfrutar en público de una buena canción y bailar, libres. En el mundo en el que vive Chiron los hombres son misóginos, violentos, juegan solo a la pelota y maltratan a sus familias. Pero, sobre todas las cosas, en el mundo en el que vive Chiron un hombre no puede enamorarse de otro hombre. Y cualquiera que aparente hacerlo sufrirá las consecuencias.

El universo que retrata la película Luz de luna –que ganó el premio Oscar a Mejor película– es muy parecido al que viven jóvenes y adolescentes en el mundo real. Universos que habitan cientos de miles de "Chirones" que luchan contra sí mismos, contra sus entornos y contra un sistema establecido hace cientos de años y que no les permite ser ellos mismos sin antes pasar por un juicio social.

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Luz de luna es un esfuerzo muy acertado por parte del director Barry Jenkins y el escritor Tarell Alvin McCraney por retratar la vida de un joven que no solo es negro en un mundo racista, que no solo es pobre en un mundo capitalista, sino que también es homosexual en un mundo dominado por la heterosexualidad y el machismo.

La vida de a capítulos

Moonlight

La vida de Chiron se divide en un relato cinematográfico de tres partes: niñez (Alex Hibbert), adolescencia (Ashton Sanders) y adultez (Trevante Rhodes). A lo largo de la película, el espectador es colocado en escenarios de su vida diaria con ayuda de una cámara que funciona como testigo silencioso de la angustia, la incertidumbre y de los pocos momentos felices dentro de la intimidad del personaje.

Chiron vive en un gueto de Miami con su madre, que es adicta al crack. Una mañana, huyendo de unos compañeros de escuela que querían golpearlo por diversión, conoce a Juan (Mahershala Ali), un traficante de drogas del barrio que al verlo en estado de shock lo lleva a su casa y junto a su mujer Teresa (Janelle Monae) lo consuelan. Aquel breve instante de amor y aceptación construyen en la casa de la pareja el refugio perfecto para que Chiron pueda escapar de su cruda realidad. A su vez, encuentra en Jean un referente en quien sostenerse y del que aprende algunos de sus valores más importantes.

Pero la traición llega pronto.

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Esta primera parte pone de manifiesto la vulnerabilidad de un niño cuyo contexto social lo aplasta. Ya desde esta primera etapa de su vida, Chiron es encasillado como "el gay de la escuela" sin saber necesariamente qué significa eso. "¿Qué es ser un marica? Así me llamaron hoy unos compañeros", pregunta el niño a Juan durante una cena. "Es una forma de querer hacer sentir mal a una persona", le responde el hombre. Un diálogo que, en el contexto de la película, acusa al sistema educativo de ser uno de los grandes responsables del sufrimiento de niños como él.

La adolescencia es, sin dudas, la etapa más dura para el personaje. El odio que siente su madre hacia él aumenta a la par que su adicción a las drogas. También el bullying que recibe de sus compañeros en la escuela se hace más fuerte y se transforma en un espiral de violencia en el que todos salen perjudicados.

En el medio de ese caos, la confusión del joven se intensifica cuando experimenta su primer contacto sexual con otro hombre. Aquí, el trabajo del director deja en claro que el sexo es lo de menos y los planos de cámara se preocupan en encontrar los sentimientos y las emociones del protagonista en ese momento, que son pura inocencia y exploración personal.

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La última parte de la película, la vida adulta, muestra a un Chiron que ha tenido que esconderse detrás de la apariencia estereotipada de un hombre del gueto para sobrevivir. Es casi como verlo ponerse en modo automático y avanzar, aunque un reencuentro con alguien de su pasado le moverá las estructuras y resquebrajará su máscara.

El rostro de la discriminación

Luz de luna es una película de activismo puro. Posee la suficiente delicadeza como para no dar golpes bajos al espectador, ni generarle rechazo con los condimentos innecesarios de los típicos dramas acartonados de Hollywood que deshumanizan las historias.

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El filme le pone rostros bien definidos –la fotografía se ocupa de esto sin fisuras– a problemas que el gobierno y las instituciones cuentan en números o gráficas. Un golpe en la cara a quienes juzgan a otra persona por su orientación sexual, su color de piel o su riqueza material, porque es capaz de mostrar el verdadero dolor y el abandono que la sociedad imprime sobre niños, adolescentes o adultos discriminados.

Luz de luna es una de las películas obligatorias de esta temporada de premios por su calidez cinematográfica, su valor testimonial y su belleza visual.

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