Mauricio Kartun: "No intenté una mirada de la realidad argentina, sino una leyenda"

El dramaturgo habla sobre Terrenal, la obra que presentará hoy en el Teatro Solís
En la pluma y voluntad del argentino Mauricio Kartun, uno de los pares más opuestos y definitivos de la literatura son forzados a convivir una vez más. Así, en Terrenal. Pequeño Misterio Ácrata, a estrenarse hoy en el Teatro Solís, Caín y Abel pasan de las finas páginas de la Biblia a un lote en el conurbano argentino de mediados del siglo pasado en el que a cada uno le corresponde una mitad y una manera de ver el mundo. El primero, Caín (Claudio Martínez Bel), produce morrones sin intención de despegarse de su parte del terreno, mientras que Abel (Claudio Da Passano) opta por alejarse de la cadena de producción que su hermano profesa, dedicándose a vender carnada viva a los pescadores de la zona. El retorno de Tatita (Claudio Rissi), el padre/abuelo que los abandonó ayuda a dibujar el fin del recorrido bíblico conocido, aunque con un nuevo rostro. Según Kartun, la ambición de la obra es más universal que el contexto en el que se desarrolla y el lenguaje que utiliza. "No intenté una mirada sobre la realidad argentina, sino más bien una especie de leyenda sobre el origen de la propiedad en el mundo".
¿De dónde surgió el interés por este mito bíblico en particular y qué lo atrajo a una lectura distinta, orientada a la propiedad?

En principio me motivó encontrar con sorpresa a los viejos historiadores del pueblo hebreo, según los cuales el mito de Caín estaba siempre asociado al nacimiento del mito de la propiedad. Caín está asociado a la avaricia, a la posesión, es quien inventa los pesos y las medidas. Hay un historiador clásico, Flavio Josefo, que dice que eso es lo que le hace perder al mundo toda inocencia. Encontrarme estos datos me conmovió porque encontré que en este segundo mito bíblico la muerte se asociaba a una lucha de poder.
Más allá de lo que indica aquel mito bíblico, ¿qué nutrió a los personajes? ¿Qué les dio forma?
Los personajes son "cachivachescos". Caín y Abel se configuraron en algunas presencias cercanas, personajes que de alguna manera uno ha transitado en otras obras. Y el personaje de Tatita fue muy curioso porque yo fantaseaba con que fuese un folclorista, y mientras estaba bocetando la obra, vi por televisión una entrevista a (el folclorista argentino) Horacio Guaraní, una especie de mezcla de libertario con libertino, rotundo, gracioso, controvertido. Escucharlo hablar me llamó tanto la atención que cuando empecé a escribir, en este acto mimético que solemos tener los dramaturgos con la oreja, empezó a aparecer justamente ese personaje.

En lo que respecta a Caín y Abel, ¿qué emociones o sentimientos definen su vínculo, sin ser los celos o la envidia a la que remite el mito?

Fundamentalmente están unidos por un vínculo que suele atarnos a los humanos: el de la pareja perfecta de víctima y victimario. Es una relación que vemos en las parejas, en las familias. Los personajes funcionan por esa dinámica. El que se victimiza necesita convertirse en víctima y necesita convertir a quien tiene al lado en un victimario, y, mientras, el victimario no logra zafar de ese rol y alimenta el sentimiento del anterior. Esto se vuelve una especie de sinfín horroroso, y en el caso de esta obra, trágico.
También los une el abandono del padre, Tatita. ¿Cómo viven esto a partir de sus diferencias?

Ante todo están unidos por esa situación física: han sido abandonados en este paraíso hace veinte años y conviven en la espera de que algún día ese padre regrese. Pero esa espera no la viven de la misma manera. Caín construye una creencia personal, tomando alguno de los datos que tiene del mandato de Tatita, que sostiene en la fe y la religión su ambición y su necesidad de acumulación. Abel, en cambio, comprendiendo mejor aquello que Tatita les ha dejado, disfruta de lo que la vieja filosofía llamaba "la opulencia primitiva". El hecho de que alrededor nuestro están las cosas que necesitamos y que uno no precisa acumular más.

terrenal

Hace un tiempo comentó que el teatro de revista fue parte muy importante de su desarrollo. ¿Cuánto toma Terrenal de ese tipo de humor y de qué otras fuentes salió el lenguaje o la dinámica de la obra?

El teatro de revista es algo que tengo muy cerca por caros recuerdos familiares. Compartir con mi padre tempranamente aquellas escenas rotundas o ingenuas, en realidad, comparadas con una estética contemporánea. Es un humor muy colorinche, efectista. Algo de eso fue a parar en el texto de Terrenal. Más allá de eso, la obra trabaja sobre un esquema muy clásico del humor que a veces no se atiende, que es la dialéctica entre los tres tipos de payaso clásico: el clásico clown, el payaso del que reímos por su estupidez; el payaso blanco, que nos hace reír con su ingenio y en su versión contemporánea es el comediante de stand up; y el Pierrot, aquel del que nos reímos porque nos identificamos con su idealismo, su romanticismo. Estas tres características generadoras de humor están repartidas en cada uno de los tres personajes.

En esta obra la escenografía es más despojada que en las anteriores, ¿a qué se debió esa decisión?

Es una propuesta que hizo Gabriela Fernández, con quien vengo trabajando desde mis inicios. Nosotros estuvimos ensayando durante muchos meses y yo me despreocupaba de la escenografía porque no lograba ver con claridad cómo debía ser el espacio. Gabriela, con absoluta seguridad y puntería, me dijo: "para mí es un escenario de un viejo teatro incendiado". Y la imagen fue tan poderosa, tan gráfica y poética que quedé conmovido.

¿Esta metateatralidad tiñe al texto?

La obra juega en una ironía con el theatrum mundi, el viejo concepto barroco del teatro como un mundo en el que Dios es director, y nosotros somos personajes. Me divertía la idea de que lejos de ese orden, fuésemos en realidad pequeños artistas de variedades, que entramos, hacemos nuestro número, y nos vamos, para que venga otro artista a hacer un nuevo mundo. Me divertía el reciclado del concepto de theatrum mundi al de varieté mundi. El nuestro es un teatro de varieté arruinado, y en ese lugar estamos viviendo.

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