Más planificadoras, menos embarazos adolescentes

Las adolescentes de América Latina y el Caribe son cada vez más activas sexualmente, sin embargo, la brecha entre la actividad sexual y el uso de anticonceptivos se está cerrando

Por Gabriela Vega, Especialista Principal de la División de Género y Diversidad del BID.

Las adolescentes de América Latina y el Caribe son cada vez más activas sexualmente. La buena noticia es que, a pesar de esto, la brecha entre actividad sexual y uso de anticonceptivos se está cerrando. Es decir, cada vez más mujeres jóvenes deciden mantener relaciones sin perder de vista la planificación de su futuro. Por eso, aunque el embarazo adolescente en la región constituya un motivo de preocupación, también hay razones para ser optimistas.

Las desigualdades de género comienzan muy pronto, pero nada marca tanto las diferencias entre mujeres y hombres como el embarazo temprano. Las madres jóvenes acaban teniendo menor educación y peores empleos con menores ingresos; es más frecuente la mortalidad infantil o que sus hijos pesen menos al nacer; y sus relaciones van a ser más inestables y sufren más abusos por parte de su pareja.

Afortunadamente, los embarazos adolescentes se están reduciendo a nivel mundial. América Latina, sin embargo, experimenta una anomalía: la región se ha convertido en el segundo sub-continente con la tasa más alta, sólo por detrás del África sub-Sahariana. Las cifras varían mucho según el país, pero son de forma general muy altas.

El porqué está en los cambios que se han producido respecto a la conducta sexual. La tendencia a nivel mundial es que las y los adolescentes optan, mayoritariamente, por tener relaciones sexuales y lo hacen cada vez a edades más tempranas: dependiendo del país, entre el 57% y el 82% de las jóvenes en América Latina han tenido relaciones antes de los 20 años. Sólo el que hoy exista un mayor conocimiento, acceso y uso de métodos anticonceptivos evita que tengamos un porcentaje aún mayor de madres adolescentes.

¿Qué se puede hacer?

Los estudios nos permiten identificar varios grupos de mujeres jóvenes, con necesidades específicas, que las políticas y los servicios públicos deben enfrentar:

- Las que optan por tener un hijo, entre otras razones, para cambiar de rol social: convertirse en adultas mediante la maternidad, ya que el sistema educativo no les ofrece esperanzas de progreso. En su mayoría hijas de madres adolescentes o estudiantes con muy bajo rendimiento, requieren de programas de identificación temprana dirigidos a atender su entorno familiar y la retención escolar y que les ayuden a concebir un futuro mejor.

- Las que no quieren quedarse embarazadas pero no usan anticonceptivos. Además de políticas de salud adolescente inadecuadas, también intervienen factores culturales, como el estigma. Trabajando con Suzanne Duryea en Medellín, varias jóvenes nos confesaron que sus madres las habían tachado de prostitutas cuando descubrieron que usaban la píldora. Es decir, aceptaban más fácilmente un embarazo por accidente que una decisión reflexionada sobre su futuro. Los roles de género también son un factor de riesgo. Chicas que no pueden frenar a su novio o decirle “estoy dispuesta a tener relaciones, pero con mis condiciones”. Chicos que no sugieren el uso de anticonceptivos por temor a que parezca que no quieren una relación estable.

- Las sexualmente activas que usan métodos anticonceptivos. En Paraguay y Costa Rica más del 70% de las jóvenes activas sexualmente usa métodos modernos, en Brasil y Colombia el 60% y menos del 30% en Guatemala y Haití. Sin embargo, este colectivo también necesita de políticas públicas dirigidas a la educación en sexualidad y en servicios de salud para adolescentes que asegure un uso efectivo de las medidas de protección.

- Las que no han iniciado su vida sexual, pero que requieren fortalecer su conocimiento sobre su sexualidad, los métodos a su alcance para evitar el embarazo y la capacidad de tomar decisiones desde la primera relación íntima.

El empoderamiento de las adolescentes debe incluir la capacidad de decidir su futuro libremente, de manera informada y consciente, con el apoyo de políticas y servicios públicos que faciliten sus decisiones. Y para llegar ahí se requiere el concurso coordinado de varios frentes: de educación, salud y seguridad; y de los y las jóvenes y sus familias y comunidades. Es hora de apoyar y respaldar a nuestras jóvenes heroínas, las planificadoras, y corresponde a las políticas públicas asegurar que sean cada vez más.


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