"Mi hijo solo camina un poco más lento" y la ductilidad de un gran texto

Dos montajes de la obra croata llegaron a cartelera con estilos diferentes, pero resultados removedores

Hay dramaturgias que resisten. Que son tan cercanas a lo humano que su esencia logra pervivir, sólida, incluso al ser trasplantadas a distintos montajes, distintas épocas, distintas lenguas. Aunque esa proeza suele restringirse a nombres ya clásicos, ese también parece ser el caso de la palabra de Ivor Martinic, un joven escritor croata que ha logrado que una de sus obras trascienda los límites de su propio origen y agote entradas a doce mil kilómetros de donde fue gestada.

Con solo un día de diferencia, el público montevideano tuvo la oportunidad de presenciar la versatilidad de Mi hijo solo camina un poco más lento a través de dos montajes, uno argentino, estrenado el año pasado, con premios y veneración de público y crítica por igual, y uno uruguayo, que recién se instala en el panorama del teatro local. Aunque la visita de la versión argentina, dirigida por Guillermo Cacace, culminó ayer en el Auditorio Adela Reta tras dos fechas, la uruguaya continúa de la mano del premiado Gerardo Begérez, con funciones los sábados y domingos en el Teatro El Galpón.

En ambas, el punto de partida es el mismo, el cumpleaños de Branko, un muchacho que a sus 25 años se ve obligado a trasladarse en una silla de ruedas debido a una enfermedad degenerativa que nunca es bautizada, pero que no por ello pierde lugar en el discurso. Pese a ese sitial de diferencia en el que ubica a Branko, una de las mayores victorias del texto es no convertirlo en el foco del conflicto ni en el protagonista. No apelar al sentimiento fácil, a la conmoción que victimiza, sino convertir al personaje en la fortaleza de su familia, el pilar de estabilidad.

Con otros nueve personajes en juego, padres, tíos, abuelos y pretendientes, Branko es una pieza en un engranaje mucho mayor que él mismo. Una maquinaria que, sí, siente dolor por aquel joven que ya no camina, pero que también cobija sus propias tramas, en gran parte movilizadas por una situación que sus miembros se niegan a aceptar.

En ese juego de identidades y conflictos, la actuación se convierte en la prioridad necesaria. Aunque ambas puestas en escena difieran en aspectos claves, es evidente que logran comprender y respetar la potencia de las palabras y los silencios de sus personajes, sus presencias y sus ausencias.

El montaje de Cacace utiliza solo un juego de sillas sobre el escenario, mientras que el de Begérez cuenta con un poco más de escenografía (sillones, una heladera y dos puertas), siendo aún frugal. Los dos, asimismo, apuestan a un contacto directo de los personajes con el público previo a que se "levante el telón": mientras que los actores de Cacace deambulan por la sala ofreciendo mate a quienes entran, los de Begérez acomodan a los espectadores en sus asientos.

En ambos casos, empero, ese nexo nunca se rompe, incluso cuando comienza la representación. Los personajes de Begérez, fuera de escena, se sientan en las gradas y narran partes de la acción, en tanto que los de Cacace son ora regidos ora acompañados por un actor que narra las didascalias y enuncia acciones que nunca se concretan. Sin embargo, el montaje de Cacace da un paso más, con actores que nunca abandonan el escenario y que miran directamente al público cuando en realidad le hablan a un interlocutor. La interpelación, entonces, llega a su estado más crudo, una suerte de invasión que no perturba ni incomoda, sino que conmueve desde lo íntimo. La magia es tal que, cuando la acción termina y los once actores miran fijo al público, solo algunos valientes se atreven a romper el hechizo, levantarse y coronar con un aplauso.

En ambas obras, los matices entre los personajes son leves pero atrapantes, al lograr demostrar las diferentes formas según las cuales se puede moldear un mismo discurso, el aire que brinda a los directores una misma identidad. Mientras que el humor se encuentra en manos de la olvidadiza/fantasiosa abuela y las aceleradas tía y pretendiente de Branko, gran parte de las escenas dramáticas se concentran en la madre, Mía. Sin embargo, las diferentes construcciones de las actrices permiten que la Mía de Cacace se torne más descarnada, furiosa inclusive, mientras que la de Begérez se vuelve luminosa en su desesperación, en su angustia. Es ella, también, la que canta, introduciendo uno de los elementos más característicos de los montajes de Begérez, quien ha dirigido musicales y se ha declarado creyente del poder movilizador de la música.

Aunque el final sea el mismo, más que Branko, es Mía la que define el tono a la obra, cada actriz en su estilo. Mientras que una canta, radiante, sobre un hogar que evidencia cierta oportunidad de recomponerse, la otra deja que sus lágrimas se sequen solas, más inconclusas, casi resistiendo el final.


Fichas

Mi hijo solo camina un poco más lento

País: Argentina
Director: Guillermo Cacace
Elenco: Juan Tupac Soler, Paula Fernandez, Roberto Antonio Bax, Romina Padoan, Elsa Bloise, Luis Blanco, Clarisa Korovsky, Aldo Alessandrini, Pilar Boyle y Gonzalo San Millán.

Mi hijo solo camina un poco más lento

País: Uruguay
Director: Gerardo Begérez
Elenco: Alicia Alfonso, Cristian Amacoria, Solange Tenreiro, Anael Bazterrica, Soledad Frugone, Dardo Delgado, Estefanía Acosta, Rodolfo Da Costa, Marcos Flack y Claudio Lachowicz.

Datos



El montaje de El Galpón continúa los sábados (20.30) y los domingos (19.30), con entradas a $300.



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